La tarea reconstructiva del Sanatorio Durán debe tener como prioridad la recuperación de la capilla

 3 julio

En la historia de los hospitales es frecuente encontrar órdenes religiosas al cuidado de enfermos, expresión del amor al prójimo y de la caridad cristiana. La congregación religiosa fundada en España por el padre Juan Bonal y la madre mayor María Rafols, y que desde 1865 se denomina Hermanas de la Caridad de Santa Ana, no es la excepción: el primer grupo misionero salió de la Madre Patria en 1890 para atender el Lazareto de la isla de Providencia, en Maracaibo, y a partir de allí siguió extendiéndose por todo el mundo.

Fue por gestión del entonces secretario de Estado en la cartera de Salubridad Pública Dr. Antonio Peña Chavarría –con el apoyo del Pbro. Rosendo de Jesús Valenciano– que las Hermanas de la Caridad de Santa Ana llegaron a Costa Rica para atender el sanatorio para enfermos tuberculosos construido en 1918.

Las primeras siete religiosas llegaron a Limón el 21 de febrero de 1935, y fueron recibidas por Margarita de Peña Chavarría y su hija María Eugenia; tras un viaje en tren a San José, se les hospedó en la casa de las Hermanas del Buen Pastor (a cargo del Reformatorio, en Guadalupe), y luego fueron trasladadas por el propio Dr. Peña hasta San Rafael de Oreamuno; de allí, se movilizaron en carreta hacia el sanatorio.

En el sitio fueron recibidas por el Dr. Raúl Blanco Cervantes, director del sanatorio. Las hermanas habían traído consigo la imagen de santa Ana, que instalaron en la capilla y adonde también llegó en carreta en aquel primer viaje.

Un segundo grupo de hermanas vino al país en 1936; desde entonces, la orden religiosa fue creciendo. Con los cambios en el sanatorio y su cierre como institución asistencial, las hermanas se dedicaron a otras labores. Hoy, tienen actividades en el Colegio Santa Ana (Liberia), Colegio Nuestra Señora del Pilar (Escazú), el Hogar de Ancianos Víctor Casco Torres (Limón), el Hogar de Ancianos de Piedades (Santa Ana), el Hogar Montserrat (Barranca) y la Misión de Talamanca (Amubri), y cuentan con noviciado, residencia geriátrica y residencia provincial en Llorente de Tibás.

La imagen. Según se cuenta, ante los actos de vandalismo ocurridos tras el cierre del sanatorio y los diferentes usos que tuvo el inmueble, una familia religiosa de la zona se llevó la imagen de santa Ana y la resguardó; hace cinco años se la entregaron al padre de Tierra Blanca, quien la mandó a restaurar y hoy forma ahora parte de las temporalidades de la Iglesia católica.

En el 2014, el complejo arquitectónico del que fuera el Sanatorio Durán fue declarado patrimonio histórico arquitectónico de Costa Rica por Decreto Ejecutivo 38657-C, y hace unos días se festejó la remodelación de una parte de sus instalaciones. Entonces, se llevó –de paseo y en forma simbólica– la imagen de santa Ana al sanatorio en carreta con bueyes… ¡como lo había hecho tantos años atrás!

El próximo año, el Sanatorio Durán habría cumplido un siglo de existencia como institución de asistencia hospitalaria. Su modelo de atención de la enfermedad se da en coordenadas ya superadas, pero que no deben olvidarse, como parte de la evolución histórica del proceso salud-enfermedad y de la atención sanitaria.

Resulta imposible separar de ese modelo de atención caritativo a las religiosas, cuyo trabajo hacía posible el cuidado y la diaria atención.

Hace unos años, en este mismo espacio, abogué por la restauración del sanatorio y escribí que sería deseable que, al celebrar su centenario, “sea un espacio recuperado quizás para un Museo de Historia de la Salud Pública; un complejo que permita a las instituciones estatales la realización de seminarios; un hotel como los 'paradores' españoles, que mezclan historia y turismo para salvar del deterioro las obras patrimoniales; o simplemente un lugar para ir a pasear, admirar las hermosas vistas y respirar ese aire puro, ¡el mejor del país!” ( La Nación 28/9/2010).

Reconstrucción. Hoy, creo que la tarea reconstructiva del complejo arquitectónico –espacio patrimonial de interés histórico y turístico– debe tener como prioridad la recuperación de la capilla, que tiene dos tipos de arquitectura: bahareque y cemento con madera.

Restaurar la capilla del sanatorio es un compromiso de gratitud que el país tiene con las Hermanas de la Caridad de Santa Ana. En un sentido estrictamente histórico, sería el reconocimiento a la labor de quienes dieron lo mejor de sí, inspiradas en su religiosidad, en el amor al prójimo y en la caridad cristiana para atender enfermos hospitalarios en una de nuestras primeras instituciones sanitarias.

Con la capilla reconstruida, sería deseable que la Iglesia católica permita llevar la imagen de santa Ana a su casa original.

Quiera Dios que muy pronto santa Ana pueda llegar a su casa –la capilla del Sanatorio Durán– para nunca más salir de esa finca en la cual brindó por tantos años esperanza y consuelo.

La autora es odontóloga y salubrista pública.