Opinión

La unidad del agua

Actualizado el 18 de julio de 2014 a las 12:00 am

Opinión

La unidad del agua

Rellene los campos para enviar el contenido por correo electrónico.

MOSCÚ – En mayo, Vietnam se convirtió en el trigésimo quinto y decisivo país firmante de la “Convención de Naciones Unidas sobre el derecho de los usos de los cursos de agua internacionales para fines distintos de la navegación” (CCAI, 1997). Como resultado, 90 días después, el 17 de agosto, la convención entrará en vigor.

El hecho de que hayan sido necesarios casi 50 años para elaborar el borrador, y finalmente completar el proceso de ratificaciones exigido, pone de manifiesto que algo no funciona bien en el moderno modelo político multilateral. En cualquier caso, históricamente ha habido desacuerdos sobre la gestión de los cauces de los ríos. Estas desavenencias muchas veces han sido resueltas por presiones políticas y por dudosos criterios técnicos, no siempre teniéndose en consideración los instrumentos legales existentes a nivel internacional. En definitiva, esta espera de casi una mitad de siglo puede explicarse por la falta de liderazgo político. Aunque el mundo pueda celebrar que la convención entra en vigor, no podemos alegrarnos efusivamente.

Aproximadamente el 60% del agua dulce discurre por cuencas fluviales transfronterizas; sin embargo, se estima que solo el 40% de estas cuencas están gestionadas con base en acuerdos cooperativos. En un mundo con una crisis hídrica creciente, los recursos hídricos compartidos se convierten en un instrumento de poder, de competencia dentro y entre países. La lucha por el agua subraya las tensiones políticas e intensifica los impactos sobre los ecosistemas.

Pero la noticia realmente mala es que el consumo de agua está creciendo a un mayor ritmo que la población –de hecho, en el siglo XX duplicó la tasa–. Como resultado, muchas agencias de Naciones Unidas predicen que, para el 2025, 1.800 millones de personas vivirán en regiones golpeadas por la escasez de agua, con una falta de acceso a cantidades suficientes que garanticen la supervivencia humana y ambiental. Además, dos tercios de la población mundial sufrirán condiciones de estrés hídrico, lo que significa una escasez de agua dulce.

Sin entrar en cuestiones más cuantitativas, la demanda de agua ejercerá una gran presión sobre las capacidades de adaptación de los pueblos. Esto podría derivar en una migración masiva, desaceleración económica, desestabilización y violencia, generándose un nuevo escenario en materia de seguridad tanto a niveles nacionales como internacionales.

La Convención de Naciones Unidas sobre cursos de agua internacionales no debe convertirse en otro acuerdo internacional e ignorado, arrinconado en un cajón. El interés es demasiado alto. En el contexto actual de cambio climático, el aumento de la demanda, crecimiento poblacional, incremento de la contaminación y sobreexplotación de los recursos deben tener un marco legal consolidado para la gestión de las reservas mundiales de agua. Nuestra seguridad ambiental, desarrollo económico y estabilidad política están vinculados y dependen directamente de ello.

Pronto, la Convención será aplicada en los ríos transfronterizos y en sus territorios firmantes, no solo en las grandes cuencas. Rellenará los huecos y defectos de los acuerdos ya existentes y supondrá una cobertura legal a los numerosos ríos transfronterizos que están sometidos a grandes presiones.

En el mundo hay 276 cursos de agua fluvial de este tipo, así como muchos acuíferos. Con el respaldo de la financiación adecuada, el deseo político y la presión de los actores claves, la Convención puede ayudar a enfrentar los retos que tenemos por delante. Pero ¿lo hará?

En una agenda ambiciosa estaría adoptado ya, al mismo tiempo que la comunidad internacional negocia el contenido de los Objetivos de Desarrollo en Sostenibilidad (ODS), los sucesores de los Objetivos de Desarrollo del Milenio de Naciones Unidas, que terminan en el 2015. Nosotros, en Green Cross, confiamos en que los nuevos objetivos, que se esperan alcanzar para el 2030, incluyan una meta concreta y específica en materia de gestión de los recursos hídricos.

Adicionalmente, la comunidad internacional pronto deberá llegar a un acuerdo respecto al cambio climático que reemplace el Protocolo de Kyoto. El cambio climático afecta directamente el ciclo del agua, lo cual significa que todos los esfuerzos que se adopten, deberían integrar las emisiones de gases de efecto invernadero, que ayudarían a estabilizar los patrones de lluvias, y mitigar los episodios meteorológicos extremos en regiones que ya los han padecido.

Pero la Convención de Naciones Unidas sobre cursos de agua internacionales que entra en vigor genera muchas nuevas y viejas cuestiones tras su ratificación. ¿Qué significará su implantación en la práctica? ¿Cómo van a aplicar los países la normativa en sus fronteras y con sus vecinos de cuencas fluviales? ¿Cuál será la respuesta de los países en América y Asia que han ignorado totalmente la ratificación?

Es más, ¿cómo esta convención se va a relacionar con el “Convenio sobre la protección y utilización de los cursos de agua transfronterizos y de los lagos internacionales” que ya está en vigor en la mayoría de los países europeos y asiáticos, y que, desde febrero del 2013, ha animado a que el resto de los países del mundo se unan? De manera parecida, ¿cómo la implantación de la Convención va a afectar los acuerdos ya existentes a nivel regional y local en materia de aguas fluviales?

Los países que ratifiquen la Convención de cursos de agua están expectantes sobre la implantación y los esfuerzos para proteger y gestionar de manera sostenible los recursos hídricos que atraviesan dos o más países. ¿De qué instrumentos, incluyendo la financiación, les va a dotar la Convención?

Muchas herramientas legales pueden ser implementadas conjunta y sinérgicamente: la Convención Ramsar de Humedales, la Convención de Naciones Unidas contra la Desertificación y el Marco de Naciones Unidas sobre Cambio Climático, por nombrar solo algunas. El retraso de la entrada en vigor de la Convención podría ser visto como una oportunidad para que los países firmantes aseguren que las partes aún no implicadas en acuerdos colaborativos trabajen seriamente en la materia.

Ciertamente, políticos y diplomáticos no pueden, de manera aislada, responder de forma efectiva a los retos que el mundo enfrenta. Lo que el mundo necesita es la unión política, empresarial y de la sociedad civil. La implantación real de la Convención de Naciones Unidas es imposible sin este compromiso conjunto, en el que la ciudadanía es la base.

A menudo se ignora demasiado –pero, a largo plazo, constituye la clave del éxito de la cooperación– que se generan beneficios para todos. La participación inclusiva de los grupos de presión (incluyendo a la poblaciones afectadas), y el desarrollo de la capacidad para identificar valores y compartir los beneficios en los cursos de agua transfronterizos, debería ser una parte crucial de cualquier estrategia que pretenda alcanzar una colaboración multilateral eficiente.

Mijaíl Gorbachov, premio nobel de la paz y el último presidente de la Unión Soviética, es fundador de Green Cross Internacional en 1993. Con sede central en Ginebra, Suiza, Green Cross es una organización independiente, no gubernamental y sin ánimo de lucro, que trabaja para alcanzar la interconexión de los retos globales en materia de seguridad, erradicación de la pobreza y degradación ambiental, mediante la combinación de proyectos globales y locales. © Project Syndicate.

  • Comparta este artículo
Opinión

La unidad del agua

Rellene los campos para enviar el contenido por correo electrónico.

Ver comentarios
Regresar a la nota