En apenas cuatro días, Donald Trump activó una voraz capacidad de disloque

 21 octubre

La semana del 9 al 15 de octubre pasará a la historia como la más reveladora y destructiva de los primeros nueve meses de Donald Trump. Quizá también de todos los presidentes estadounidenses, al menos desde los bombardeos atómicos sobre Hiroshima y Nagasaki, que Truman ordenó antes de cumplir su primer semestre.

En apenas cuatro días –de martes a viernes–, Trump negó su aval al acuerdo nuclear con Irán, auguró el posible colapso del TLC con Canadá y México, retiró a su país de la Unesco, amenazó con sacar del aire a la cadena de televisión NBC, emitió dos decretos para descalabrar la reforma en salud impulsada por Barack Obama, y su encargado de Ambiente anunció que eliminarán los límites impuestos por este a las emisiones de carbono de plantas generadoras.

No hace falta ninguna perspicacia especial para concluir que el saldo de estos augurios, amenazas y decisiones será una mayor erosión del liderazgo global estadounidense, un incremento en la conflictividad externa e interna, y mayor deterioro de la institucionalidad, la funcionalidad política, la solidaridad y la calidad de vida en ese país.

Para quienes consideramos esenciales la buena gobernanza global, el sistema liberal, democrático y republicano, y el papel de Estados Unidos en alimentarlos, defenderlos e impulsarlos, sobran los motivos de alarma. Para sus enemigos, de júbilo.

Fuera y dentro. Los anuncios sobre Irán, el TLC y la Unesco lanzaron nuevas dosis de inestabilidad sobre el sistema internacional, alienaron, aún más, a aliados indispensables en su vecindario inmediato y en Europa, añadieron nuevos elementos a las tensiones con Rusia y China, levantaron el diapasón de recriminaciones con la autocracia iraní e inclinaron la balanza interna a favor de sus sectores más extremos.

Las amenazas de retiro de licencias contra la NBC revelaron otra vez la intolerancia crónica de Trump, su incomodidad con la libertad de expresión y su desdén por la Constitución. Además, han brindado argumentos o justificaciones a los ataques contra la prensa independiente por parte de diversos autócratas: desde Rodrigo Duterte en Filipinas hasta Recep Tayyip Erdogan en Turquía, y desde Nicolás Maduro hasta Vladimir Putin.

La confusión generada por los golpes contra el Obamacare amenaza con dejar sin cobertura médica a millones de personas de escasos recursos. De paso, ha enrarecido sus relaciones con importantes legisladores republicanos; ni qué decir de los demócratas.

El pasaporte de irresponsabilidad otorgado a la industria del carbón va a contrapelo de cualquier racionalidad económica y ambiental, y deteriora, aún más, la imagen de Estados Unidos en la materia, seriamente debilitada tras la decisión, aún no ejecutada, de abandonar el Acuerdo de París sobre cambio climático.

Y recordemos, como antecedentes adicionales en el ámbito internacional, el retiro del Acuerdo Transpacífico sobre libre comercio, una pieza clave para la proyección geopolítica estadounidense en la zona; el freno a cualquier negociación para un instrumento similar con Europa; las amenazas con sanciones comerciales a China por, presuntamente, manipular su moneda; las críticas a la OTAN (luego atemperadas), y la crispada retórica en relación con Corea del Norte.

Símbolos y realidad. Respetados comentaristas han dicho que los disloques impulsados por Trump durante esta triste semana son más retóricos que fácticos, más simbólicos que reales: una serie de actos deliberadamente orquestados en su teatralidad para parecer que cumple con algunas de sus peores promesas de campaña, sin que en efecto así sea. En tal caso, su objetivo se limitaría a satisfacer al electorado más duro, irracional e intransigente (numeroso, por cierto), pero al menor costo posible en el terreno.

Algo hay de cierto en todo esto. Pero, aun así, los efectos son reales en su capacidad demoledora.

