18 febrero, 2015

Cada niña que viene al mundo trae consigo una esperanza para la humanidad. Es hija, hermana, sobrina, nieta y, en el futuro, será trabajadora, amiga, vecina, esposa, compañera, madre y ciudadana con posibilidades de aportar al desarrollo de su familia, de su barrio, de su ciudad y de la patria.

Si se le brindan oportunidades para educarse, desarrollarse en forma personal y tener un trabajo digno, tendrá, por tanto, más posibilidades de hacer una contribución beneficiosa a la humanidad, como lo demuestran las costarricenses que trabajan en campos como la medicina, la ciencia, la tecnología, la exploración del espacio, la educación, la política, la investigación, el derecho y la administración de justicia, dentro y fuera de nuestras fronteras.

Madres espirituales. Creo, por ello, que las mujeres son siempre, independientemente del acto biológico de la procreación, una madre espiritual de las nuevas generaciones, por su capacidad de hacer brotar nuevas ideas, soluciones, proyectos e ilusiones. Por lo tanto, cada vez que se asesina a una de ellas, la humanidad entera debería alzar la voz. No resulta comprensible que por su condición femenina sea lastimada, agredida, amenazada y, finalmente, en un acto de total irrespeto a la vida humana, un varón (esposo, compañero, novio, padre de sus hijos), a quien en muchos casos le entregó su amor y confianza, le cercene la vida.

En Costa Rica, constantemente se publican noticias sobre feminicidios. Según las estadísticas judiciales, en el 2014 se registraron 22 víctimas. Las muertes fueron perpetradas, generalmente, por el exesposo, exconviviente, familiar consanguíneo, novio o exnovio o atacante sexual. La cifra supera la del 2013 (18 víctimas) y se suma a la de años anteriores: 42 en el 2011 y 26 en el 2012.

Detonantes machistas. Según los registros policiales, entre las causas figuran la conducta posesiva y controladora del agresor; el rompimiento de la relación por parte de la víctima; negarse a regresar con el agresor, cuando se trata de relaciones de pareja; iniciar una relación nueva con el propio agresor; una discusión familiar; un ataque sexual; la agresión paterna; o la venganza. No existe justificación para la violencia ni para el irrespeto a la dignidad de las personas, y, en este caso en particular, a la muerte de mujeres por el solo hecho de serlo. Los feminicidios demuestran que algo anda mal.

Los feminicidios no solo destruyen la vida de la víctima, sino que generan dolor a los hijos y las hijas, a los familiares y a las personas allegadas, quienes deben vivir con el recuerdo del injustificado crimen y enfrentar cada día la pena de la ausencia . ¿Cómo se le explica a una niña o a un niño el motivo por el cual su mamá no estará más a su lado? ¿Cómo logran sanarse las heridas cuando –como ocurre con frecuencia– el hecho sucede en la propia vivienda y en presencia de personas menores?

Pena colectiva. Los feminicidios tienen un efecto permanente, incluso en quienes no conocimos a las víctimas, porque cada vez que se informa sobre estos atroces crímenes, nuestro espíritu decae al constatar, no solo la traición perpetrada por el homicida a su deber de respetar a todas las mujeres –con mayor razón a aquellas con quienes ha compartido su vida–, sino además el daño al entramado social por la pérdida de estas mujeres y las consecuencias que de este actuar se derivan.

Los ciudadanos en conjunto sentimos gran tristeza por las vidas que hasta ahora se han cercenado, pero debemos pensar en aquellas que –de mantenerse la tendencia nacional– morirán en este año en forma similar. Debemos encontrar soluciones eficaces, más allá de la intervención del Poder Judicial, que generalmente ocurre posterior al hecho y que, aunque tiene posibilidades de dar protección a las víctimas que enfrentan la violencia, afronta limitaciones para desarrollar una labor preventiva integral.

¿Qué hacer? La política pública debe enfocarse en eliminar toda condición cultural que promueva, reproduzca y perpetúe las desigualdades y la discriminación de género presentes en la sociedad costarricense. La capacidad de comprender y transformar la realidad es inherente al ser humano; siendo así, no naturalicemos la violencia contra las mujeres, pues con las agresiones perdemos por igual mujeres, hombres y la sociedad como un todo.

La autora es presidenta de la Corte Suprema de Justicia.