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El yuan se pone en marcha

Actualizado el 16 de diciembre de 2015 a las 12:00 am

El yuan podría llegar a ser un actor clave en los mercados financieros internacionales

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LONDRES – Una vez Robert Mundell, galardonado con el Premio Nobel, dijo que “las grandes potencias poseen grandes monedas”. China, a cuyo gobierno asesoró por largo tiempo, parece haberse tomado muy en serio esta idea, insistiendo ante el Fondo Monetario Internacional por años para que añadiera el yuan a la canasta de monedas que determinan el valor de las reservas del FMI, el derecho especial de giro (DEG). Hoy este organismo ha accedido a hacerlo, en lo que constituye un enorme voto de confianza en la capacidad de China de desempeñar un papel importante en las finanzas internacionales.

Sin embargo, muchos participantes del mercado mantienen una posición de escepticismo ante esta decisión. ¿Está realmente el yuan a la misma altura que el dólar estadounidense, el euro, el yen japonés y la libra británica en el sistema monetario internacional?

No hay dudas de que China ha avanzado de manera importante en un periodo relativamente corto. Desde el año 2009, el comercio de China denominado en yuanes ha aumentado desde menos del 1% a más de un 20%, y hoy está entre las cuatro monedas más utilizadas en el mundo para pagos internacionales.

Sin embargo, la proporción del 3% del yuan en cuanto a pagos globales está muy por detrás del dólar (45%) y el euro (27%). Más aún, el aumento de su uso en operaciones comerciales se ha concentrado en lo esencial en la región de Asia-Pacífico, y específicamente en transacciones entre China y sus vecinos. La demanda de activos denominados en esta moneda sigue siendo relativamente baja, con apenas un 1,5% de los depósitos bancarios fuera de China.

Es muy acusado el contraste entre el yuan y sus contrapartes del DEG. El mercado de bonos exteriores del yuan representa solo un 0,5% del total mundial, del que un 40% está denominado en dólares, 41% en euros, cerca de un 10% en libras y un 2% en yenes. El valor de los préstamos denominados en yuanes (CN¥188.000 millones, o $29.200 millones) es ínfimo si se considera que un 50% de los pasivos bancarios internacionales se denominan en dólares, aproximadamente un 30% en euros, 5% en libras y alrededor de un 3% en yenes. Y el yuan constituye entre un 0,06 y un 1% de las reservas en moneda extranjera de los bancos centrales, mientras que el dólar y el euro representan un 62% y un 23%, respectivamente.

En pocas palabras, a diferencia del resto de las monedas de la canasta de DEG, el yuan es una moneda destinada a lograr reconocimiento internacional, tal como China es una potencia económica y financiera en proceso de serlo. De hecho, como la mayoría de los países en desarrollo, China sigue siendo un “acreedor inmaduro” que presta principalmente en dólares y que, cuando debe tomar préstamos en los mercados internacionales, la mayor parte de su deuda está denominada en dólares, no en yuanes. Es evidente que la reputación de China en las finanzas internacionales no corresponde a su estatura en el comercio internacional.

No obstante, existe una clara sensación de que el yuan podría llegar a ser un actor clave en los mercados financieros internacionales. Después de todo, y a diferencia de otros países en desarrollo (incluso de los de gran tamaño como Brasil, la India y Rusia), China posee una economía lo suficientemente grande como para respaldar el desarrollo de su moneda.

Más aún, los líderes chinos están decididos a implementar reformas (especialmente las del sector bancario y las empresas estatales) que le ayuden a dar el salto hacia este desarrollo. Han dejado en claro que uno de sus principales objetivos para los siguientes cinco años es estrechar la brecha entre la reputación internacional del yuan y la de las “grandes monedas” del mundo, a medida que promueve su uso más allá de la región de Asia-Pacífico.

Sin embargo, es importante tener en cuenta que las autoridades chinas no parecen apuntar a que el yuan reemplace al dólar como moneda de intercambio internacional. Su enfoque es más pragmático, ya que se basa en la creencia de que mientras más líquido e internacionalizado sea un sistema monetario mejor será para dar más equilibrio y reducir la volatilidad de la economía internacional.

Anticipándose a un giro desde un sistema basado en el dólar (y, en términos generales, dominado por Estados Unidos) a uno multipolar de distintas monedas, los líderes chinos sientan las bases para que su país (y su moneda) se encuentren en primeras posiciones, junto con las otras grandes potencias.

Ciertamente se trata de un objetivo alcanzable. De hecho, la evaluación que hiciera este año la directora ejecutiva del FMI, Christine Lagarde, sobre su entrada a la canasta de las DGE (“la pregunta no es si se hará, sino cuándo”) parece aplicarse también al auge financiero más general de China. Mientras algunos países (en particular, Estados Unidos y Japón) demuestran poco entusiasmo por el tema, es difícil negar que parece inevitable (ninguno de ellos se opuso formalmente a la decisión del DEG cuando se produjo). Y, a medida que China vaya ganando más reputación internacional, sin duda su gobernanza económica global crecerá a la par.

Ante este contexto, no es de sorprender que la reforma del sistema monetario internacional y su gobernanza tenga un papel destacado en la cumbre del G-20 que se realizará el año próximo en China, que tendrá la presidencia rotativa del grupo.

Aún no está claro de qué modo el gigante asiático dará forma al debate, pero el mero hecho de que ocurra en el G-20 más que en el G-7 (que había predominado por largo tiempo), envía un mensaje claro de que se está produciendo un cambio importante en el sistema económico y monetario del mundo.

Paola Subacchi es directora de Estudios de Economía Internacional de Chatham House, y autora del libro People’s Money: How China Is Turning the Renminbi into a World Currency (El dinero del pueblo: Cómo China está convirtiendo al renminbi en una moneda mundial), de próxima publicación por Columbia University Press. © Project Syndicate 1995–2015

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