Opinión

Una vida por cada caricatura

Actualizado el 01 de febrero de 2015 a las 12:00 am

Opinión

Una vida por cada caricatura

Rellene los campos para enviar el contenido por correo electrónico.

Para la época en que las oficinas del semanario satírico Charlie Hebdo fueron atacadas en el centro de París por islamistas franceses, otros islamistas del Medio Oriente ocasionaron la muerte a treinta cadetes de policía en Yemen, a una veintena de feligreses en Irak y a ciento treinta niños en Pakistán. Mientras, partidarios del mismo movimiento, en la franja de Gaza y Cisjordania, agredieron con violencia a civiles y soldados israelíes. Las mujeres, los homosexuales, los librepensadores y las minorías kurdas, yazidis, baháis y cristianas viven bajo el acecho constante de los fanáticos en la vasta extensión del Dar al-Islam.

Antes de que doce periodistas y caricaturistas franceses fueran ejecutados a quemarropa en su lugar de trabajo, por haber dibujado a Mahoma, otros editores, cineastas, intelectuales, escritores y figuras religiosas ya estaban en la mira del islam radical. En el 2004, Theo Van Gogh fue apuñalado en la vía pública por filmar una película sobre el maltrato femenino en el islam. Tras la publicación en el 2005 por parte del diario dinamarqués Jyllens Posten de una docena de caricaturas sobre Mahoma, islamistas intentaron matar al dibujante, en tanto que la embajada danesa en el Líbano fue incendiada y la de Islamabad, bombardeada.

Luego de un discurso en la localidad alemana de Ratisbona, en el que Benedicto XVI denunció la violencia que anida en el islam, cristianos fueron matados en el Medio Oriente y un edicto asesino fue emitido contra el papa. Estos hechos fueron precedidos y sucedidos por otras amenazas lanzadas contra el británico Salman Rushdie, la somalí Ayaan Hirsi Ali, la italiana Oriana Fallaci y la española Pilar Rahola, entre otros, por haber alertado del fundamentalismo islámico.

En Pakistán, Irán, Arabia Saudita y otras naciones musulmanas, la blasfemia y la apostasía son castigadas con la pena de muerte. En Pakistán, el gobernador provincial que intentó abolir las leyes contra la blasfemia fue ultimado por su propio guardaespaldas en el 2011. En setiembre, en Irán, jóvenes que se filmaron bailando al son del video Happy, de Pharrell Williams, fueron arrestados, condenados a 91 latigazos y a un año de cárcel. Incluso en Egipto, unos jóvenes que grabaron un video casero sobre Mahoma y lo subieron a Youtube fueron condenados a muerte en ausencia en el 2012. Clérigos musulmanes en París, Berlín, Londres y Estocolmo han pronunciado virulentas prédicas antioccidentales en sus mezquitas.

Humor irreverente. A lo largo de su historia, Charlie Hebdo publicó caricaturas lesivas contra la clase política francesa, Jesús, el Vaticano, el judaísmo, Michael Jackson y el islam. Tras la muerte de Jackson, se mostró en portada un esqueleto del cantante con la leyenda “Michael Jackson es blanco finalmente”. Ni uno solo de sus fans empuñó por ello un arma contra la junta editorial. Cierta vez, dibujó a la Virgen María pariendo a un Jesús con cara de cerdo. Ningún cristiano complotó para matar al dibujante. Solo cuando el seminario satírico osó publicar algo ofensivo para el Islam, quedó expuesto a la sanción violenta. Los periodistas de Charlie Hebdo pagaron con sus vidas la defensa de la libertad. Por pararse ante ese islam fanatizado, sembrador de caos y penuria en el mundo entero, y gritarle en el rostro: ¡Basta!

Libre expresión. La génesis de este desenlace atroz yace en el 2005, cuando Jyllens Posten publicó las famosas caricaturas sobre Mahoma. Ello no causó gran consternación sino hasta después de que una comitiva de imanes daneses viajó al Medio Oriente a mostrar esas doce –y otras desvinculadas– caricaturas. Entonces, la ira estalló. En medio de la convulsión desatada, con musulmanes ofendidos esparciendo violencia y los progres de siempre gritando “¡islamofobia!” y acusando a la publicación danesa de ser xenófoba, un hombre valiente en Francia comprendió lo que estaba en juego y decidió reproducir esas caricaturas: Jacques Lefranc, del diario France Soir. Fue inmediatamente despedido.

En solidaridad con el editor, el entonces director de Charlie Hebdo , Philippe Val, publicó también las caricaturas. En la portada se mostraba a un Mahoma que decía: “Es difícil ser amado por idiotas”. Val invitó a otros medios franceses a reproducir los dibujos. L’Express lo hizo enteramente; algunas publicaciones, parcialmente; otras, nada.

Al día siguiente, la Gran Mezquita de París y la Unión de Organizaciones Islámicas de Francia actuaron judicialmente para que la revista no llegara a los quioscos. Fracasaron. Al cabo de la publicación, estos grupos musulmanes franceses iniciaron acciones legales contra Philippe Val, bajo cargos de racismo.

El entonces presidente francés Jacques Chirac batalló a favor de la comunidad musulmana e incluso puso a su servicio a su abogado personal, Francis Szpiner. Nicolas Sarkozy y François Hollande, por el contrario, salieron en defensa de Charlie Hebdo , así como intelectuales cristianos, judíos y musulmanes. La justicia falló a favor de la libertad de expresión.

¿Mero eslogan? El 7 de enero pasado, terroristas islámicos buscaron quebrar ese fallo a tiros. Asesinaron a doce periodistas irreverentes que pagaron con sus vidas su acto de defensa de la libertad de expresión. Una vida por cada caricatura. La manera honrosa de custodiar su legado será perpetuarlo. Todos aquellos editores de medios del mundo libre deberían reproducir esas –ahora icónicas– doce caricaturas de la discordia, inmediatamente. Solo así, la frase “todos somos Charlie Hebdo” trascenderá los confines del mero eslogan.

  • Comparta este artículo
Opinión

Una vida por cada caricatura

Rellene los campos para enviar el contenido por correo electrónico.

Ver comentarios
Regresar a la nota