15 agosto, 2016

“Yo quisiera recordar/ las ansias que al pasar / dejó en mí aquella noche...”. Este pensamiento acudió a mí cuando el recuerdo de Vane irrumpió en mi mente cual mar embravecido a la playa; aquel día Vane, mujer de 20 años, embarazada de cinco meses, dos días antes se había palpado una masa hacia la parte externa de su mama derecha; rubia, de ojos grises, delgada y muy ansiosa porque recordaba que su madre y abuela habían muerto de cáncer de mama.

La examiné y le envié los exámenes correspondientes y le tomé una biopsia dirigida por ultrasonido. Pasó una semana y llegaron los resultados, era un cáncer de mama agresivo, que se había diseminado hacia los pulmones.

Hace 30 años teníamos menos conocimiento de lo que ahora sabemos y el tratamiento era más radical, y se planteó si debía seguir con su embarazo o no, cuando debía comenzar la quimioterapia y había que quitarle la mama.

Nos sentamos, la miré con empatía y discutimos todas sus opciones con ella y su esposo, y decidieron seguir adelante con su embarazo hasta que pudiéramos sacar el bebé para comenzar su tratamiento.

Pasaron las semanas y le seguí controlando su embarazo y el tumor, y ambos iban creciendo, uno saludable y el segundo prosiguiendo esa carrera que sabía que terminaría abriéndole la puerta del infinito, del más allá.

Llegó el momento en que sacamos el niño a las 36 semanas, quien nació sin problemas, pero su madre me dio una lección de amor cuando su primer contacto piel con piel, sus ojos buscando los de ella supo que estaba en puerto seguro, y ahí mismo, en lo sublime del amor de madre, el bebé empezó a succionar de la mama que no tenía cáncer.

Pasaron los meses y ella siguió alimentando a su hijo, dándole amor, esperanza y ese lazo indisoluble que une a una madre y su hijo.

Cada día la veía más deteriorada, más macilenta, con más dificultad para respirar, hasta que a los cinco meses partió a los brazos del Señor, no sin antes darle su bendición a Manuel, su hijo.

Sentí que había sido testigo de algo bello y doloroso porque había visto el amor de una madre a través de su lactancia, de su voluntad por darle lo mejor de ella a su niño en el poco tiempo de vida que le quedaba; doloroso, porque partía dejando a su hijo, y sé que aún lo cuida junto al creador del universo.

Todo esto saltó a mí mente cuando leí que hay personas que piensan que el amamantar es inmoral o indecente.

Amamantar es el acto más grande que el Señor nos dejó en la tierra, y en él se refleja el acto de amor del mismo Dios.

Hoy veo a Manuel de 30 años, casado, con una niña preciosa, rubia, de ojos grises y que es la imagen viva de su abuela... ¡se llama Vane!

“Y volverte a recordar/ y en tus ojos mirar/ con la radiante luz/ que dejó en mí tu amor,/ aquella noche azul/ de tibia inspiración”. Gracias, Vane; gracias, Señor.

El autor es médico.