15 diciembre, 2015
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MADRID – El consenso general que surgió luego de la masacre del mes pasado en París parece ser que sólo se puede derrotar al Estado Islámico (ISIS) con una invasión terrestre de su "estado". Es un delirio. Aun si Occidente y sus aliados locales (los kurdos, la oposición siria, Jordania y otros países árabes sunitas) llegaran a un acuerdo respecto de quién proporcionaría el grueso de las tropas terrestres, el ISIS ya ha reformulado su estrategia. Ahora es una organización global con franquicias locales capaces de causar estragos en capitales occidentales.

De hecho, el ISIS siempre ha sido el síntoma de un problema más profundo. La desintegración del Oriente Medio árabe refleja la incapacidad de la región de encontrar un camino entre el nacionalismo secular en crisis que ha dominado su sistema estatal desde la independencia y una rama radical del Islam en guerra contra la modernidad. El problema fundamental consiste en una lucha existencial entre estados absolutamente disfuncionales y un tipo obscenamente salvaje de fanatismo teocrático.

Con esa lucha, en la que la mayoría de los regímenes de la región han agotado sus reservas ya limitadas de legitimidad, está colapsando un orden regional centenario. Por cierto, Israel, Irán y Turquía -todos países con mayorías no árabes- probablemente sean los únicos estados nación genuinamente cohesivos de la región.

Durante años, estados clave de la región -algunos de ellos muy queridos por Occidente, como Arabia Saudita y Qatar- esencialmente pagaron dinero por protección a los yihadistas. Es cierto, las guerras de Estados Unidos en la región -tan destructivas como estúpidas- son básicamente responsables por el caos en el que hoy está sumida la Media Luna Fértil. Pero eso no exculpa a las monarquías fundamentalistas árabes de su papel a la hora de revivir la visión del siglo VII que el ISIS (y otros) pretenden imponer.

El ejército de psicópatas y aventureros del ISIS fue creado como una "startup" por magnates sunitas en el Golfo que envidiaban el éxito de Irán con su apoderado chiita libanés Hezbollah. Fue la combinación de una idea y el dinero para propagarla lo que creó este monstruo y alimentó su ambición de forjar un califato totalitario

Durante años, los wahabíes de Arabia han sido el origen del radicalismo islamista y el principal patrocinador y facilitador de grupos extremistas en toda la región. Como señaló a inicios de este año el ex senador norteamericano Bob Graham, el principal autor del informe clasificado del Senado sobre los atentados terroristas del 11 de septiembre de 2001, "El ISIS es un producto de ideales sauditas " y "dinero saudita". De hecho, Wikileaks cita a la ex secretaria de Estado Hillary Clinton en donde acusa a Qatar y Arabia Saudita de conspiración "con Al Qaeda, los talibán y otros grupos terroristas".

Esto plantea un interrogante obvio: cuando los regímenes en la región colaboran con grupos terroristas, ¿cómo puede resultar creíble una cooperación de inteligencia con ellos, ni que hablar de una coalición para combatir al extremismo islámico? Los llamados regímenes pro-occidentales en el Oriente Medio árabe simplemente no coinciden con Occidente respecto del significado y las implicancias de la guerra contra el terrorismo, o inclusive sobre qué es el radicalismo violento.

Esta es apenas una razón por la cual una invasión del califato, con ejércitos respaldados por ataques aéreos occidentales, podría tener consecuencias no intencionadas devastadoras -pensemos en la invasión de Irak por parte de George W. Bush-. De hecho, aun si se pudiera llegar a un acuerdo sobre la división de las tareas, una invasión terrestre que le niegue al ISIS su base territorial en Irak y Siria simplemente lo obligaría a reposicionarse en una región que está colapsando en varias tierras de nadie.

En ese momento, el "califa" Abu Bakr al-Baghdadi, o algún potencial califa futuro, invariablemente combinaría el creciente caos de gobernancia de la región con una campaña yihadista global -un proceso que, como hemos visto en París y otras partes, ya comenzó -. A pesar de la grieta ideológica y estratégica entre el ISIS y Al Qaeda, no se puede descartar en absoluto una alianza contra el enemigo común -los regímenes árabes que están en el poder y Occidente-. El propio Osama Bin Laden nunca desechó la idea de establecer un califato. Por cierto, su terrorismo era percibido como un preludio del califato.

Al mismo tiempo, Siria e Irán podrían explotar el caos inevitable para expandir su presencia en Irak, y todas las partes, incluida Turquía, se opondrían a un papel central para los kurdos. Estos últimos han demostrado ser combatientes extremadamente confiables y capaces, según lo han demostrado las batallas para liberar las ciudades de Kobani y Sinjar del control del ISIS. Pero nadie puede pensar que puedan ser la herramienta de Occidente para someter al corazón sunita en Irak y Siria.

Tampoco resulta claro si Occidente es capaz de compensar a los kurdos con una categoría de estado absoluta. Las limitaciones geoestratégicas que han impedido la independencia kurda durante siglos son aún más agudas hoy.

Algunas de las consecuencias de una invasión árabe del califato respaldada por Occidente no son menos predecibles por "no ser intencionadas". Finalmente terminaría generando una simpatía generalizada por el califato en toda la región, brindándole al ISIS una victoria de propaganda y una mayor inspiración para los jóvenes musulmanes alienados en Europa y otras partes para combatir a los cruzados y a los traidores musulmanes que se alinearon con ellos.

La única alternativa realista es más -mucho más- de lo mismo. Eso implica un esfuerzo constante y decidido para frenar la expansión del califato, recortar las fuentes de financiamiento, profundizar y expandir la cooperación de inteligencia entre aliados creíbles, poner fin a la conspiración de las monarquías ricas en petróleo con grupos terroristas y fomentar la reforma (sin involucrarse en grandes proyectos de construcción de estado).

El Oriente Medio árabe no es susceptible a cambios rápidos. Requiere un cambio endémico profundo que podría llevar la mayor parte de este siglo. Por ahora, transformar el califato en otro estado fallido en la región parece ser lo mejor que podemos esperar.

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Shlomo Ben-Ami, ex ministro de Relaciones Exteriores israelí, es vicepresidente del Toledo International Center for Peace. Es el autor de Scars of War, Wounds of Peace: The Israeli-Arab Tragedy.

© Project Syndicate 1995–2015

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