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Lo que está en juego

Actualizado el 01 de julio de 2007 a las 12:00 am

La calidad de vida, el bienestar y la integración social de muchos grupos de costarricenses

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Hay algo que está en juego en el próximo referendo y que no se ha discutido lo suficiente.

Muchos de quienes están por el “sí” piensan que lo que se juega en esta consulta y en el TLC es principalmente la apertura comercial del país, el posicionamiento internacional, la posibilidad de perder ventajas ante nuestro principal socio comercial, la permanencia de empresas extranjeras en nuestro territorio y la creación de tan necesitados nuevos empleos. Para quienes están por el “no”, en cambio, –además de refutar los anteriores argumentos–, lo que ven peligrar es más bien, entre otras cosas, el futuro del modelo solidario y universal de las telecomunicaciones, la manera de resolver controversias conforme a los intereses y leyes nacionales, –con la consiguiente mengua de soberanía–, el futuro de los pequeños agricultores y de la vida y la salud humana, con las nuevas reglas de propiedad intelectual y con la posibilidad de privatización de nacientes de agua.

En un solo párrafo, por supuesto, no se pueden resumir, tan solo evocar, todos los argumentos utilizados por ambas partes. Pero sí puede detectarse una ausencia, en la primera línea de la discusión: ¿no está en juego también, y de modo más importante, la unidad del país, la coexistencia de diversos grupos de población y, en definitiva, la paz y la democracia? Hay fuertes razones para pensar que sí. Una, los efectos distributivos del propio Tratado. Otra, la forma como ha ido desarrollándose la polarización de posiciones en el país.

Disentir, tener diversos enfoques y dirimir contiendas por votación de mayoría es normal en una sociedad plural y democrática. La diferencia en esta ocasión es que la diversidad de posiciones no va asociada a meras diferencias ideológicas, sino a efectos desiguales del TLC sobre la vida y bienestar de los diversos grupos de costarricenses. Desde el principio de la negociación, aun sus más acérrimos defensores aceptaron que en este negocio habría ganadores y perdedores. A la luz de las tendencias económicas y sociales recientes, cuando se ve la pobreza estancada y la brecha creciendo entre los que tienen más y los que poco o nada tienen, se comprende, mejor incluso que hace pocos años, la magnitud de esas ganancias para algunos, y el impacto negativo para otros.

Calidad de vida. Cuando lo que está en juego, entonces, es la calidad de vida, el bienestar y la integración social de grupos numerosos de costarricenses, es insuficiente contentarse con una resolución por la vía de los votos, sea en la urnas de consulta, sea en la Asamblea Legislativa. Ninguna mayoría puede éticamente, con base en su fuerza, decidir el futuro de quienes sufren una posición de dolorosa desventaja ante la actual dinámica económica. Ningún grupo privilegiado puede afincarse cómodamente en una irreal expectativa de derrame de su bienestar sobre quienes apenas tocan el fondo del vaso lleno. Esto no es un llamado a desconocer o a prescindir de nuestros procedimientos democráticos de decisión. Es, más bien, un fuerte reclamo para utilizar esos mismos mecanismos de manera que no solo se sobrecompense a quienes no se benefician del negocio, sino a que se rectifiquen con urgencia estas dinámicas generadoras de inequidad por la vía de políticas públicas.

El otro factor hace pensar en que la unidad nacional está en juego y puede quebrarse es la misma polarización que se ha ido consolidando en torno al TLC. Si durante la preparación del referendo se bloquean todas las vías de diálogo con los adversarios y, sobre todo, no se prevén ni se van construyendo formas de dialogar “el día después” de la consulta popular, se avecinan tiempos muy difíciles para la convivencia en nuestro país. Los sectores que resulten perdidosos, aun y si se pliegan al dictamen de mayoría, no aceptarán de manera fácil el costo personal y familiar de esa decisión. Este factor social y político solo contribuirá precisamente a exacerbar el malestar que ya ha generado la conciencia de una creciente desigualdad en Costa Rica.

Aun en los países que padecieron dictaduras sangrientas se han buscado vías para la reconciliación sobre la base de la verdad y la justicia. No es aceptable que un país con tradiciones de fuerte humanismo como el nuestro, en el que la reconciliación viene ahora exigida por los inequitativos resultados de la economía –afortunadamente no por guerras sucias, desapariciones y masacres–, no se encuentren a tiempo formas civilizadas y éticas de resolver el actual conflicto.

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