La Treuhand griega debería ser un estigma en la conciencia de Europa

 21 julio, 2015

ATENAS – El 12 de julio, la cumbre de dirigentes de la zona del euro dictó sus condiciones para la rendición al primer ministro de Grecia, Alexis Tsipras, quien, aterrado por las otras posibles opciones, aceptó todas ellas. Una de dichas condiciones se refería al destino que dar a los activos públicos de Grecia restantes.

Los dirigentes de la zona del euro pidieron que se transfirieran los activos públicos griegos a un fondo parecido a la Treuhand, liquidación similar a aquella a la que se recurrió después de la caída del muro de Berlín para privatizar rápidamente –con una gran pérdida financiera y con consecuencias devastadoras para el empleo– todas las propiedades públicas del Estado de la Alemania oriental.

Esa Treuhand griega estaría radicada en –no se lo pierda el lector– Luxemburgo y la administraría un equipo supervisado por el ministro de Hacienda de Alemania, Wolfgang Schäuble, autor del plan. Concluiría las ventas dentro de tres años, pero, mientras que la labor de la Treuhand original fue acompañada de inversiones en masa por parte de la Alemania occidental en infraestructuras y grandes trasferencias sociales a la población de la Alemania oriental, el pueblo de Grecia no recibiría clase alguna de prestación correspondiente.

Euclid Tsakalotos, quien me sucedió en el cargo de ministro de Hacienda de Grecia hace dos semanas, hizo todo lo posible para mejorar los peores aspectos del plan de la Treuhand griega. Consiguió que el fondo tuviera su sede en Atenas y también la importante concesión por parte de los acreedores de Grecia (la llamada troika, compuesta por la Comisión Europea, el Banco Central Europeo y el Fondo Monetario Internacional) de que se pudieran prolongar las ventas durante treinta años, en lugar de solo tres, lo que revestía importancia decisiva, porque permitirá al Estado griego contar con los activos devaluados hasta que su precio se recobre de los bajos niveles inducidos por la recesión actual.

Lamentablemente, la Treuhand griega sigue siendo un horror y debería ser un estigma en la conciencia de Europa. Peor aún: es una oportunidad desaprovechada.

El plan es políticamente tóxico, porque el fondo, aun domiciliado en Grecia, será administrado en realidad por la troika. También es financieramente nocivo porque la recaudación irá destinada a amortizar los intereses de una deuda que, como reconoce ahora el propio FMI, es imposible de pagar, y falla económicamente porque desaprovecha una maravillosa oportunidad para crear inversiones encaminadas a contrarrestar las consecuencias recesivas de la punitiva consolidación fiscal que también forma parte de las “condiciones” fijadas en la cumbre del 12 de julio.

No tenía por qué ser así. El 19 de junio comuniqué al Gobierno de Alemania y a la troika una propuesta sustitutiva, como parte de un documento titulado “Para poner fin a la crisis griega”: “El gobierno de Grecia propone juntar los activos públicos (excluidos los pertinentes para la seguridad, los servicios públicos y el patrimonio cultural) en un grupo financiero central separado de la administración gubernamental y que se gestione como entidad privada, con la égida del Parlamento griego y con el objetivo de lograr el mayor valor de sus activos subyacentes y crear una corriente inversora nacional. El Estado griego será el único accionista, pero no garantizará sus obligaciones ni su deuda”.

Ese grupo financiero desempeñaría un papel activo en la preparación de los activos para su venta. Emitiría “un bono con plena garantía de los mercados internacionales de capitales” para recaudar entre 30.000 y 40.000 millones de euros (entre 32.000 y 43.000 millones de dólares), que, “teniendo en cuenta el valor actual de los activos”, se invertirían “en la modernización y la reestructuración de los activos que administre”.

El plan preveía un programa de inversión de entre tres y cuatro años, a consecuencia del cual habría un “gasto suplementario del cinco por ciento del PIB por año”, lo que entrañaría en las condiciones macroeconómicas actuales “un positivo efecto multiplicador del crecimiento de más del 1,5”, lo que “debería impulsar el crecimiento nominal del PIB a un nivel por encima del cinco por ciento durante varios años”. Esto último induciría, a su vez, “aumentos proporcionales de los ingresos tributarios”, lo que “contribuiría a la sostenibilidad fiscal, al tiempo que permitiría al Gobierno de Grecia ejercer una disciplina en materia de gasto sin contraer más la economía social”.

En esa situación hipotética, el superávit primario (excluidos los pagos de intereses) “lograría con el tiempo magnitudes de ‘velocidad de escape’ en términos absolutos y como porcentaje”. A consecuencia de ello, se concedería al grupo financiero “una licencia bancaria” al cabo de uno o dos años, “con lo que pasaría a ser un banco de desarrollo de pleno derecho, capacitado para atraer inversiones privadas a Grecia y participar en proyectos de colaboración con el Banco Europeo de Inversiones”.

El banco de desarrollo que propusimos permitiría “al Gobierno elegir los activos que se privatizarían y los que no, al tiempo que garantizaría una mayor repercusión en la reducción de la deuda de las privatizaciones seleccionadas”. Al fin y al cabo, “los valores de los activos deberían aumentar en mayor cantidad que la gastada en realidad en la modernización y la reestructuración, ayudados por un programa de asociaciones público-privadas cuyo valor aumentaría conforme a la probabilidad de la futura privatización”.

Nuestra propuesta fue acogida con un silencio abrumador. Dicho con mayor precisión, el eurogrupo de ministros de Hacienda de la zona del euro y la troika siguieron filtrando a los medios de comunicación mundiales la afirmación de que las autoridades griegas no tenían propuestas innovadoras y creíbles que ofrecer: su cantinela permanente. Unos días después, una vez que los poderes establecidos comprendieron que el Gobierno griego estaba a punto de capitular ante las exigencias de la troika, consideraron oportuno imponer a Grecia su degradante, inimaginativo y pernicioso modelo de Treuhand.

En un punto de inflexión de la historia europea, nuestra innovadora propuesta sustitutiva fue arrojada a la papelera. Ahí permanece para que otros la recuperen.

Yanos Varoufakis es exministro de Hacienda de Grecia. © Project Syndicate 1995–2015

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