Opinión

De vivir y dejar vivir

Actualizado el 28 de junio de 2013 a las 12:00 am

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De vivir y dejar vivir

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Termino de leer mi periódico dominical. Trato de digerir el mensaje transmitido por el periodista Cristian Cambronero en su columna regular. El periodista cuenta su historia: compró un cachorro de raza y eso le ha acarreado muchísimas críticas de personas que promueven la adopción, según él llegando a caer en el fanatismo y en la ceguera de no ver otras opciones como válidas.

Tengo poco tiempo de estar involucrada en el rescate de animales y he podido ver historias crueles, manifestaciones de odio y desesperanza del ser humano, de las cuales tristemente son víctimas los animales. He visto desde perros callejeros recogidos sin extremidades, sin ojos o sin pelo a causa de la diversión absurda y despreciable de alguna persona, hasta perros con dueño (de raza o no) en condiciones deplorables.

Las historias no tienen fin y quienes donamos nuestro trabajo a esta causa nunca dejamos de sorprendernos ante casos cada vez más desgarradores. Sin duda alguna, el pedigree no es una vacuna para el maltrato animal.

Se estima que en las calles de nuestro país existe un millón de perros, según las estimaciones de la Asociación Nacional Protectora de Animales. De mi parte, dedico muchas horas a trabajar en procura de soluciones para casos de abandono. Mis sábados los dedico a colaborar con campañas necesitadas de voluntarios. También he hecho aportes económicos a pesar de no ser todavía asalariada. Sin embargo, estoy muy lejos de entregar mi vida a esta causa, como sí lo hacen personas que he tenido el gusto de conocer.

Me atrevo a decir que son cientos las personas que trabajan arduamente, donando su tiempo y su capital para solucionar un problema que puede ser fácilmente controlado con educación e información. Es ahí donde me preocupa terriblemente el mensaje que el señor Cambronero ha hecho llegar a miles de personas: un mensaje simplista, frío, soberbio, que no aporta nada bondadoso ni ayuda a la sociedad a acercarse al respeto y la dignificación de nuestros animales, perpetuando el círculo vicioso que los condena a las calles.

En otras circunstancias, probablemente habría estado de acuerdo con el discurso “Vivir y dejar vivir”, pero no puedo estar de acuerdo si la aplicación de esa norma incide de forma tan contundente en las estadísticas de maltrato animal. No pretendo atacar la compra que nos comenta don Cristian, sino el mensaje que transmite a toda la sociedad, desprestigiando el trabajo incansable de rescate animal.

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No conozco un solo refugio en este país que no haya recibido un perro de raza. Aunque parezca extraño, esas mismas razas se siguen vendiendo y comercializando. La razón es muy simple: las personas no asimilan la responsabilidad de tener un ser vivo en casa. Cuando crecen, dejan de ser tiernos cachorritos y son tirados a la calle, o bien olvidados en un rincón insalubre. Necesitamos información y no desinformación para revertir esta costumbre.

Es indignante que el señor Cambronero, desconocedor de la situación de los refugios nacionales, sugiera que los rescatistas menosprecian a los perros de raza y alaban a los zaguates. Adopción no es sinónimo de zaguate. Me atrevo a afirmar, con conocimiento de causa, que prácticamente cualquier raza, incluida el dachshund o salchicha, tiene miembros disponibles para adopción. De mi parte, tengo un solo perro… ¡de raza!¿Por qué? Porque era un perro en una condición muy particular y necesitaba ser adoptado. Así lo hice. Sé que el caso de mi chihuahua está muy lejos de ser único en este país.

No usaré este espacio para llover sobre mojado. Las cifras son alarmantes y siguen creciendo. No pretendo cambiar la opinión del señor Cambronero, pues ha manifestado estar bastante bien acomodado en ella. Lo que pretendo es reivindicar el gran trabajo de tantas personas que asumen la irresponsabilidad ajena. Además, quiero hacerle ver a los lectores que existe mucho trabajo de por medio, invisible y sin columnas dominicales, dedicado a la búsqueda y propuesta de soluciones. La situación descrita como un “apartheid canino” no existe, lo que sí existe es muchísimo sufrimiento e injusticias sin distinción de raza.

Decirse víctima de la homogenización y de personas que se creen dueños de la verdad es una salida reduccionista e irreflexiva. Se puede tener gustos o preferencias, pero serán siempre sometidos a cuestionamientos si implican el sufrimiento y el dolor ajeno, como es el caso. Una cosa es decidir a quién le reza, cómo se viste, que música le gusta, y otra muy diferente es decidir entre la indiferencia al sufrimiento y la perpetuación de un negocio que mantiene ese sufrimiento latente. Si aún quedan dudas, sólo hace falta un vistazo a tantas páginas de rescate que encontramos en redes sociales, o salir a la calle y verlo con los propios ojos.

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Por favor, no desacredite a las personas que eligen hacer la diferencia, aunque usted no se atreva a hacer las cosas mejor. Como bien dijo José Martí: “Si no luchas, ten al menos la decencia de respetar a quienes sí lo hacen.”

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