Opinión

Una oportunidad perdida

Actualizado el 25 de enero de 2009 a las 12:00 am

 Araya se contradice y recurre al ataque personal

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Cuando el consultor Fernando Araya publica un artículo donde cita positivamente una crítica de Paul Krugman a Milton Friedman ( La Nación , Página Quince, 10/12/08), uno da por entendido que él comparte lo escrito por el flamante premio Nobel de Economía. Al final de cuentas Araya se confiesa “inspirado por los méritos” del texto de Krugman, el cual señala algunos aciertos del fallecido economista, pero también critica “sus excesos político-ideológicos” y su supuesto dogmatismo (término empleado por Araya, no por Krugman). Don Fernando, incluso, anuncia el “declive” de la ortodoxia de Friedman, ya que “en brazos de la codicia se experimenta la peor crisis conocida del capitalismo especulativo”.

Observaciones críticas. De ahí que decidiera publicar una respuesta (La Nación, Opinión, 14/12/08) con el fin de aclarar algunas de las cosas dichas por Krugman y Araya sobre Friedman, en especial acerca de su supuesto carácter dogmático. Friedman fue más bien un intelectual reconocido por la manera en que disfrutaba de la discusión y el debate, y por cómo se preocupaba por demostrar empíricamente la validez de sus ideas. El mismo Araya ahora reconoce que Friedman “se alegraría” de recibir cuestionamientos a sus tesis, lo cual contradice el calificativo de dogmático que le achacó en su primer artículo.

También quise aclarar que los señalamientos de Krugman sobre las supuestas debilidades del monetarismo de Friedman han recibido diversas críticas de respetados economistas, entre ellos Anna Schwartz, coautora junto a Friedman del aclamado libro A Monetary History of the United States . Ella señaló que la mala representación hecha por Krugman de la teoría monetaria de Friedman muestra que Krugman “no habla con autoridad en temas en los que carece de pericia”. Claramente “los méritos” del texto que inspiró a Araya estaban más que cuestionados.

Finalmente, quise dejar en claro que la actual crisis económica no había venido “en brazos de la codicia”, aunque esta ciertamente desempeñó su papel, sino principalmente del intervencionismo estatal que durante décadas distor- sionó al mercado y llevó a miles de agentes económicos a tomar malas decisiones. Cualquier análisis serio de la crisis financiera debe mencionar estas intervenciones gubernamentales como responsables primarias de esta, y no simplemente quedarse en culpar a la “codicia”.

Reacción negativa. Lamentablemente, Araya reaccionó negativamente a mis observaciones (La Nación, Página Quince, 11/01/09), acusándome de dogmático y fanático. Además, insinúa que tengo problemas psicológicos, ya que veo en mis sueños “demonios y fantasmas” ideológicos. Uno hubiera esperado una respuesta más de altura y menos hepática de alguien que escribe sobre la necesidad de “ampliar horizontes”. En la construcción del conocimiento que promulga Araya no se valen las falacias ad hóminem, pues estas, aparte de mostrar que no se tiene argumentos, no enriquecen discusión alguna.

En su respuesta, Araya desconoce el texto de Krugman (no lo menciona ni se refiere a las críticas señaladas) y más bien recurre a citar selectivamente artículos suyos previos donde señala las virtudes del mercado y los límites del Estado. Dice nunca haber responsabilizado al libre mercado por la crisis actual, a pesar de haber anunciado el “declive” del pensamiento de Friedman –quien era un firme creyente del liberalismo económico–.

Como resulta evidente, Araya se contradice y la mejor forma que encontró para camuflar su traspié es recurrir al ataque personal, al desecho de argumentos para dar paso a desvirtuar al interlocutor. Menuda manifestación de intelectualismo.

La crítica hacia Friedman que inspiró a Araya está llena de desaciertos, sobre los cuales este último se negó a dialogar. No se vale acusar al otro de imaginarse fantasmas y ver conspiraciones ideológicas cuando es el autor del texto el que se contradice. Uno interpreta lo que lee y, cuando opina a partir de esa información, es castigado por la indolente pluma de Araya. Hasta ahí llegó su creencia en la necesidad de buscar un conocimiento más hondo y profundo a partir de la interacción y el diálogo respetuoso. Resulta, sin duda, una oportunidad perdida para ampliar horizontes.

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