Por ejemplo, la negativa a certificar que Irán está cumpliendo con los compromisos incluidos en el acuerdo nuclear no implica su abandono automático por parte de Estados Unidos. Ahora la iniciativa pasa al Senado, que deberá decidir si impone sanciones o establece nuevos requisitos para activarlas. Sin embargo, ya ha desatado una peligrosa cadena de reacciones imposible de predecir en sus consecuencias finales.

El resto de los participantes en el proceso –Alemania, Francia, el Reino Unido, China, Rusia y la Unión Europea– han reiterado su adhesión al acuerdo. De este modo, nuevamente, Estados Unidos se enfrenta a sus aliados más cercanos (ya lo hizo al anunciar el retiro del Acuerdo de París) y entrega a los chinos y rusos armas geopolíticas y publicitarias adicionales.

No se puede descartar, por otra parte, que las presiones internas de los “halcones” más destemplados dentro de su administración, sumadas a las del gobierno israelí, conviertan en inevitable el abandono del acuerdo, que en última instancia depende de la voluntad presidencial.

La salida de la Unesco tiene connotaciones menos contundentes, pero siempre graves. Ya desde el 2011 Estados Unidos había cortado sus contribuciones a la organización científica, educativa y cultural de la ONU, por considerarla sesgada contra Israel. Además, al anunciar la salida del órgano, el jueves 12, aclaró que se mantendrá como Estado observador. Es decir, el impacto material ya se había dado y el alejamiento no será total. Sin embargo, las implicaciones no pueden ser más claras: un nuevo repliegue y desdén hacia el sistema multilateral en que descansa buena parte de la estabilidad internacional.

Los augurios sobre una eventual implosión del TLC con Canadá y México fueron simples provocaciones. Sin embargo, Trump las planteó frente al primer ministro canadiense, Justin Trudeau, y en el marco de la cuarta ronda de renegociación del acuerdo. En este proceso, además, Estados Unidos ha planteado demandas que resultan inaceptables para sus contrapartes.

Golpes internos. Las amenazas contra la NBC se fundamentaron en un gran desconocimiento jurídico y regulatorio: no es la cadena, sino sus afiliadas locales las que necesitan licencia para operar. Pero la ignorancia no limpia la intencionalidad autoritaria del presidente; más bien, evidencia nuevamente la ligereza de sus declaraciones.

Las medidas contra la reforma en salud son puntuales. Una elimina los subsidios que permitían a compañías aseguradoras extender primas a personas de limitados ingresos con tarifas más bajas que las del mercado. Otra permite la suscripción de pólizas con menor cobertura y menores costos. Ninguna de ellas, por sí misma, hundirá el Obamacare. El gran problema es que han generado un desorden absoluto en el sistema, con la altísima probabilidad de que este se disloque sin que haya tiempo ni opciones políticas para apuntalarlo o sustituirlo.

El levantamiento de los límites para las emisiones de gases con efecto invernadero quizá tengan poco efecto en la industria de generación eléctrica: por simples razones de costo, cada vez son más las plantas que usan gas y otras fuentes de energía, en lugar de carbón. Pero el proceso de reconversión lleva tiempo y, en el ínterin, la contaminación podrá aumentar. Además, el demoledor mensaje contra la responsabilidad ambiental es sumamente destructivo.

Conclusión: sí, es cierto, las medidas, amenazas y bravuconadas no llegan hasta sus últimas consecuencias. Quizá sea por propio cálculo de Trump; quizá porque sus ministros o asesores sensatos (aún existen) lograron imponer límites.

Pero el hecho de que pudieran haber sido todavía peores no borra su impacto destructivo en múltiples dimensiones: nacionales e internacionales, políticas e institucionales, geopolíticas y económicas, fácticas y simbólicas, sociales y humanas. Además, al enfocarse muchas de ellas en borrar el legado de Obama, otra vez se revela un presidente con irracional afán revanchista: razón de más para preocuparnos.

Apenas han pasado nueve meses de gobierno; quedan 39 por delante. La posibilidad de iniciativas similares, o peores, es amplia. La de un cambio hacia mayor racionalidad, mucho menor, aunque no imposible. En el ínterin, el mundo no se detiene y el daño que ya se ha hecho no tardará en pasar facturas.

El autor es periodista.