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El zorro plateado de la dictadura y la democracia

Actualizado el 23 de julio de 2014 a las 12:00 am

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El zorro plateado de la dictadura y la democracia

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MOSCÚ – A lo largo de sus años en el poder, Eduard Shevardnadze fue conocido como el “zorro plateado”, un hombre que parecía deslizarse sin esfuerzo de ser el líder de la Georgia soviética y miembro del Politburó del Kremlin a ministro de Exteriores reformista de Mijaíl Gorbachov, para luego resurgir como presidente post-soviético prooccidental de Georgia, irónicamente como opositor a Gorbachov. Se veía a sí mismo como un héroe que liberó a Georgia del yugo de Rusia. Fue también uno de los políticos más corruptos de la historia de su país.

En sus últimos años de vida, Shevardnadze se había convertido en un paria político en Georgia, Occidente y Rusia, donde se lo veía como uno de los arquitectos de la disolución de la Unión Soviética. Sin embargo, incluso si en gran parte fue olvidado después de la Revolución de las Rosas del 2003, cuando fue derrocado por su exprotegido Mijaíl Saakashvili, pudo gestionar su legado a su favor gracias a su astucia y habilidad en la manipulación de las fuerzas políticas.

Saakashvili, incondicionalmente pro estadounidense, lanzó reformas económicas exitosas y una campaña de erradicación total de la corrupción de la Policía, a pesar de que, con el tiempo, también se le acusó de aceptar sobornos y caer en impulsos autocráticos. Habiendo llegado al poder en la revuelta que derrocó al corrupto Shevardnadze, recurrió a las mismas tácticas de estilo soviético (intimidar y desacreditar a los opositores, dispersar a los disidentes por la fuerza) para mantener a raya a sus rivales.

La pregunta que los georgianos han estado haciéndose desde entonces es si realmente Shevardnadze fue derrocado. Sabedor de su grado de impopularidad en el 2003, muchos creen que estaba dispuesto a dejar el poder, pero necesitaba un sucesor que asegurara la supervivencia de su legado (y su fortuna). No hay duda de que Saakashvili se hizo famoso como ministro de Justicia de Georgia al presentar cargos de corrupción contra la familia Shevardnadze, pudiendo recuperar para el Estado $15 millones de esa fortuna. Pero el gobierno de Saakashvili nunca tocó a Shevardnadze ni a su familia.

Independientemente de si esta teoría es cierta, su persistencia caracteriza la esencia de la herencia de Shevardnadze. A lo largo de su carrera, se sabe que jugó en todas las partes, a veces amenazando con renunciar y siguiendo en el cargo, o acusando a sus enemigos de planear asesinarlo y siguiendo con vida. En la década de 1970, halagaba al líder soviético Leonid Brezhnev con grandes muestras de lealtad al Kremlin, solo para reunirse con manifestantes estudiantiles georgianos en apoyo de su derecho (contrariamente a los deseos oficiales) a hablar georgiano, no ruso, como idioma de su Estado.

Todo aquello en lo que sobresalían los georgianos bajo Shevardnadze en la era soviética –el espíritu emprendedor, la educación y la cultura– lo descuidó en la década de 1990. Del mismo modo, mientras decenas de miles de funcionarios eran acusados de corrupción o perdían sus empleos bajo su gobierno en la década de 1970, se dice que el Shevardnadze post-soviético de la década de 1990 llegó a bromear diciendo que habría debido detenerse a sí mismo, pero que merecía su riqueza por el inestimable valor de su contribución política.

En 1999, durante las celebraciones de Nueva York para conmemorar el décimo aniversario de la caída del Muro de Berlín, yo misma le oí decir que Georgia había dado al siglo XX dos figuras históricas: “Aquel que levantó el telón de acero [José Stalin], y el que lo derribó”, es decir, él mismo.

Sin duda, las habilidades políticas de Shevardnadze estaban a la par de otro gran político soviético del Cáucaso, el armenio Anastas Mikoyan, el fiel ministro de Comercio de Stalin y, más tarde, viceprimer ministro antiestalinista de Nikita Jruschov. Un chiste decía que Mikoyan salió del Kremlin en un día muy lluvioso sin querer compartir el paraguas de un colega. “No hay problema”, dijo, “caminaré entre las gotas de lluvia”.

De manera similar, Shevardnadze dimitió como secretario general del Partido Comunista de Georgia en la década de 1980, al parecer en protesta contra el dominio soviético, solo para ser nombrado ministro de Exteriores soviético por Gorbachov. Tras haberse ganado la confianza de los líderes occidentales y supervisado el desmantelamiento del imperio soviético en Europa del Este, renunció en 1990 declarando que Rusia regresaba a la dictadura bajo Gorbachov. Esa pose de guardián de la democracia le ganó la presidencia de la Georgia independiente en momentos en que el país se encontraba en una situación vulnerable a la guerra civil. Se mantuvo en el cargo durante 11 años.

¿No fue nunca honesto? ¿Era un demócrata o un déspota? La verdad es que ambas cosas a la vez. Su muerte nos lleva al final de la generación de comunistas reformistas de los tiempos de Gorbachov, que (como Shevardnadze y el difunto Boris Yeltsin) contrastaron marcadamente a fines de los 80 con los adustos miembros del ala dura de la era de Brezhnev, dando impulso (en su mayoría sin quererlo) al colapso del imperio soviético y a la larga transición a la democracia.

Como lo demuestra todos los días el corrupto y autoritario régimen del presidente ruso Vladimir Putin, el fin de la transición está lejos. Pero hay un par de buenas noticias. El año pasado, Georgia eligió a su nuevo presidente, Giorgi Margvelashvili, mediante un proceso pacífico y legítimo; a principios de este verano, el país firmó un Acuerdo de Asociación con la Unión Europea, lo que estrechará sus vínculos con Occidente. Nada de esto habría sido posible sin la prolongada carrera de Shevardnadze de astuta, pero valiente, triangulación política.

Nina Khrushcheva, autora de Imagining Nabokov: Russia Between Art and Politics (Imaginar a Nabokov: Rusia entre el arte y la política), es profesora de Asuntos Internacionales en la New School y académica sénior del World Policy Institute de Nueva York. © Project Syndicate.

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