Opinión

¿Sí o no?

Actualizado el 23 de noviembre de 2005 a las 12:00 am

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La Comisión de Notables fue clara al afirmar que no tiene sentido aprobar o reprobar el TLC, y enfrentar las consecuencias de la decisión, si el país no corrige las deficiencias que arrastra el esquema de desarrollo que ha seguido en las últimas décadas. Es decir, que no es responsable en la discusión sobre el CAFTA limitarse a tomar posición por el "sí" o por el "no". La polarización que se produce con esta alineación -dicen- es inconveniente y puede llevar a una desviación de los temas sustantivos del debate. Por otra parte, los mismos Notables reconocen que esta polarización deriva del proceso decisorio seguido: del carácter de las negociaciones, de las opciones duales que se les presentaban al presidente de la República antes y ahora a la Asamblea Legislativa. Esta circunstancia explica en parte la peligrosa tensión social que se está formando en torno a la discusión sobre el TLC con EE. UU., pero no desvirtúa la fuerza de la primera afirmación: hay que resistirse a caer en la trampa de limitar la decisión solo a decir "sí" o "no".

Entre otras razones que fundamentan esta posición, vale la pena mencionar un argumento de peso.

Irresponsable pelea. Hay dos cosas comúnmente admitidas tanto por quienes están a favor como por los que están en contra. Una es que el TLC consolida -económica y jurídicamente- el actual estilo de crecimiento, al que han apostado los Gobiernos de las últimas dos décadas. La otra es que, durante este tiempo, ese "modelo", si no las ha causado, al menos no ha sido capaz de detener la creciente desigualdad ni de disminuir significativamente la pobreza y la miseria extrema en el país. Si esto es así, resulta irresponsable pelearse solo por el TLC sin meter mano al mismo tiempo a los mecanismos que dentro de ese estilo de crecimiento están generando o favoreciendo la inequidad y las carencias vitales de amplios sectores de la población.

Tanto decir "no" al TLC como decir "sí" no elimina nuestro problema fundamental. Si se dice que sí, sin más, se consolida el estilo de crecimiento que, por decir lo menos, ha sido compatible con procesos generadores de desigualdad y pobreza, aunque produzca éxitos en el campo de la exportación y, relativamente, en el de la producción. Es decir, seguiría siendo desfavorable para amplios sectores de la población, aunque beneficioso para otros sectores y para un mejoramiento de ciertas condiciones generales de vida del país (modernización de instituciones, de infraestructura, etc.). Si se dice que no, sin más, no por eso escapa el país de ese estilo de crecimiento cuestionado, continúan pues los mecanismos generadores de desigualdad y pobreza, y puede que se afecten las áreas mencionadas en que se ha dado un éxito relativo.

Las circunstancias obligan a optar -sobre todo a los diputados-, pero sin quedarse ahí. Quienes defienden la aprobación del Tratado tendrían que explicar y ofrecer a la ciudadanía los medios concretos y viables que impedirían que el TLC refuerce esas tendencias negativas de la actual dinámica económica. Por su parte, quienes se oponen al CAFTA deberían también, de manera simultánea, proponer las medidas alternativas que se deben poner en marcha en el corto y mediano plazo para revertir la actual dinámica distributiva.

Hay que proponer. Hablar de esto es trascender los temas de "agenda de implementación" y de "agenda complementaria" -de todas maneras exigidas- y pasar a discutir la rectificación del rumbo seguido por la economía del país durante los últimos veinte años. Significa no limitarse a medir si la apertura comercial y la inserción en el mundo globalizado benefician al país como un todo y en promedio -lo que es importante, por supuesto-, y si el TLC tiene o no efectos positivos -que también pueden reconocerse-, sino analizar y corregir los factores que están impidiendo que esos beneficios lleguen a todos los costarricenses y que están excluyendo de la mesa común a centenares de miles de compatriotas. No se puede entonces solo decir "sí" o "no" al TLC: hay que proponer ya y llevar a la práctica una estrategia alternativa de desarrollo.

Si esta propuesta suena razonable, hay que reconocer que no es fácil ponerla en práctica. En una sociedad como la nuestra donde el crecimiento es asimétrico y la distribución de sus frutos inequitativa, es normal que en estos momentos los intereses de los varios sectores ciudadanos sean diversos e incluso contradictorios. Esto plantea un serio cuestionamiento ético económico: ¿Cómo elaborar un nuevo modelo de desarrollo que responda a las necesidades de todos? No existe una respuesta económica ideal. La economía ni es ciencia exacta ni agota todas las dimensiones del desarrollo. Aparte de requerirse un enorme esfuerzo interdisciplinario, este debe realizarse sobre la base de un gran acuerdo nacional, donde todos los sectores, afectados potenciales por esa nueva estrategia, participen en la construcción de metas comunes que garanticen la mayor justicia y equidad posible hoy, para beneficio de todos. Esto exige una actitud solidaria, sobre todo de quienes más disfrutan del "modelo" actual.

No hay que ser fatalista para predecir que, si un proceso semejante no se inicia de inmediato, si la coyuntura del TLC se reduce a un pulso de fuerza entre quienes lo avalan y quienes lo rechazan, la actual polarización, los amagos de intolerancia que se perciben y el encastillamiento en los propios intereses, hacen que la quiebra de la unidad nacional desemboque en una colisión peligrosa.

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