26 abril, 2014

La eliminación de actividades manufactureras por parte de Intel en nuestro país ha sido, en lo fundamental, un caso de falta de visión de dicha empresa sobre la evolución del sector de los microprocesadores a raíz de la irrupción de los móviles inteligentes, pero sus efectos negativos, nada despreciables, sobre la economía nacional pudieron haberse mitigado si, en vez de mantener una política de zonas francas, donde solo se beneficia el capital extranjero, hubiésemos tenido una política de zonas económicas especiales como la que han puesto en marcha China y otros países asiáticos.

Inclusión. Las zonas económicas especiales se caracterizan por ser incluyentes para todos los empresarios, ya sean nacionales o extranjeros, estimulando su encadenamiento, directa o indirectamente, a la actividad principal regional. Parten del principio de “crear nidos para atraer las aves”, esto es, de generar condiciones de infraestructura, telecomunicaciones, formación de capital humano a través de universidades y politécnicos, generación de crédito y ventajas fiscales para que se asienten los capitales y la tecnología. Se trata de una política que busca y estimula el desarrollo del territorio en todas sus dimensiones, buscando el equilibrio entre los diversos sectores de su economía.

Don Óscar Castillo me contó que un empresario turístico nacional, amigo suyo, que visitó hace unos meses China, le expuso que, durante la visita a una de las regiones donde florecía el turismo en ese próspero país, se había sentido muy estimulado por el auge que experimentaba la zona, y le preguntó al funcionario municipal que lo acompañaba si él podría construir un hotel de 200 habitaciones ahí. Este realizó una consulta telefónica y le informó de que los hoteles de 200 habitaciones ya habían sido adjudicados en la zona, pero que tenía posibilidad de invertir en uno de 75, ya que aún había espacios para ello. Como se puede apreciar por esta anécdota, al menos en este caso, también la capacidad de carga sobre el ambiente se toma en cuenta, hecho que contrasta con la práctica existente en nuestro país.

Maquilas. Esto no es algo nuevo. En América Latina, las maquilas se han visto históricamente solo como generadoras de empleo, mientras que en Asia se les ha autorizado y seleccionado como un componente “en la construcción de un nido” que genere encadenamientos dentro de la economía local. Por esta diferencia de visiones es que, cuando una fábrica maquiladora se va de uno de los países latinoamericanos, cunde el desempleo y la miseria, mientras que, en Asia, no siempre es así. Los encadenamientos entre el capital local y el extranjero generan un clima diferente, de tal manera que, si una fábrica maquiladora abandona la región para ir a otro territorio en busca de mano de obra barata, los empresarios que permanecen asimilan la situación ajustando su actividad hacia el mercado interno o externo. En otras palabras, las políticas públicas promueven la gestación de embriones industriales con capacidad de autoorganización, o “autopoiesis”, que estimulan la adecuación a las necesidades y posibilidades locales.

Pienso que es hora de revisar a fondo el paradigma que le atribuye el desarrollo a la inversión extranjera, y que menosprecia la capacidad de generar sistemas propios, integrando el capital extranjero y al nacional bajo una política de estímulos que tengan como eje las necesidades nacionales y de los territorios. Un ejemplo en nuestro país de lo que pueden hacer la fuerzas locales lo constituye el crecimiento y desarrollo de La Fortuna de San Carlos, con el impulso de capital local y nacional.

Experiencia asiática. Pienso que el Gobierno entrante debe estudiar la experiencia asiática, especialmente aquella que ha demostrado ser exitosa para el desarrollo de la población y del medioambiente, y revisar, ampliando y centrando alrededor de los intereses nacionales y locales, la política de atracción de capitales e inversiones públicas. Esto implica impulsar la participación de las comunidades y gobiernos locales en el plan de desarrollo regional, ajustando la acción del aparato institucional a sus necesidades de integración de los diversos sectores de la economía, y no a la inversa, pidiéndole a las fuerzas locales que se ajusten a los programas y proyectos diseñados en escritorios y sin coordinación institucional, como ha sido hasta el momento.