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El motor del perdón

Actualizado el 12 de diciembre de 2013 a las 12:00 am

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El motor del perdón

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Es probable que todas las religiones tengan el perdón como uno de los pilares fundamentales para la convivencia humana. Inclusive, quienes no siguen ningún credo o a una deidad, muy posiblemente también le otorgan un alto valor.

En efecto, la búsqueda de la paz, la justicia y la reconciliación no pueden prescindir de la necesidad de perdonar, en tanto esta es la antítesis del odio, el rencor y la división.

Es básica para el entendimiento, sea en el nivel de las relaciones interpersonales más cercanas (con la familia, el vecino, etc.) o en el marco formal de los vínculos entre Estados,

En estos días hemos sido testigos de la desaparición de Nelson Mandela, uno de los más preclaros apóstoles de la reconciliación, grande por la capacidad que tuvo para perdonar.

Por contraste, estamos en las vísperas de conmemorar el centenario del estallido de la Primera Guerra Mundial, un conflicto cuyas proporciones nunca imaginaron los europeos, ni mucho menos las consecuencias.

La paradoja de esta tragedia fue que, precisamente porque no primó el perdón, la paz de Versalles puso las semillas de otro enfrentamiento armado más prolongado, mucho más brutal y muy traumático.

La imposición de acuerdos redactados al calor de la sed de revancha por los vencedores, particularmente en lo que corresponde a Alemania, que Francia deseaba hincar a toda costa, solo parió una falsa sensación de paz que incubó lo que vino después (no por ello puede justificarse ni atenuarse la conducta del Tercer Reich).

La durísima lección aprendida de Versalles sentó las bases de una posguerra diferente.

Es precisamente de la reconciliación franco-alemana, tras la histórica entrevista de Adenauer con De Gaulle en Reims, en 1962, donde surge el eje que permitirá impulsar una serie de acuerdos que, con el tiempo, devienen en lo que hoy conocemos como Unión Europea (UE).

Alemania y Francia, enemigos en tres guerras, cayeron en la razón de que la vía era otra.

Por supuesto, la disposición de perdonar no implica olvidar. Por el contrario, la memoria es necesaria para aprender de ella y no banalizar el pasado.

Asimismo, el perdón no riñe con la aspiración de justicia; perdón no es sinónimo de impunidad, como a menudo pretenden los ofensores.

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Es difícil perdonar; requiere humildad, valor y grandeza.

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Víctor Hugo Murillo S.

vhmurillo@nacion.com

Editor de El Mundo

Editor en la sección Mundo de La Nación. Periodista graduado por la Universidad de Costa Rica. Además realizó estudios de Historia. Escribe sobre temas relacionados con el acontecer internacional.

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