Es necesario que el caos no nos confunda y que aclaremos la mente y el corazón

 25 mayo, 2015

Mientras que las democracias occidentales se organizaban en torno a la concepción de ideología , parecía natural que lo que uniera a las personas en su compromiso político fuera la comunión de ideas y su entretejido en un sistema coherente.

Esas ideas tenían que servir como instrumentos para comprender y transformar la realidad. Por eso, el sistema ideológico tenía dos elementos constitutivos esenciales: una teoría acerca de lo social, que permitiera emitir un juicio acerca de la coyuntura político, social y económica, y una serie de ideales que, a su vez, darían orientación a la praxis política común.

Los partidos políticos, entonces, no eran otra cosa que la unión de personas que compartían y desarrollaban una ideología, y se comprometían a sostenerse en una práctica política determinada.

Este modelo ha ido evolucionando y perdiendo su identidad inicial, porque con el pasar del tiempo el desarrollo de un pensamiento ideológico dio origen a varias tendencias. Esto hizo que los partidos políticos comenzaran a tener divisiones internas, con sus consecuentes luchas por obtener más influencia en el grupo.

El proceso, sin embargo, no se ha detenido y la influencia de otras formas de pensamiento, incluso contrarias a las intuiciones ideológicas originales, comenzaron a hacer desaparecer las diferencias ideológicas marcadas entre los partidos políticos. Así, llegamos al momento actual donde las diferencias ideológicas aparecen desvanecidas.

En este momento, son más importantes las alianzas entre distintos grupos y el liderazgo de algunos miembros de los partidos que la pureza ideológica. No nos extraña para nada que los partidos se hayan convertido en agrupaciones que dirigen su praxis política más por intereses de los grupos que los componen, que por convicciones ideológicas.

Prima el pragmatismo. El sistema partidista nació en un período en el que se confiaba en la fuerza del razonamiento teórico, hoy prima el pragmatismo porque se desconfía de la veracidad de las convicciones ideológicas. Por ello, la lucha por el poder político implica en estos momentos querer hacer valer los intereses del grupo al que se pertenece, pero ¿cómo se convence a los electores? ¿Cómo se llega como partido a obtener una cuota de poder?

Entramos en un fenómeno nuevo: hoy día solo se puede obtener el apoyo político de otros por medio de las alianzas que se establecen para conseguir determinados fines. Los años de la coherencia ideológica han terminado, al máximo sirven de fachada para no mostrar crudamente qué es lo que mueve la praxis de un grupo. Por eso, ya no es posible encontrar un sentimiento de culpa en la aceptación de las condiciones que imponen otros grupos lejanos ideológicamente para aceptar una alianza con el objetivo de hacer valer un determinado interés a corto o mediano plazo.

Es decir, se ha pasado del compromiso por alcanzar una utopía social a la aceptación de pérdidas y ganancias en la consecución de metas a un plazo más inmediato. El gran problema es cómo se definen y jerarquizan esas metas y cuál es su razón de ser en la construcción política de la nación.

Los valores. No hay duda de que la pluralidad de intereses y tendencias relativiza, a su vez, los sistemas de valores que se presentaban como una guía coherente para toda acción política.

Crear leyes no significa garantizar esos valores en la actualidad, sino buscar ganar espacios de acción de acuerdo con los intereses de determinados grupos. Sea para obstaculizar acciones, sea para promover otras, los sistemas constitucionales parecen cada vez ser más frágiles porque han dejado de estar fundados en sólidos valores políticos, para devenir expresión de alianzas más o menos estables entre grupos de presión diversos. Sin embargo, todavía subsiste en Occidente el deseo por encontrar el sentido de unidad nacional y de construir la vida colectiva sobre valores reales y concretos.

No deja de ser una gran contradicción la relación entre ese deseo y las maneras en las que se ejecuta la práctica política. ¿Es que la democracia se ha degradado?

En cierto sentido, la práctica democrática se está convirtiendo en terreno fértil de demagogia.

La vinculación de lo político al espectáculo, la captación de la benevolencia del pueblo por la imagen de un candidato, las promesas a otros partidos políticos, las falsas diatribas parlamentarias que un día dicen una cosa y el otro la niegan, la falta de transparencia, el ocultamiento de la corrupción cuando favorece a los propios intereses, el consentimiento irrestricto a intereses económicos mezquinos, la falta de independencia de los que han sido elegidos para representar al pueblo en los poderes públicos y muchas cosas más, son expresión de decadencia.

Por otro lado, la pérdida de la rigidez ideológica permite hoy un pensamiento político más dinámico e innovador. La pluralidad de los métodos de análisis social, político y económico nos previenen de la confianza ciega en las “recetas” perfectas para la construcción de lo social.

Por ello, se agrandan las posibilidades de participación ciudadana, la aceptación de maneras diferentes de ver la realidad y el respeto a visiones diversas sobre la vida. Pero la convivencia entre esta apertura de pensamiento y la demagogia entraba de manera sistemática el crecimiento de la democracia porque son incompatibles. No es posible desear ser libres y consentir con la esclavitud que nace del egoísmo.

Raíces complejas. Occidente está luchando por encontrar un sistema democrático que garantice la justicia y la paz. Pero el problema no es simplemente institucional, tiene raíces mucho más hondas y complejas.

Mientras que la lucha política sea solo reflejo de un antagonismo de intereses, lo único que lograremos será hacer alianzas momentáneas que desaparecerán como paja en el viento y que darán origen a nuevas alianzas evanescentes.

Es urgente que en la democracia avancemos en la clarificación de los intereses en función de las motivaciones que los mueven y que seamos capaces de discernir si responden o no al bien común, que es el único que garantiza la libertad. Porque es un error grave confundir libertad con autonomía personal o con sumisión a concepciones ideológicas prefijadas que se proclaman infalibles.

Los mecanismos institucionales de decisión política y los medios de comunicación deben incluir espacios de crítica pública y de mayor participación ciudadana para que un debate sobre las motivaciones y proyectos sea más eficaz y profundo.

Para lograrlo, es indispensable una educación cívica adecuada, que no se limite a ser propagadora de eslóganes o “lugares comunes” sobre nuestro ser nacional que resultan alienadores, sino que insistan en la necesidad de mejorar el sistema político, las relaciones con otras personas, el pensamiento crítico (sobre todo la autoevaluación personal y comunitaria) y el compromiso por el destino común.

La democracia actual ha evolucionado y se ha degradado, es el resultado de procesos interconectados dispares, que han generado grandes cosas, y otras lamentables y terribles.

Pero es necesario que el caos no nos confunda y que aclaremos la mente y el corazón. No es tiempo de condenas, anatemas y esfuerzos por silenciar la palabra del que no piensa igual. Vivimos en un tiempo en el que la creatividad nos puede ayudar a ser mejores personas y, sobre todo, conciudadanos más solidarios y apasionados por la justicia.