Opinión

Una visión nacional

Actualizado el 31 de enero de 2015 a las 12:00 am

Opinión

Una visión nacional

Rellene los campos para enviar el contenido por correo electrónico.

Una “marca país” la desarrollan publicistas y expertos en mercadotecnia, pero solo un estadista es capaz de provocar que una sociedad conquiste una visión nacional. Aunque el desarrollo práctico de esa visión no es algo que pueda limitarse a un escrito, la anomia que percibo en la orientación política de la nación me motiva a realizar un breve esbozo de lo que debería ser hoy dicha visión.

Visión y vista. Tal como lo reiteraba la aguda pluma de Enrique Benavides, creo más en el sueño genuinamente impreso en el alma de un hombre con carácter que en múltiples teorizaciones doctrinarias. La visión no es simplemente vista. La vista ve lo que es. La visión “introyecta” algo muy superior: el ideal. Cual huella indeleble, la visión es propósito impreso en el espíritu, que arrastra a los líderes hacia lo superior. La visión no es simple abstracción teórica. Esta solo se materializa ejecutando acciones prácticas concretas. Sin su audaz combate político y filosófico, el sueño cultural de José Vasconcelos habría sido, simplemente, disquisiciones que se las lleva el viento. Sin su combate, no habría ascendido a la Secretaría de Instrucción Pública mexicana para, desde allí, emprender la reforma educativa y cultural más portentosa de ese país, cuya influencia en Latinoamérica aún es valorada. La gran Roma no fue posible sin el cruce del Rubicón, ni era posible el ideal de la Gran Colombia, sin el paso de los Andes.

No basta con que una visión nacional sea posible, sino que, además, debe ir en la dirección correcta. Como puede insistirse en la refinería china, se puede construir hoy una inmensa fábrica de “máquinas de escribir”. Ambas ideas son posibles. El punto es que, en ambos casos, proyectos de ese tipo van en contravía de la historia. De ahí que tengo la convicción de que una visión nacional posible, y en una dirección correcta, debe estar integrada por un mínimo de seis conceptos a ejecutar. Quien repase la historia se convencerá que una nación progresa, únicamente, si se propone, planifica y ejecuta objetivos de desarrollo a gran escala.

Revolución educativa. El primero de los conceptos, fundamento de una visión nacional, debe estar necesariamente asociado a una revolución educativa. No hay que convencer a nadie de que la base del desarrollo es la cultura y complejidad educativa de una sociedad. Por eso, la revolución educativa costarricense debe orientarse en dos sentidos básicos: en el aspecto logístico, desconcentrando y descentralizando el aparato burocrático de la educación, de tal forma que la toma de decisiones, respecto de los recursos administrativos en esa materia, se haga en las comunidades.

Así las cosas, el MEP esencialmente se concentraría en el segundo aspecto, la calidad educativa, sustentada en tres aspectos esenciales: a) la constante actualización de los programas curriculares, b) la modernización permanente de los métodos de enseñanza, y c) la renovación persistente de las diversas herramientas utilizadas en la formación educativa. Estoy convencido que en esta materia, como en casi todo, más que un problema de dinero, lo que enfrentamos es un problema de mala ingeniería organizativa.

Revolución energética. El segundo concepto de una visión nacional refiere a la revolución energética. Tanto por conveniencia económica como por el hecho de ser coherentes con nuestra imagen mundial de país protector del ambiente, la sustitución de nuestra dependencia del petróleo por energías limpias es un concepto clave de una visión nacional.

Costa Rica tiene capacidad de generar alta autosuficiencia de energías sustitutas del petróleo. Aunque el proyecto gubernamental para la producción de biocombustibles no ha tenido aún el respaldo necesario, los sectores privados sí perseveran en este tipo de esfuerzo. Ejemplo de ello es el triunfo internacional del proyecto de producción de biocombustible a base de coyol, del experto Ricardo Solera, uno de los costarricenses más avezados en el conocimiento de energías limpias. En relación con otros usos, como, por ejemplo, el ganadero, la rentabilidad de una hectárea de coyol destinada a la producción de biocombustible es altísima, y en Costa Rica los estudios han demostrado que hay suficiente terreno aprovechable que puede utilizarse en este cultivo, de tal forma que se pueda sustituir el petróleo en un alto porcentaje. No escribo de algo que no ha sido probado. El biocombustible es una alternativa ya ampliamente aplicada en el mundo desarrollado. Es un asunto de decisión política que, de implementarse con determinación, nos permitiría: a) estimular la actividad agrícola, b) liberarnos del caprichoso chantaje petrolero, c) alcanzar una sustancial reducción de gases nocivos para el ambiente, d) permitir una altísima rentabilidad por hectárea en beneficio del productor nacional, y c) garantizar la reforestación de muchísimas hectáreas.

En ese mismo aspecto, toda energía limpia debe estimularse como una prioridad: entre otras, la producción doméstica de energía solar, el gas natural y, por supuesto, el desarrollo de la generación hidroeléctrica a base de grandes proyectos como el Diquís.

Producción. El tercer concepto esencial de una visión nacional tiene que ver con un tema insistentemente reiterado por Rolando Araya. Su convicción, la cual comparto, es que el problema de nuestra economía no es de tipo fiscal, sino productivo. Es imposible sostener el actual gasto público, si este depende de una economía que, en gran medida, exporta aún productos de muy baja rentabilidad. Cuando Intel ingresó, nos percatamos de que, mediante la atracción de inversión en alta tecnología, es posible, y prioritario, mejorar la oferta productiva exportadora.

A fin de perseverar en ese esfuerzo con eficacia, se necesita establecer un sistema de zonas libres para este tipo de actividad. Así, pues, el Gobierno debería instituir un plan para establecer zonas económicas libres de alta tecnología, que implique, además de un marco legal específico para el tema, una política permanente y agresiva de atracción de inversiones en producción tecnológica de exportación. Debemos aceptar que, para un país del Tercer Mundo, no es posible conquistar la atracción de este tipo de empresas élite, sin antes establecer un régimen privilegiado, el cual debe garantizar seguridad jurídica y condiciones de bajo costo productivo.

Estrategia. El cuarto concepto de una visión nacional se refiere a la necesidad de una estrategia para insertarnos en la economía del Primer Mundo. En un artículo publicado en estas páginas el pasado 1 enero pasado, detallé las posibilidades de construir un corredor transcontinental interoceánico que permita la distribución de mercancías desde dos megapuertos, en Cuajiniquil y Parismina. Es una posibilidad cuya viabilidad debe valorarse con seriedad.

Infraestructura y reforestación. El quinto concepto de una visión nacional tiene que ver con la necesidad de un inventario de infraestructura que establezca prioridades en su ejecución. Y, finalmente, el sexto consiste en continuar con una política de reforestación mucho más agresiva que la actual.

  • Comparta este artículo
Opinión

Una visión nacional

Rellene los campos para enviar el contenido por correo electrónico.

Ver comentarios
Regresar a la nota