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¿De cuáles ‘vainas’ debemos olvidarnos?

Actualizado el 19 de septiembre de 2016 a las 12:00 am

Estaríamos a las puertas de un ancien regime a la tica, que evoca un despotismo ilustrado

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Serias dudas y expectaciones me provocó el artículo del politólogo, Kevin Casas, titulado “ Dejémonos de vainas ” ( La Nación 29/8/16). En primer término, nos damos por notificados de que el articulista comparte un 95% “de las cosas” con el presidente Solís, con dos expresidentes del PLN, con dos personeros del PUSC y “sospecha” que en el citado porcentaje lo acompañaría don Ottón Solís, con quien, curiosamente, dice no ha hablado sobre el gobierno de unidad nacional, pese a que califica como histórica y notable su propuesta.

Por su parte, don Ottón ha declarado que sobre su proyecto de unificación cuenta, además del apoyo citado, con un “sí contundente del FA y otros partidos pequeños” al igual que el de la expresidenta Chinchilla (“ Estorbo a algunos en el Gobierno, la fracción y el PAC ” ( La Nación 4/9/16)

En segundo lugar, debemos entender que el 5% de discordia o contrariedad que señala don Kevin radica, por una parte, en “un agudo caso del narcisismo de las pequeñas diferencias del que hablaba Freud” (sic).

Tales menudencias, según anota, consisten en “el tribalismo político prevaleciente que campea solo entre las dirigencias partidarias, que dependen de la preservación de sus parcelas electorales para sobrevivir”.

Esta consideración lo lleva a dictar una sentencia: “Lo que hay es un concierto de mezquindades, de egoísmo y de ceguera. Otra pequeñez que habría que adicionar a ese esquelético rubro es el papel disgregador de los grupos de interés, que desde hace años han instrumentalizado a los partidos políticos y a las instituciones públicas para proteger el statu quo ”, y concluye que, “el grupo de interés (…) siempre impedirá la adopción de una reforma que no le favorezca”.

En total correspondencia con esto, puede consultarse en El Financiero (28/6/16) el artículo de José Joaquín Fernández “ Los grupos de presión están acabando con el país ”, rematando en que “el único antídoto es la libertad económica y la libre competencia”.

Intenciones. Esa es una cristalina revelación de las intenciones manchesterianas compartidas con el señor Casas, en las que parece coincidir el diputado Solís: “Los transportistas se acostumbraron a tratar a algunos políticos como si estuviesen en sus bolsillos y a su servicio”  ( La Nación , 24/6/2016)

¿Y los derechos de libre sindicación y de asociación, tutelados hasta por convenios internacionales? ¡Menudo 5%!

A partir de tan simple y lóbrego diagnóstico, el politólogo prescribe una receta, que, a su juicio, “es la más sensata que se ha propuesto en la política nacional desde hace años”: discutir “la propuesta del diputado Ottón Solís de formar un gobierno de unidad nacional”.

No obstante, ya aparecieron voces disidentes, señaladamente la del abogado Fernando Zamora, a título personal y no como secretario general del PLN, que le desconoce la legitimidad al legislador sobre el tema, señala otros antecedentes sobre la materia y le hace objeciones de fondo (“ Difiero de Ottón Solís ” ( La Nación, 30/8/2016).

Por su parte, el presidente del PUSC en su artículo “ Podemos recuperar el rumbo ” ( La Nación, 2/9/16) coincide con don Ottón en la elaboración de una agenda única, que constituiría el “qué” (posiblemente “las cosas” que menciona el señor Casas).

Digamos: la partitura, que sería elaborada en la cumbre nacida de una cohabitación partidista, quedándole al pueblo soberano simplemente elegir el “quién”.

Responsabilidad. Ese es el disforme y anquilosado contrato social propuesto. Digamos que el electorado estaría a cargo de una comparsa con un exclusivo designio: nombrar el director de la orquesta a cargo de la ineludible partitura. En tal escenario, los parlamentarios estarían pintados en la pared como simple escolta u ornamento (los yes man ).

Se ignora si tal proyecto de gobierno unido –embrión de partido único, tipo PRI o FSLN, donde las elecciones son una mascarada y los legisladores meros cortejos– una vez que “nos dejemos de vainas” y arrasemos con nuestra historia y con la herencia de la Revolución francesa, va a ser discutido sin crispación por los agraviados caciques que lo harían a puerta cerrada ( à huis clos ).

Pero esto sin tribalismos, mezquindades, egoísmos ni cegueras, renunciando a las prosaicas y narcisistas pequeñas diferencias” (¿freudianas?) –las del 5%–, pero con gallardía aristocrática y renunciando, desde luego, a sus ególatras parcelas electorales para así gobernar sin oposición y salvar a la patria de su inminente naufragio, soslayando calamitosamente el art. 2 constitucional: “La soberanía reside exclusivamente en la nación”, con riesgo de un resbaladizo desliz hacia el numeral siguiente.

Todo previa e indispensable castración de los grupos de presión –que tienen carta de ciudadanía en el resto de la comunidad democrática internacional–. Tal discusión, como se ve, se da en una torre de marfil, ¿con harakiri incluido?

Despotismo ilustrado. De ser así, estaríamos a las puertas de un ancien regime a la tica, que evoca una especie de “despotismo ilustrado”, propio del siglo XVIII, ajeno a la “teoría de pesos y contrapesos” y que acuñó con paternalismo hiriente el lema: “Todo para el pueblo, pero sin el pueblo” ( tout pour le peuple, rien par le peuple ), opuesto al axioma de que “la voz del pueblo es la voz de Dios” y que también nos recuerda y repiquetea desconsoladamente aquel esperpéntico y sórdido antojo de un “pacifista” megalómano: la dictadura en democracia (a la larga nos puede sorprender un inopinado e iluso Roi Soleil que, al estilo de Louis XIV, proclame l'État, c'est moi ).

Concluimos: ese sainete parece déjà vu, que conlleva a un lavado de manos de los políticos criollos del PLUSC y presuntos adláteres, para que artificialmente muten de villanos a héroes y, desde las alturas, le impongan al soberano una única y despótica hoja de ruta, y, consecuentemente, ellos, como “hermaniticos”, se repartan el pastel.

Todo a riesgo de llegar a la esclerosis; lo que es impropio en una democracia social que debe dar muestras de enjundia y madurez.

¿O es que pretenden una reforma integral de la Carta Magna para barrer los fuertes principios que la nutren y que parece que les desconsuelan?

El autor es abogado.

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