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El único camino: el de la dignidad

Actualizado el 05 de junio de 2008 a las 12:00 am

 A la minoría gay se le obliga a cumplir con todos los deberes, pero se le niegan derechos

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En sendos artículos, los abogados Pedro Beirute (1/6/08) y Alejandra Loría (2/6/08) objetan con argumentos legales su oposición al proyecto de ley sobre parejas del mismo sexo, que actualmente está en trámite en la Asamblea Legislativa.

No siendo mi campo el legal, no terciaré por ese lado. Sí como ciudadano y parte del colectivo gay, una minoría a la que se obliga a cumplir con todos los deberes propios de un Estado de derecho, pero a la que, aparte de la discriminación social de que ha sido históricamente objeto, se le han negado derechos importantes para la propia realización como personas. Uno de ellos, principalísimo, este de formar una familia.

Familia y matrimonio. Salen a colación, inmediatamente, dos conceptos bastante discutibles en una sociedad contemporánea: familia y matrimonio. Nadie podría negar que la familia es la base de toda sociedad; tampoco, que el matrimonio sea el medio ideal para fundar una familia. Sin embargo, igualmente, nadie podría negar que ambos conceptos han variado a lo largo del tiempo y según la sociedad en que se les examine. Se argüirá que sí, aunque –al menos en Occidente– familia y matrimonio siempre han requerido, como actores iniciales, a dos seres de distinto sexo.

Sin embargo, se pierde de vista la posibilidad de que ya no sea solo así: si en otros tiempos y lugares nunca ocurrió, fue simplemente porque no se dieron las condiciones para ello. Hoy, esas condiciones están presentes. Tanto así es, que ya en varios países europeos (singularmente, en España), en algunos estados de los EE. UU. y aun en algunos países latinoamericanos, este tipo de legislación se ha ido abriendo paso de un modo tal que acabará por afirmarse doquiera se pretenda la existencia real de un Estado de derecho.

Secularización. ¿A qué condiciones nos referimos? Veamos: la creciente secularización de las sociedades occidentales y su consecuencia: una mayor autonomía de los individuos respecto de las morales desfasadas preconizadas por jerarquías religiosas anquilosadas; la prevalencia de legislaciones locales e internacionales que consagran derechos fundamentales para todos, sin sombra alguna de discriminación de ningún tipo; el mayor conocimiento y ejercicio de los derechos individuales garantizados por ley; la existencia de un medio social y político favorable para que los individuos que son parte de una minoría discriminada puedan organizarse y hacer valer sus derechos; la progresiva desaparición de ignorancia, tabúes y prejuicios en torno a la vida sexual como consecuencia de una mayor escolarización e influencia del pensamiento científico en todas las sociedades occidentales; la decreciente relevancia del “creced y multiplicaos” que, en otros tiempos, hizo del matrimonio heterosexual una necesidad, y hasta una obligación, se tuviera o no vocación para ello; la desvalorización progresiva del matrimonio, sobre todo el religioso, y la tendencia ascendente entre los heterosexuales a favorecer otros tipos de familia, como las uniones libres, en que el fin principal (incluso en el matrimonio) ha dejado de ser el reproductivo para centrarse en el apoyo mutuo, la compañía y el goce sexual.

Nuevas realidades. Más aún: por sobre todo, está el hecho inapelable que ninguna comunidad dinámica y que favorezca la paz social puede dejar de reconocer las nuevas realidades emergentes. Hacerlo, es seguir la política del avestruz y sus consecuencias: consagrar la discriminación, empañar la imagen del país como Estado de derecho y llevar la lucha a terrenos impredecibles y no deseados.

El único camino es el de la Ley no el de poner remiendos o parches, como sugiere el Lic. Beirute; o desviando la discusión hacia la institución del matrimonio, como lo hace la Licda. Loría, cuando lo propuesto es algo más bien modesto: la figura legal de la unión civil, que no quita derecho alguno a nadie y sí los extiende en algún grado a una minoría desprotegida, discriminada e invisibilizada, pero muy, muy presente en todas los niveles de la sociedad costarricense.

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