9 marzo, 2014

CARACAS – El gobierno de Nicolás Maduro es el único responsable de la dramática situación del país. Una responsabilidad exclusiva y excluyente. No se puede desviar hacia el movimiento estudiantil universitario, ejemplo de tenacidad, coraje y claridad en los objetivos que se han trazado. Los estudiantes del 2014 están siendo ejemplares herederos de las distintas generaciones que los han antecedido en las luchas por la libertad: en 1814 y, en el siglo XX, las de los años 28, 38 y 58. El estudiantado ha logrado arrebatar la careta al régimen, hoy desnudo en medio de una incompetencia y torpeza mayores a las de cualquier otro régimen en el pasado. Se desmorona.

Y, para mantenerse en el poder, apelan a la represión, a cualquier violencia física e institucional: el uso desproporcionado de las armas, de la Guardia Nacional, y, lo que es tanto o más grave aún, se apela a los llamados “colectivos”, suerte de grupos paramilitares, uniformados o no, bajo la dirección del oficialismo y a su servicio.

Son falsos los cantos a la paz, de viva voz o mediante mil millonarias campañas de radio y televisión. Son golpistas probados y confesos, acusando de golpistas a quienes no tienen ni armas ni acceso a quienes sí las tienen. Recuerdo aquellos discursos del difunto Hugo Chávez, cuando hablaba de su revolución armada, y el llamado a todos los ciudadanos a aprender su uso, a convertirse en milicianos y a recibir entrenamiento paramilitar en los sectores laborales y estudiantiles.

La nación exige la renuncia de Maduro. La oposición no está negada a buscar salidas, pero no acepta la paz de los sepulcros, ni de los calabozos. Entre otras cosas, exigimos la libertad de todos los presos políticos y el regreso de los exilados. Es insólito que el general Baduel y Leopoldo López estén aislados en unas celdas, sin visitas, encerrados en “tigritos” reservados a criminales irredentos.

En Venezuela cualquier salida debe tener como objetivo la verdad y la justicia. Sin ellas, no habrá paz estable ni respeto.

Indignación y tristeza. Escribo esta breve nota con una mezcla de indignación y tristeza. Y es que rechazo, en términos absolutos, la conmemoración militar del pasado 5 de marzo, con motivo del primer año de la muerte de Hugo Chávez. No hay precedentes de semejante despropósito en la historia contemporánea. Chávez ha sido factor fundamental de la destrucción de Venezuela, de la pérdida de su soberanía, de la integridad territorial de la República. Cómplice, por acción u omisión, de las peores causas políticas de la humanidad como el terrorismo, el narcotráfico y la alianza con Gobiernos y organizaciones cuestionados en el mundo entero. Lo único que desdibuja el desastre que dejó es la incompetencia del señor Nicolás Maduro y la ampliación impune de la corrupción existente en el alto gobierno.

Para solo hablar del siglo pasado, hubo presidentes para todos los gustos: Cipriano Castro, Juan Vicente Gómez, Eleazar López Contreras, Isaías Medina Angarita, Rómulo Betancourt (1945-48), Rómulo Gallegos, Carlos Delgado Chalbout, Marcos Pérez Jiménez, Wolfgang Larrazábal, Edgar Sanabria, Rómulo Betancourt, Rafael Caldera y Carlos Andrés Pérez (dos veces, ambos), Luis Herrera Campins, Ramón J. Velásquez. Todos ejercieron las funciones de comandantes en jefe de las fuerzas armadas. A ninguno se le llegó a rendir semejante homenaje.

Se agrava el tema porque se realiza en un momento dramático de lucha por la libertad, la verdad y la justicia, encabezada por los estudiantes. Son lo únicos factores que pueden alimentar una paz estable y honrada.

Siento lástima por una oficialidad que se presta a semejante ofensa contra la nación.