Opinión

El peligro de la credulidad

Actualizado el 31 de julio de 2001 a las 12:00 am

Educación y sano escepticismo nos salvan de farsantes y tiranos

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El peligro de la credulidad

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Penosos hechos recientes prueban, de nuevo, lo que puede traer la credulidad de las personas. "Credulidad" es acoger a la ligera cuanto se nos diga. Es dejar de lado el sentido crítico para aceptar cuanto aserto venga de quienes parecen –ese es el problema: a veces solo parecen– saber de lo que hablan.

La credulidad es tan antigua como el género humano. De ella se han servido embusteros de todo signo para sacar provecho del candor, las esperanzas y las buenas intenciones de la gente.

Considérese, por ejemplo, la astrología. La idea de que la posición de los astros determina el carácter o el destino es tan absurda y carente de pruebas, que honestamente se maravilla uno de que haya quien esté dispuesto a creerla. Pero –sobra insistir– hay no pocas personas que lo hacen, con ayuda de periódicos y revistas cuya seriedad en otros temas no se cuestiona.

De extraterrestres y duendes. O considérense las historias de secuestros por extraterrestres. Seres alienígenas viajan por el cosmos para venir a practicar horribles experimentos que inevitablemente involucran las partes privadas de sus víctimas. Estas historias, claro, solo reescriben las que antes se contaban sobre duendes y brujas: les aplicamos un barniz tecnológico, los convertimos en extraterrestres y los crédulos de hoy tragan el anzuelo. "Eminentes autoridades" amasan fortunas de ese modo. No hace mucho aún vi en venta en una librería local –a precio muy rebajado, claro– el libro 1984: el fin del mundo .

La credulidad se alimenta de la ignorancia. Ello explica que algunas historias circulen a pesar de contrariar leyes científicas básicas y a veces hasta el sentido común. Hace poco, un angustiado conocido me advertía de villanos que, según él, ponen jeringas infectadas con el virus del SIDA en los asientos de los cines. Se lo expliqué, pero el hecho de que el virus sea incapaz de sobrevivir fuera del cuerpo no pareció tranquilizarlo mucho.

La credulidad también se asocia al "síndrome de autoridad falsa". A veces pensamos que solo porque alguien es muy respetado en un campo, o es una autoridad en determinada disciplina, se erige en dueño de la verdad en todos los campos. Y creemos sin chistar lo que nos diga. Esto lo saben los publicistas y por eso hay anuncios en que celebridades alaban productos que no tienen nada que ver con su materia.

En manos de charlatanes. Pero lo más trágico viene cuando la candidez se junta con la codicia. La promesa de lucro rápido y fácil es eficaz para que gente, por lo demás prudente, caiga en manos de charlatanes. No en vano sabe la policía que la credulidad, de la mano de la avaricia, es la mejor amiga de los estafadores. Así ha sido a través de los siglos.

Todo cambia y todo sigue igual. Hoy, Internet es el medio por excelencia para sacar partido de la credulidad. En la red, los mitos y "leyendas urbanas" adquieren nueva vida. Las historias que antes circulaban de boca en boca, o de mano en mano, ahora viajan a velocidad de la luz y dan la vuelta al mundo, gracias a cualquiera que se preste para reenviarlas –de un clic– a todos sus familiares y conocidos.

Abundan en Internet historias de niños perdidos o gravemente enfermos. No hay cómo saber cuáles son ciertas y cuáles no. Pero, aunque lo sean, que el niño sane o reaparezca no impedirá que la historia siga circulando, tan fresca como el primer día. Falsas alarmas de virus informáticos e historias sobre el dinero que Microsoft nos dará por reenviar un mensaje de correo, campean junto a las clásicas advertencias sobre el fin del mundo por el alineamiento de los planetas y las cartas en cadena que cumplirán nuestro deseo si las remitimos a otras 50 personas... si no lo hacemos, nos traerá mala suerte.

En uno de sus últimos libros, el ahora difunto científico Carl Sagan explicaba que la educación y el escepticismo son la cura para la credulidad. Y advierte que el escepticismo se debe practicar constantemente. Es más, se debería enseñar en las escuelas para preparar a las personas a resistir la charlatanería. Una dosis de sano escepticismo realmente puede ponernos a salvo de farsantes y de tiranos. Y eso, definitivamente, vale la pena.

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