12 mayo, 2015

A veces, a ras del día, ciertas micropartículas atacan al buen sujeto que uno es. Si en alguna ocasión semejante, el yo se distrae, deja de lado cualquier control y respira unos sorbos de esta atmósfera, puede pasar quizá algo extraordinario. Como me pasó a mí.

Estaba en plena calle y pleno mediodía, la hora y el lugar precisos donde se detiene el tiempo y la eternidad merodea.

Mis pies apuntaban hacia el Oeste y un brío inaudito de 4.750.000 glóbulos rojos y 7.075 glóbulos blancos dictó el tonificado un-dos-tres de la marcha rumbo a su destino; a saber, un parque sereno, hirsuto, íntimo y etéreo a la vez.

Un sueño me vino a la mente y no dudé, el parque era un hombre y yo lo conocía y recordaba sus palabras que venían a subrayar la magia del momento: “Seré el parque salvaje en plena pesadilla de la perfección, el sueño sosegado, inconmovible, en plena actividad frenética, el tiro al azar en la blanca tabla de billar de la lógica. No sabré llorar ni protestar, pero estaré siempre en absoluto silencio para recibir y para restaurar. No diré nada hasta que llegue otra vez el momento de ser un hombre”.

La voz pertenecía a un neoyorquino, Henry Miller, feliz autor de Trópico de Cáncer y Trópico de Capricornio , dos obras dignas de leer y atesorar.

Miller, a quien los cables internacionales dieron por muerto en 1980, me sorprendió, pues, en un paraje imprevisto de las afueras de San José y quiero retener sus palabras. Primero, porque vienen de un parque urbano que lo cobija y a través de un destino mineral todavía por el rito de la despedida; y segundo, porque ese destino había sido querido y meditado por él.

Y además: porque se me presenta como el ser que sobrepuja la muerte y le da forma, toda una clave de la reencarnación que juega el juego de “ser un día de descanso, el habitante antiguo y novato que camina en dos direcciones, una estrella y una trampa, una piedra para inclinar la balanza, un juez con los ojos vendados, un agujero en el que caer, un sendero por el que caminar, una cruz y una flecha”.

(*) Víctor J. Flury es escritor.