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Para el pueblo, .¿sin el pueblo?

Actualizado el 12 de junio de 2005 a las 12:00 am

Nuestro mayor reto es construir espacios y procesos integradores de intereses generalizables

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Lo que sucede en otras latitudes -salvadas las distancias- nos puede guiar en la puesta de barbas a remojo. Aprender de otros puede ahorrarnos dolores locales e inspirarnos en la búsqueda de pistas de acción inteligente en nuestro propio campo económico y político. La Unión Europea, por una parte, y en el hemisferio sur, Bolivia, pueden, al menos ayudarnos a plantear inquietudes y preguntas fecundas.

Europa se conmocionó después del reciente "no" de Francia y Holanda al respectivo referéndum sobre el proyecto de "Constitución europea". El tema tiene varias aristas y no son las de contenido del documento las que aquí más interesan. La prensa de aquel continente refleja estos días una preocupación muy extendida sobre lo que fue o, más bien, no fue, el procedimiento de consulta. Y esto es lo que merece la pena examinar desde Costa Rica. Se ha hecho ver que, cuando los ciudadanos llegaron a emitir su voto en la consulta, ésta no era el colofón de procesos participativos de información, discusión y concertación de posiciones. Era, más bien, se ha dicho, la búsqueda de legitimación popular de acuerdos que las élites políticas ya habían pactado a nivel de la administración de Bruselas o de las cúpulas partidarias nacionales.

En Europa y Bolivia. Para bastantes analistas, la divergencia entre las posiciones de los parlamentos y las de la ciudadanía muestran un divorcio de fondo entre ambas partes, muy llamativo en democracias tradicionales. Tanto más, por cuanto muchos dirigentes políticos pensaban estar defendiendo con la nueva Constitución el futuro de la Europa social y del bienestar. A pesar de ello, en el "no" se unieron los que podrían compartir ese interés, con la extrema izquierda y la extrema derecha, que iban en otras direcciones. A ese comportamiento de votantes se le ha calificado como "la rebelión de los ciudadanos" contra un nuevo "despotismo ilustrado". No se puede pretender construir una sociedad "para el pueblo, de espaldas al pueblo", al modo como lo intentaron gobernantes absolutistas del siglo XVIII, asumiendo ideas, por lo demás, reformistas y progresistas de la Ilustración.

La crisis boliviana -aparte de sus raíces centenarias-, llama la atención, por otro lado, con el vacío de poder efectivo, en un conflicto que enfrentó un Gobierno con un presidente de talante democrático, pero que no coincidía con las protestas de las calles conducidas por Evo Morales, el líder cocalero, y quizás tampoco con los intereses de la élite empresarial de Santa Cruz. El empantanamiento ante metas opuestas y modelos distintos de país parece mostrar de nuevo un divorcio entre las élites políticas y las masas populares. En cualquier caso, revela la ineficiencia de respuesta de las dirigencias al clamor de esos dos tercios de la población que sobreviven, contradictoriamente, bajo el nivel de pobreza, en un país de inmensas riquezas naturales -plata, estaño, desde siglos anteriores, y hoy petróleo y gas natural-.

Nuevos caminos. Cualquier intento de encontrar vías hacia el crecimiento y, sobre todo, al desarrollo pasa por la integración de los propios ciudadanos en la construcción del modelo que se quiere seguir. Esto nos lo están haciendo ver no solo las experiencias duras de Sudamérica sino también de la vieja Europa. El bienestar equitativo, productivo y sostenible, no será obra de unos dirigentes más "iluminados" que ilustrados -con discurso populista, socialdemócrata o neoliberal, o sin él-, ni tampoco de equipos de tecnócratas -con análisis de limitado alcance científico o sin él-. Pero tampoco será el fruto de las luchas callejeras que paralicen el país, ni de los pulsos por la vía del referéndum que no sea término de un proceso participativo. Los resultados de unas y otros, en todo caso, pueden servir de advertencia. El mayor reto, para un país como el nuestro, es identificar y construir espacios y mecanismos que lleven a integrar intereses generalizables, sin quedarse en los réditos de los grupos particulares. Nuestra estructura democrática puede que no contemple cómo hacerlo, pero tampoco cierra la puerta a la apertura de nuevos caminos.

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