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¿Por qué se van los grandes hombres?

Actualizado el 18 de julio de 2014 a las 12:11 am

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¿Por qué se van los grandes hombres?

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Es probable que, sin saberlo, haya tenido yo el honor de haber hecho la última entrevista a don Alberto Cañas Escalante.

El martes 10 de junio, en ocasión del acto conmemorativo de los 55 años de fundación de la Editorial Costa Rica, y luego de mucho tiempo de intentar contactarlo para una entrevista, la fortuna me sonrió y lo hizo sentarse en la mesa en que yo estaba. Apenas tomó asiento, me coloqué a su lado y le comenté de mi interés por conocer de su boca historias de costarricenses notables con los que él había interactuado.

Tras un sentido homenaje de la casa editorial y en medio de las voces de muchas personas que se acercaban, logré escuchar su testimonio acerca de personajes sorprendentes como Virginia Grütter, Yolanda Oreamuno –a quien aclaró que no conoció– y Eunice Odio. A esta última la describió como “una mujer sobresaliente de pies a cabeza”, y comenzó a narrar cómo sus caminos se cruzaron por primera vez en el ahora extinto Paseo de los Estudiantes, donde confluían alumnos del Liceo de Costa Rica y el Colegio Superior de Señoritas.

De estas notables mujeres de las letras nacionales pasamos a hablar de las casas donde había pasado sus primeros años, “en el barrio de la antigua Penitenciaría Central”, ya demolidas.

Cuando Antonio Lehmann se acercó a saludarlo, la conversación giró en torno a la fundación de la Editorial Costa Rica y los esfuerzos de su antecesor, de mismo nombre, para establecerla.

Don Beto cenó, tomó vino y hablamos de su buena salud, que la atribuía a haber sido muy trabajador y a su humor: “Cuando me río, lo hago de verdad, y cuando me enojo también, entonces no me queda nada adentro”, dijo sonriente.

Luego anunció que se retiraba. Lo acompañé a su carro, cruzando una multitud de abrazos, elogios y solicitudes de fotos, en cuenta una mía.

Su partida. Cuatro días después, el sábado 14 de junio, don Beto cerró sus ojos para siempre. El país supo demostrar el afecto que le tenía con actos oficiales y con su vela en nuestro máximo recinto, el Teatro Nacional, gracias al empeño de su amiga y hoy ministra de Cultura, Elizabeth Fonseca, así como al efectivo apoyo de Inés Revuelta y sus colaboradores.

Al momento de trasladar su cuerpo hacia la iglesia Don Bosco, un grupo de transeúntes se reunió frente al teatro para darle una calurosa despedida de aplausos que rimaron con las notas musicales de la Banda de Cartago.

Don Beto ahora asume total plenitud de su inmortalidad, que ya de por sí había ganado en vida. Con su partida sentimos que hemos perdido un pedazo muy grande de nuestra nación, pero ganamos la satisfacción y el ejemplo de un hijo que supo servir a su patria, una persona vehemente y no cascarrabias.

Los grandes hombres, como él, no deberían partir nunca, pero, cuando se van, lo hacen con las manos llenas de acciones y honores, que engrandecen nuestra identidad costarricense.

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