Opinión

Las votaciones en Siria

Actualizado el 12 de junio de 2014 a las 12:00 am

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Las votaciones en Siria

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Las elecciones presidenciales en Siria ofrecieron un panorama tragicómico. Trágico, por la destrucción de ciudades enteras. Cómico, por las torpezas del régimen al pretender ocultar el impacto humano de la feroz guerra. Y, en el centro de esa situación, pensamos en los miles de niños fallecidos, mutilados o condenados a vivir en malolientes e insalubres campos de concentración.

La semana pasada, Bashar al-Assad, el actual dictador, apareció en la televisión estatal, la única que opera en Siria, cuando depositaba su voto rodeado por la algarabía y el aplauso atronador de sus “entusiastas” seguidores que demandaban prorrogar su presidencia.

El cuarentón, heredero del despotismo instaurado por su padre, el truculento Hafiz al-Assad, estiraría así su mandato por siete años adicionales a los catorce que ya lleva al timón. No es que los sufragios fueran necesarios para continuar ocupando el sillón presidencial. Lejos de ello, el poder ha estado y seguirá en sus manos indefinidamente, hasta su muerte por enfermedad o por un balazo certero.

Nada de sonrisas. Lo simpático de esta comedia fue lo que en realidad ocurrió en Damasco. En vez de los puestos de votación a cielos y portones abiertos para el diluvio de “basheristas”, los reportajes de periodistas extranjeros mostraban algo muy distinto: oficinas lúgubres firmemente custodiadas por uniformados con armas. Nada de sonrisas. No se divisaba ahí ninguna “cola” de simpatizantes. Tampoco se cantaban loas a Bashar.

Pronto se filtraron informes de corresponsales que presenciaron y documentaron los extremos de poner a votar a los muertos. A electores que tenían parientes ausentes o difuntos, se les entregaba a manos sueltas puñados de boletas para que nadie se quedara sin votar en este mundo ni el eterno.

Otro aspecto más de la comedia, o tragedia, ha sido el impacto inescapable en los números de la fragmentación territorial y social de Siria a causa de la guerra interna que se libra desde hace tres años. Los combatientes contrarios al régimen han proliferado y hoy incluyen milicianos de diversas corrientes étnicas, yihadistas provenientes mayormente de Afganistán y Líbano, grupos civiles integrados por sirios del país y el extranjero, y radicales de ideologías y etnias de toda suerte. Últimamente ha salido a luz que jóvenes europeos y norteamericanos fluyen continuamente a las zonas en conflicto para unirse a los yihadistas. Esa es la nueva moda entre adolescentes.

Refugiados y muertos. El producto de esta reconfiguración territorial y social es que, de los 22 millones de habitantes de Siria en la preguerra, hoy, a juzgar por cifras diversas, solo quedan unos 15 millones. La notoria disminución obedece a los miles de refugiados que atiborran los campamentos en Turquía y otras naciones del entorno, a los muertos cuya cantidad varía según diversas estimaciones, a quienes han partido al exilio y aquellos que se encuentran repartidos en las zonas del conflicto.

Valga señalar que, a pesar de los altibajos en la guerra, Bashar ha conseguido una frágil ventaja militar frente a sus adversarios. La autoridad de Assad responde, sobre todo, al apoyo con armas y diplomacia brindado mayormente por Rusia e Irán, y el dominante Hizbolá en Líbano. Asimismo, el respaldo de otras naciones de la región se suma para que Bashar hoy sonría.

Farsa democrática. Con este horizonte, ¿para qué un ejercicio electoral en el cual pocos confían? La farsa democrática en Siria le permite a Assad mantener un ínfimo vestigio de legitimación. Además, ha aprendido que, a pesar de todos los cuestionamientos, las votaciones influyen en la apreciación de las mayores potencias occidentales. Y no faltará algún oficial en Washington, Londres o París que abone esta presea a la figura de Bashar.

Cabe notar que, no obstante los bemoles, Assad ganó las elecciones con el apoyo del 89% de la fantasmagórica lista electoral. Así, ¿quién no?

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