10 julio, 2015

Los filósofos europeos de hoy viajan más que sus pares del siglo XX. Sin embargo, apenas se nota. ¿Por qué? ¿Será porque vienen a Centro y Sudamérica, dan su conferencia y se van?

Bueno, antes hacían casi lo mismo, solamente que decían algo sobre el país anfitrión que dinamitaba las barreras del tímpano y el olvido. Lo que no sucede ahora.

El gran pensador español José Ortega y Gasset, cuando visitó Portugal, observó “las cerámicas que adornan las casas y que figuran azulejos, fustas y minucias perdidas en infinitos horizontes marinos” y dedujo, al cabo de una retahíla de frases, que la institución portuguesa por excelencia es la saudade y que Portugal no tiene un alma y la busca en el ansia y la nostalgia de ultramar. Todo porque un día decidió independizarse de España y se encontró sin nada en las manos, con la urgencia de inventar algo. Incluso de inventarse problemas.

¿Y qué decir del noble conde Hermann Keyserling, aquel germano trotamundos que nos habla de su obsesión clave y la explica: hay que dar la vuelta al mundo para encontrarse a uno mismo, proclama; y agrega: “Si bien la existencia no tiene ninguna forma hecha, únicamente cambiando de espacios somos fieles a este designio. En una ciudad desconocida, frente a selvas no imaginadas, entre seres que hablan otro idioma y usan otra moneda, la forma hecha –es decir, el hábito– no ayuda: estreno almas cuando arribo a un país que no es el mío; y cada alma, en su hora flamante, me musita una revelación”.

Aparte de tamaña cita, le sobrevino una gran ocurrencia en la India y otra opuesta en América. En Oriente sentimos el Ser, afirma; en cambio, aquí –¡oh tierra inconclusa!– experimentamos el Deber como palanca invisible.

Friedrich Nietzsche, capaz de absorber el paisaje con su nariz y sus pies, fue un sutil definidor de lugares. Gracias a él, sabemos bastante de las aceras de Venecia, “las más hermosas del mundo”; y Jean-Paul Sartre se vuelve un mineralista poético en Italia y deletrea el sufrimiento de sus piedras inmortales, mientras que en Nueva York, donde la caminata no lleva a ninguna parte, se ve perdido en medio de un desierto sobrepoblado de automóviles sin destino.

Los filósofos viajeros constituyen una categoría aparte dentro de la especie… y escasean más y más. Pero debemos reconocerles la mirada epifánica que, siempre, nos dibuja una intuición diferente al mapa cartográfico y a las guías turísticas, que rompen el velo entre mente y vida.

Ahí, en ese acto repentino, la buena imprudencia rebasa la cadena de argumentos y el dicho de primera intención perfila una imagen concreta, inspirada, de aquello que descubre.

El dicho puede ser erróneo, exagerado, pero siempre es bienvenido y –cuál es la palabra– creo que perdurable.

Los extrañamos.

Víctor J. Flury es escritor.