24 octubre, 2014

El Teatro Nacional es la cajita de música de San José (¡pero recordemos que de estos joyeles brotan también actores y bailarines!). La primera figura a quien evoco es Graciela Moreno, patrona de la danza en Costa Rica y capitana de la institución durante más de un cuarto de siglo. Sobrevivió a siete presidentes. Lo que es más titánico: hizo que el teatro perviviera a dos terremotos que, literalmente, modificaron la topografía patria. El segundo de ellos (22 de abril de 1991) fue el sismo más fuerte de nuestra violenta historia tectónica. El edificio se fracturó longitudinalmente y, de no haber sido porque Graciela concentraba más energía que la que mide la escala Richter, lo que hoy tendríamos en su lugar sería un parqueo o un agujero humeante.

“Yo soy el Teatro Nacional” –estableció, a manera de ecuación, esta mujer inmensa, una de las heroínas no celebradas de nuestra cultura–. Mientras la salud –que nunca fue su aliada– se lo permitió, trabajó en el Teatro desde las ocho de la mañana hasta pasada la medianoche. ¿Cómo lo sé? Porque mil veces coincidimos en nuestros horarios laborales: yo ensayaba allá al fondo, donde el escenario pierde su magia y se transforma en bodega, desde las diez de la noche hasta bien entrada la mañana, y ella –que a menudo pasaba a saludarme en mi vampírico reducto– trabajaba en su oficina… fraguando la mitad de cuanto tenía que ver con la cultura en Costa Rica. “¡Qué lindo suena su piano!” –me decía– y yo, galantemente, la serenateaba con alguna pieza de su gusto. Quiero hoy dejar testimonio de lo que significó en mi vida, y articular la más bella de las palabras, esa que a alguna gente le cuesta tanto pronunciar: “¡Gracias!”.

Samuel Rovinski era un príncipe, y dirigió el teatro… pues como todo cuanto hizo en su vida: principescamente. Adriana Collado asumió el relevo sobre la proa del buque con mirada de visionaria y mano que envidiaría el más diestro de los timoneles. Actualmente, Inés Revuelta toma la cajita de música, y la cincela, la pule, la ajusta… Estamos en presencia de una gran directora. Tuve la fortuna de haber colaborado con todos ellos y beneficiarme de su generosidad y bonhomía. Tienen un rasgo fundamental en común: fueron artistas que, por un lapso considerable, postergaron su gestión creativa para dedicarse a promover a sus colegas. Hay un nombre para esto: vocación de servicio, ¡rarísima cualidad!

Pero el Teatro Nacional no es solo sus directores. Ahí están Claudio Schifani, Mayra Gayle, Telémaco Martínez, los funcionarios que trabajan en la taquilla, que reciben a los visitantes, y esa entrañable constelación humana que son los compañeros de seguridad, custodios de un santuario, vigías que desde su solitario mástil atisban el horizonte y recorren los laberintos en sombra con sus miradas de lémures. Hace apenas dos semanas tuve el privilegio de volver a trabajar con ellos… Quisiera ser capaz de tocar los 48 preludios y fugas de Bach, y las 32 sonatas de Beethoven para poder dedicarle a cada uno de mis amigos una pieza. A decir verdad, quizás algún día lo haga. ¡A estudiar se ha dicho!

Un adolescente. Con sus 117 años de edad, el Teatro Nacional es todavía un adolescente, comparado con la mayoría de los coliseos de su estilo. Nos sobrevivirá a todos los que hoy lo frecuentamos. Estará ahí cuando nosotros seamos ya residentes de esa vasta comarca llamada “olvido”. Entrar a su escenario es hollar un sendero que recorrieron Heifetz, Elman, Menuhin, Segovia, Zabaleta, Rubinstein, Chávez, Anderson, Ashkenazy, Van Cliburn, Arrau, Fournier, Starker, Benavente, Sábato, Cortázar, Saramago… Esos no se irán nunca: llegaron para quedarse, con valijas y todo. La fragancia de sus vidas quedó flotando en los pasillos. Todavía vagan por ahí sus sombras melancólicas (sé por qué lo digo, pero de eso hablaremos luego).

Construido por una oligarquía ilustrada, el Teatro Nacional ya no es –y no volverá a ser– un club social para Lady Windermeres y Dorian Grays tropicales. ¿Qué urge evitar? Que la moderna versión de la clase patricia –los VIP– se enfeuden de él –es lo que ya han hecho con ciertas salas de cine y ámbitos deportivos–. Si el Teatro Nacional no es de todos, entonces no será de nadie. Por lo pronto, no es cosa que me inquiete: Inés Revuelta hará de él un regazo tibio y acogedor para todo costarricense sediento de saber. Es tan grande la significación de nuestro Teatro, que yo lo definiría de otra manera. Una mezcla de templo, hospital –¡tal es el poder de sanación del arte!–, asilo, espacio para la comunión en la belleza, museo, casa de los espejos, palacio, selva barroca dotada de su propio microclima y abigarrada, y enorme sueño de piedra. La ampliación de la avenida segunda y la creación de la plaza de la Cultura contribuyeron a “ecologizarlo” arquitectónicamente, exponiendo sus flancos norte y sur. Pero es mucho todavía lo que podemos hacer por él, integrándolo a un paisaje urbano a gran escala. Lo crean o no, el Teatro es aún más proyecto que realidad, más travesía que puerto, más futuro que pasado, más “potencia” que “acto” (Aristóteles). Cada vez será más bello… Es lo propio de todo cuanto es noble y verdadero.

Realizable quimera. El Teatro Nacional debe operar de dos maneras. La primera, centrípeta: captar, imantar público. Cuando Elman se presentó en Costa Rica, allá en los años cincuenta, la publicidad deficiente hizo que llegaran seis personas al concierto. ¿Qué dispuso entonces el artista, de consuno con el director del Teatro? Que se abrieran las puertas, y se les permitiese la entrada a todos los taxistas, verduleros y vendedores de chances de San José. Cientos de costarricenses tuvieron el privilegio de oír a uno de los más grandes violinistas de todos los tiempos. La segunda, centrífuga: que lo que sucede dentro del Teatro irradie, salga, viaje por todo el país, que sea proyectado hasta el más remoto confín de la patria. Gestión centrípeta y centrífuga: he ahí la doble misión del Teatro Nacional. El resultado será la democratización real de la cultura. El país entero se convertirá en un gran anfiteatro, y la belleza será nuestra segunda naturaleza. La realizable quimera que propone Malraux en El museo imaginario, o McLuhan en su Aula sin paredes.

¡Feliz cumpleaños! Entre tanto, ¡feliz cumpleaños, viejo-joven amigo, y larga vida a quienes hoy te universalizan y protegen! ¡Y a vos, Inés: este pequeño grumete te saluda, y espera que le sean giradas las primeras instrucciones!

Etiquetado como: