Opinión

De la Redacción

Me jugué la vida

Actualizado el 04 de junio de 2012 a las 12:00 am

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Me jugué la vida

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Cuando mi mamá, doña Flora, me ordenó ir a traer leña, fui a buscar a Chico el de María Solís, pero él tenía que llevar almuerzos hasta El Retiro.

Bajé adonde Luis Arce, a hacerle la propuesta a Carlos, pero había ido a traer tomates al otro lado del río Sábalo.

Entonces cogí el machete lengua de zorro, un saco de gangoche y le pegué el grito a Pachuco, mi zaguate blanco con pintas negras.

Casi todo era silencio. Solo al otro lado de la quebrada que partía Naranjos Agrios en dos se oía el radio azul de Ricardo Sancho, con la novela Los hombres son los culpables.

Pasé por el palo de las gallinas, me tiré por debajo de la cerca de alambre y me interné en el potrero de la enfermería (donde don Tito Calderón atendía animales en problemas).

Pachuco correteó de entrada unas tortolitas por el trillo que llevaba a la casona de Benero Solís; pero lo regañé de inmediato y vino sumiso a lamerme las piernas.

De ahí me fui directo hasta la lomita del palo enano con guayabas de mantequilla.

Unas 100 varas más arriba se hallaba la burra de montaña, donde buscaría ramas de guaitil y lagartillo, leña que me garantizaba la aprobación de mi mamá.

Entré a la montaña cerca del yurro de los abacá y subí entre enormes troncos y arbustos, pacayas y bejucos, mientras Pachuco husmeaba de cueva en cueva.

Ahí, a mis nueve años de edad, hice el descubrimiento del antojo más caprichoso que recuerdo: una granadilla madura en la bejucada que envolvía las ramas de un palo de rabo de chancho, a unas 20 varas del suelo.

Y comencé a subir por el cuajiniquil vecino, para colgarme luego de un caimito e intentar llegar hasta aquella escasa y deliciosa fruta.

Casi una hora después, estaba aún a medio camino pues el tronco de caimito resultaba muy grueso para mis brazos.

Pachuco ladraba en la ladera y pude ver una bandada de chachalacas abandonar, enloquecidas, la cepa de varilla negra.

Al fin tuve la granadilla a mi alcance y retorcí el bejuco hasta desprenderla con la mano izquierda, mientras me agarraba de la rama con la derecha.

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Entonces comprobé de golpe, sudoroso y jadeante, lo vano de mi osadía: una chisa llegó primero a disfrutar las mieles de la montaña.

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