12 enero, 2015

Si hablamos de educación superior, la calidad es tendencia. Está rodeada de estrategia, es sólida y viene escoltada por un ejército de estudiantes con los atestados suficientes para autocalificarse como los más competitivos, eficientes, capacitados, competentes, analíticos, productivos, adaptativos... En síntesis: los más exitosos.

De esto habla François Vallaeys (2013), a quien me encontré por mera casualidad en la red, en un artículo titulado “El desafío de enseñar Ética en la universidad”, que muy arriesgadamente publicó la Pontificia Universidad Católica del Perú.

El texto plantea que la ética se ha convertido en algo accesorio en las universidades, bajo el argumento de que muchas instituciones de educación superior (IES) han desvirtuado el sentido original de la formación académica, instrumentalizando la educación como el medio mediante el cual se puede alcanzar el éxito.

Esto significa, en palabras del mismo autor, que muchas organizaciones educativas –públicas y privadas– han cedido ante diversas tentaciones del mercado, entre ellas sustituir la “formación” por “preparación” para conseguir el triunfo, en medio de “una sociedad salvajemente competitiva”. Esto es muy impactante: una manifestación de violencia simbólica que reduce a la universidad a un trampolín que ayuda a encontrar un buen puesto laboral, sin que lo real-integral importe de forma sustantiva.

Ahora, si alguien piensa que en esto no hay verdad, solo basta mirar el caldo de cultivo que representa Costa Rica para las teorías de Vallaeys: 1.248 carreras universitarias (44,15% de ellas son de universidades privadas, y 55.85% de Universidades Públicas), 92 IES y una cobertura total de un 47,05%, según datos de Conare, OPES y Cenees 2012-2013.

En Centroamérica, la realidad es otra: una débil cobertura en educación superior (12,3% en Guatemala y 14,6% en Honduras) y desproporcionada relación de la oferta pública y privada, siendo el caso de El Salvador el más dramático, donde existen 25 universidades privadas por cada pública (en Costa Rica y Nicaragua la relación es 13:1). En Guatemala, por ejemplo, existen 14 universidades para 15 millones de habitantes, y en nuestro país disponemos de 63 instituciones para 4 millones y medio de personas (Estado de la Educación, Honduras - 2010 / Informe del Estado de la Educación, Conare - 2013).

No obstante, al hablar de educación superior, nada sobra. No se puede creer que la abundancia de IES deba ser sinónimo de una conducta represiva hacia la expansión del sector. Mucho menos se puede seguir con ese antiguo esquema de que lo público es lo ideal. Tanto público como privado han demostrado que en educación superior la calidad se puede lograr. Según datos del Sistema Nacional de Acreditación de la Educación Superior (Sinaes, 2014), la tercera parte de las carreras acreditadas y reacreditadas en Costa Rica le pertenecen a universidades privadas, una cifra nada despreciable.

En ese contexto quedan retos pendientes, ya que a las instituciones del Estado les queda corta la cobija para acreditar unas 605 carreras que hacen falta –sobre todo en estos tiempos del presupuesto y otros demonios–, y en la otra acera, los centros privados tendrían que comenzar a escalar una barrera de 524 carreras que en este momento no cuentan con el sello de calidad oficial (Cenees, Conare y Sinaes, 2013-2014).

Hay que tener cuidado de tirar piedras en techo de cristal. Existe una probabilidad inmensa de que sigamos entendiendo la calidad universitaria de forma errónea, poco flexible y burocrática.

Formar para la vida. Ahora bien, si somos un caldo de cultivo para esa sociedad salvajemente competitiva que describe Vallaeys y nos falta caminar aún más en temas de aseguramiento de la calidad, ¿cómo podemos reconocer a una universidad que busque la calidad y reconozca su misión ética de formar para la vida?

En primer lugar, hay que entender que las universidades no forman autómatas para el éxito o para el triunfo. Esto lo ha advertido la Conferencia Mundial de la Educación Superior de París (2009). Por mucho que el sector empresarial desee profesionales a la carta o por mucho que las tendencias económicas globalizantes exijan personas adictas al trabajo, una verdadera formación académica requiere que la persona cifre sus esfuerzos en desarrollarse integralmente, en todas sus potencialidades. Obtener un diploma no debe ser un fin en sí mismo.

Actualmente, el profesional más valioso no es, estrictamente, el de mayor grado académico, sino más bien es aquel que mejor se comunica, negocia e innova en su trabajo.

En segundo término, hay que descifrar bien dónde se van a invertir horas-conocimiento. Una buena pista de esto es matricularse en instituciones donde las autoridades universitarias tengan claro que la mejora continua es un asunto de todos los días, no un resultado aislado y temporal. La internacionalización, la virtualidad y la defensa de las humanidades son buenos indicadores de que se está en el lugar correcto.

Finalmente, hay que graduarse de una institución que haya sembrado más esperanzas que motivaciones. Henry Mintzberg, catedrático de la Universidad de McGill (Quebec, Canadá) y experto en el tema de gestión de cambio organizacional, plantea que la motivación tiene fecha de caducidad, pero la esperanza no.

Si las universidades siembran esperanzas en los futuros profesionales, es decir, ideales que cristalicen la elección vocacional de una persona, tendremos asegurado un futuro que celebre menos lo visceral del éxito, pero que vea con más frecuencia los sueños de muchas personas hechos realidad.

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