Opinión

La verdadera conciencia social

Actualizado el 28 de marzo de 2013 a las 12:00 am

Pensar también en el bien común implica un enorme desprendimiento, pero da mejores frutos

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La actual crisis de credibilidad en los políticos profesionales y sus estructuras partidarias es estructural, no coyuntural. A diferencia de lo que la mayoría percibe, desde hace muchas décadas y, de hecho, desde que comenzamos nuestra vida republicana, el sistema es muy parecido –sino idéntico– al actual, porque portamos los mismos rasgos sociológicos que han permitido la presencia ubicua de estos personajes folclóricos en nuestra política nacional y continental.

Lo que sí es diferente es el nivel de información de que disponemos; la claridad que la gente tiene respecto a las motivaciones y conductas públicas de sus mal llamados representantes. En el pasado, la regla era creer a rajatabla en las promesas electorales y votar por partidos políticos por tradición familiar o por conveniencia personal y se esgrimían ideologías y discutía diferentes teorías de economía política. Hoy, la sociedad tiene mucho más claro el panorama acerca de los objetivos y móviles que motivan a quienes se lanzan a la arena política; y que por supuesto, con las honrosas excepciones que ocasionalmente aparecen, se centran en el manejo de sus propios negocios, a costa de la productividad global de toda la sociedad mediante mecanismos legales existentes (p. ej. impuestos, concesiones, préstamos, burocracia, tratados comerciales). O sea, obtienen beneficio personal de un sistema de gobierno grupal. ¿Ideales? ¿Ideología? ¿Teoría política?... No. Es “business”. De ahí, la decepción y el “desencanto”.

Sin embargo, como sociedad con un pasado histórico común y a pesar de disponer de mucha información, todavía no nos hemos podido desembarazar de valores sociológicos que atentan contra lo que más necesitamos: un sistema democrático realmente representativo y participativo. Todavía actuamos de forma tal que nosotros mismos favorecemos que la “crisis” del sistema se perpetúe.

Todavía nos involucramos con el clientelismo partidista, votamos por quienes favorezcan nuestros propios negocios, aun si son contrarios al interés nacional; y sobre todo, nos cuesta aceptar y promover la meritocracia: desde simples responsabilidades a nivel comunitario hasta los máximos poderes de la república, seguimos otorgando el poder a individuos que no tienen una preparación técnica ni experiencia puestos a prueba.

Desde el nivel comunal, pasando por las instituciones públicas y terminando por los cargos de decisión nacional, incontable cantidad de oportunistas, compradores de títulos, habientes de influencias, traficantes de esperanzas (a decir de don Roberto Brenes Mesén), ocupan funciones públicas y privadas que conducen a ineficiencia, ineptitud, mediocridad, pésima productividad, desperdicio, y un largo etcétera que nuestros jóvenes ven como único modelo de sociedad, impregnado de pesimismo. Desafortunadamente, a la mayoría los hemos colocado nosotros allí y muchos sabemos que así son las cosas y nos conviene que así continúen. Calladito más bonito.

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El mayor peligro lo constituye “la decepción” por la política; para muchos, ya no vale la pena el voto, ni participar en iniciativas ciudadanas ni apoyar al sistema de libertades, instituciones y seguridad jurídica. Sueñan entonces con opciones totalitarias: “poner orden y mano dura” o son seducidos por los anacrónicos tratantes de esperanzas, disfrazados de “comunistas”, “socialistas”, “sindicalistas” o “representantes populares”, pero una visión superficial, a veces cándida, muchas imprudente y otras cómplice, termina por darnos más y peor de lo mismo: ayer, Perón, Castro y las dictaduras militares; luego, Fujimori, lo que queda de Cuba y los acólitos de Chávez.

Resultado: enriquecimiento insultante de las cúpulas, analfabetismo político y empobrecimiento de las masas.

Recitar una solución es muy sencillo, pero llevarla a cabo es descomunal: alejar de los cargos públicos, empezando por el barrio, a los que no saben, no se esfuerzan, no trabajan, no respetan al prójimo ni a los bienes ajenos ni demuestran ningún interés por trabajar y hacer las cosas bien, a pesar que no sea de nuestra total conveniencia; eso se llama conciencia social.

Y después, tratar de seguir a personas rectas, prudentes y esforzadas que quieran dejarle algo a su país, comenzado por la comunidad, la asociación, en el trabajo y en la vida pública. Pensar también en el bien común implica un enorme desprendimiento; pero nos da mejores frutos.

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