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La victoria pírrica de Angela Merkel

Actualizado el 12 de octubre de 2013 a las 12:00 am

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La victoria pírrica de Angela Merkel

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BUDAPEST – En lo que concierne a Alemania, el drama de la crisis del euro es asunto terminado. Apenas fue tema de discusión durante la reciente campaña electoral. La canciller Angela Merkel hizo lo que había que hacer para asegurar la supervivencia del euro, y lo hizo al menor costo posible para Alemania, hazaña que le valió el apoyo de los alemanes pro europeístas y de aquellos que confían en que ella proteja los intereses alemanes. Como era previsible, obtuvo una victoria resonante para la reelección.

Pero ha sido una victoria pírrica. La situación actual de la eurozona no es ni tolerable ni estable. Es lo que los economistas ortodoxos llamarían un equilibrio inferior. Por mi parte, prefiero llamarlo una pesadilla. Una pesadilla que está provocando una tremenda cuota de sufrimiento y que se podría evitar fácilmente con solo exponer los errores conceptuales y los tabúes en los que se sostiene. Pero el problema es que el sufrimiento es para los países deudores, mientras que los errores conceptuales y los tabúes son de los acreedores.

Por ejemplo, tomemos el caso de los eurobonos. Es un concepto que para Merkel es tabú, pero, sin embargo, sería la solución obvia para la causa raíz de la crisis del euro: el hecho de que la adopción de una moneda común expuso a los países miembros al riesgo de impago sobre sus deudas.

Normalmente, los países desarrollados nunca caen en cesación de pagos, ya que, para evitarlo, les basta emitir moneda. Pero, cuando los países miembros de la eurozona cedieron esa atribución a un banco central independiente, se colocaron en la misma posición que cualquier país en desarrollo que pide prestado en divisa extranjera. Hasta que estalló la crisis, ni las autoridades ni los mercados se dieron cuenta de ese problema, lo que da testimonio de la falibilidad de unos y otros.

Al momento de la introducción del euro, las autoridades declararon que los títulos de deuda pública de los países miembros eran totalmente seguros. Los bancos comerciales podían invertir en ellos sin necesidad de apartar reservas de capital, y en la ventana de descuento del Banco Central Europeo (BCE) se los aceptaba sin hacer distinciones entre ellos. Esto creó para los bancos comerciales un incentivo perverso a comprar títulos de deuda de los países más débiles para ganar lo que, a la larga, no fueron más que algunos puntos básicos, conforme los diferenciales de tipo de interés fueron convergiendo casi hasta cero.

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Pero la convergencia de los tipos de interés provocó divergencia económica. Mientras los países más débiles experimentaban auges en el mercado inmobiliario, el consumo y la inversión, Alemania, atada al lastre del costo fiscal de la reunificación, tuvo que adoptar medidas de austeridad e implementar reformas estructurales. Ese fue el origen de la crisis del euro, pero en aquel momento nadie lo advirtió (y todavía hoy es algo que no se termina de comprender bien).

Convertir toda la deuda pública pendiente (con excepción de la de Grecia) en eurobonos sería, con diferencia, la mejor solución. No demandaría pagos de transferencias, ya que cada país seguiría siendo responsable de honrar sus deudas, y sometería a los países deudores a una disciplina de mercado más estricta que la de hoy, pues solamente podrían emitir eurobonos para refinanciar vencimientos de títulos anteriores: para tomar más préstamos, deberían hacerlo en su propio nombre, y los mercados castigarían el exceso de endeudamiento con tasas más altas.

Pero los eurobonos reducirían considerablemente el costo de financiación de los países endeudados y contribuirían en gran medida a volver a crear condiciones parejas en la eurozona. La calificación crediticia de Alemania no correría peligro, porque los eurobonos seguirían siendo mejores que los bonos emitidos por otros países importantes.

La emisión de eurobonos no resolvería las disparidades en materia de competitividad (los países de la eurozona aún tendrían que emprender sus propias reformas estructurales), pero sí remediaría el principal error de diseño del euro. Cualquier otra alternativa es inferior, ya que o bien implica transferencias, o bien perpetúa las disparidades entre los miembros de la eurozona, o ambas cosas. Y, sin embargo, debido a la oposición de Merkel, no se puede ni hablar de eurobonos.

Grecia es también víctima de los errores conceptuales y los tabúes de sus acreedores. Todos saben que su deuda es impagable, y la mayor parte de esa deuda la tiene con organismos oficiales: el BCE, otros países de la eurozona o el Fondo Monetario Internacional. Ahora, tras arduos esfuerzos, por fin Grecia está cerca de anunciar un superávit primario. Si Grecia obtuviera de sus acreedores oficiales una condonación de deuda, con la condición de cumplir los requisitos impuestos por la troika (el BCE, la Comisión Europea y el FMI), los capitales privados volverían a fluir y la economía griega podría recuperarse en poco tiempo.

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Puedo decir por experiencia propia que, tan pronto como Grecia se librara del peso de la deuda, los inversores acudirían en tropel a invertir en ella. Pero los organismos oficiales no pueden cancelar la deuda de Grecia, porque eso supondría violar varios tabúes, especialmente en el caso del BCE.

Sería bueno que Alemania recuerde que ella misma fue beneficiada con cancelaciones de deuda tres veces a lo largo de su historia. La primera, con el plan Dawes de 1924, por el que se escalonaron los pagos de las reparaciones de guerra que Alemania debía por la Primera Guerra Mundial. La segunda, el plan Young de 1929, que redujo esa misma deuda y extendió generosamente el plazo de pago. Y después de la Segunda Guerra Mundial, el plan Marshall, por el que Alemania también obtuvo cancelación de deudas.

Es evidente que la insistencia de los franceses en que Alemania pagara onerosas indemnizaciones después de la Primera Guerra Mundial preparó el terreno para el ascenso de Hitler. En Grecia se está dando un fenómeno similar con el surgimiento del partido neofascista Amanecer Dorado.

Estos dos ejemplos bastan para justificar mi descripción de la crisis del euro como pesadilla. Y es una pesadilla a la que solamente Alemania puede poner fin, ya que es el país con la mejor calificación crediticia y posee, con diferencia, la economía más grande y más fuerte, lo cual la pone en una situación dominante.

Por el recuerdo de su historia reciente, Alemania no quiere que se la encasille en el papel de potencia hegemónica; la situación actual no es obra de algún plan siniestro de los alemanes. Pero Alemania no puede eludir las responsabilidades y obligaciones que ese papel entraña. Debe actuar como un poder hegemónico benigno. Ello le valdría la eterna gratitud de los países que en este momento le están subordinados, así como el Plan Marshall valió a Estados Unidos la gratitud eterna de Europa. Entiendo que desaprovechar esta ocasión puede llevar a la desintegración y, tal vez, al derrumbe de la Unión Europea.

Por supuesto, ha habido muchos países que también vivieron pesadillas y las superaron. Pero la UE no es un país, sino una asociación todavía incompleta de Estados soberanos, y sería incapaz de sobrevivir una década, o más, de estancamiento. El fracaso del proyecto europeo no beneficiaría a Alemania y dejaría a los europeos peor que antes de emprenderlo.

Para cualquier dirigente político es muy difícil hacer un giro de 180 grados, pero los procesos electorales crean oportunidades para el cambio.

En este caso, lo mejor sería que el próximo gobierno de Merkel designe una comisión de expertos independientes que evalúe las opciones disponibles, dejando a un lado viejos tabúes.

George Soros es presidente de Soros Fund Management y de Open Society Foundations. © Project Syndicate.

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