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El vaso medio lleno de las Naciones Unidas

Actualizado el 10 de diciembre de 2013 a las 12:00 am

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El vaso medio lleno de las Naciones Unidas

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NAIROBI – Se dice que las familias atrapadas en los combates en Siria comen “ensaladas” hechas de hojas y pasto para paliar el hambre. Según la agencia de refugiados de las Naciones Unidas, más de 2 millones de sirios huyeron a los países vecinos. En su país, muchos más enfrentan un invierno brutal sin alimentos, medicinas ni refugios adecuados. Y, como si las condiciones no pudieran ser peores, el país enfrenta un brote de polio.

La respuesta internacional a la crisis de Siria ha sido poco menos que desastrosa. De hecho, Siria parece ser la representación del fracaso de las Naciones Unidas. El Consejo de Seguridad está paralizado. En Damasco, aspirantes a mediadores van y vienen, hablan de diplomacia, pero no consiguen nada. Las agencias de socorro están impedidas de operar donde más se las necesita.

Sin embargo, es evidente que, sin las Naciones Unidas, la situación sería aún peor. El Líbano, Jordania y Turquía estarían bajo una presión inclusive mayor de parte de los refugiados que cruzan en hordas sus fronteras. Y, si bien los esfuerzos por lograr un cese del fuego fracasaron, la diplomacia no –al menos, no del todo–. En octubre, inspectores de las Naciones Unidas tomaron medidas iniciales para destruir los arsenales y las instalaciones de armas químicas de Siria, con la plena cooperación del Gobierno.

En Siria –como en tantas otras zonas afectadas por el conflicto, donde las Naciones Unidas luchan por promover la paz y la estabilidad– no existe lo que se llama una victoria absoluta. Como me dijo una vez un estadista experimentado: “En las Naciones Unidas no nos conformamos con un fracaso, tampoco esperamos un triunfo”. En las negociaciones diplomáticas se consigue lo que se puede. En las crisis humanitarias se hace lo que se puede –por lo general, demasiado poco y, muchas veces, demasiado tarde–. “Bebemos de una taza que está eternamente llena por la mitad”, concluyó.

Esta visión del conflicto está en línea con las percepciones públicas de las Naciones Unidas. En Estados Unidos, por ejemplo, una encuesta reciente de Better World Campaign sugirió que el 57% de los norteamericanos ven favorablemente a las Naciones Unidas, pero, según una encuesta más reciente de Gallup, solo el 35% de los norteamericanos cree que las Naciones Unidas están haciendo un buen trabajo.

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Cuando las Naciones Unidas fueron fundadas en 1945, las encuestas reflejaban visiones igualmente encontradas. Si bien poco más del 60% de los norteamericanos aceptaba la importancia de las Naciones Unidas y su misión global, solo el 39% creía que sus objetivos idealistas para la paz y el desarrollo humano eran alcanzables. Esta discrepancia refleja una profunda división –en Estados Unidos y en otras partes– entre lo que la gente espera de las Naciones Unidas y la expectativa que tiene sobre su capacidad de asistencia.

De hecho, no debería subestimarse el aporte de las Naciones Unidas a la paz y al desarrollo, aunque sus triunfos claramente no reciben la publicidad que merecen. Por ejemplo, hace poco se enviaron exitosamente mediadores de las Naciones Unidas a Mali. El mes pasado, derrotaron a los rebeldes del M23 en la República Democrática del Congo, poniendo fin a una amenaza importante para la paz y la seguridad regional.

Pero la mayoría de los logros de las Naciones Unidas han tenido defectos. En el 2011, después de que el presidente de Costa de Marfil, Laurent Gbagbo, se negó a ceder poder luego de su derrota electoral el año anterior, las Naciones Unidas, respaldadas por fuerzas francesas, lo arrestaron y los transfirieron al Tribunal Penal Internacional, previniendo una guerra civil potencialmente devastadora. No obstante, su intervención llegó demasiado tarde para los cientos de civiles que fueron asesinados en la ciudad de Duékoué.

Cuando Muammar Gaddafi de Libia amenazó con asesinar a sus detractores rebeldes como “ratas”, intervino una coalición de las Naciones Unidas, guiada por una doctrina global emergente: la responsabilidad de proteger. Pero, tres años después del derrocamiento de Gaddafi, Libia sigue coartada por instituciones nacionales débiles, y sacudida por luchas disidentes.

Durante los primeros días de las protestas de la Primavera Árabe, las Naciones Unidas, encabezadas por el secretario general, Ban Ki-moon, se pronunciaron enérgicamente a favor de los derechos humanos y la democracia. Pero la capacidad de las Naciones Unidas para asegurar resultados deseables es limitada. Si bien la esperanza que motivó la Primavera Árabe puede no haberse agotado, es evidente que mermó significativamente.

En apenas pocos días, las Naciones Unidas lograron colocar el cambio climático –al que, hasta hace poco, los líderes mundiales apenas entendían– en el tope de la agenda global. Pero un acuerdo integral sobre cambio climático sigue siendo una esperanza distante. Y, si bien los Objetivos de Desarrollo del Milenio han generado un progreso considerable en áreas claves –entre ellas, educación, mortandad infantil y enfermedades como la malaria y la tuberculosis–, todavía hay un largo camino por recorrer.

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Al buscar una solución política en Siria, es importante fijar expectativas realistas. El país ha caído en el caudillismo, una lucha sin toma de prisioneros entre grupos armados, algunos aliados con el Gobierno, otros con Al-Qaeda, y todos depredando civiles inocentes.

En un contexto de estas características, las perspectivas para la diplomacia son sombrías. Las Naciones Unidas deben conformarse con lo que puedan conseguir, y hacer todo lo que esté a su alcance para ayudar a quienes lo necesitan. Después de todo, un vaso medio lleno es, sin duda, mejor que uno vacío.

Michael Meyer, exdirector de Comunicaciones para el secretario general de las Naciones Unidas, Ban Ki-moon, es decano de la Graduate School of Media and Communications en la Universidad Aga Khan, en Nairobi. © Project Syndicate.

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