8 diciembre, 2015

Desde pequeño me han llamado la atención los museos, tanto los que albergan obras artísticas y testimonios de civilizaciones perdidas, como los que en el mismo edificio actúa como obra principal, que sirve de anfitrión para distintos tipos de experiencia no ligadas necesariamente a la actividad de observar.

Al crecer, puse más atención a estas experiencias y sus objetivos. En distintos países del mundo existe un museo del Holocausto judío, o con nombre similar, como Francia, Alemania, Estados Unidos, Países Bajos y Argentina.

Para destacar –y más que todo por tener mejor conocimiento– señalo el Museo Estadounidense Conmemorativo del Holocausto (United States Holocaust Memorial Museum) por formar parte de una bella avenida de museos en Washington D.C.; y al museo judío de Berlín, obra del arquitecto de origen judío Daniel Libeskind.

Lo interesante de estas edificaciones es que los objetos de exposición, escalofriantes vestigios de la maldad humana y de sus consecuencias, grilletes, uniformes y productos hechos a partir de seres humanos, pasan a ser poco más que un complemento: la verdadera obra es el drama producido por la interacción entre estos objetos y el diseño espacial del edificio, que crea una sensación de indignación, de empatía, de sufrimiento, como si los fantasmas del pasado nos estuvieran susurrando tristes alaridos al oído.

El mensaje está claro: no hace mucho ocurrió un espeluznante hecho que cambió al mundo y sacrificó a millones de vidas, y la sociedad no lo deberá olvidar nunca.

Otros holocaustos. Seguí creciendo, y con mi curiosidad en aumento, comencé a hacerme preguntas de las que pocas respuestas pude encontrar. En el siglo XVIII ocurrió en España la Gran Redada, una persecución organizada por el marqués de la Ensenada con la aprobación del rey, cuyo fin era la extinción de la etnia gitana.

Los acontecimientos que la acompañan han quedado casi olvidados en la historia por el escaso interés de los investigadores.

Gitanos y gitanas fueron separados y encerrados en lugares distintos según su género para detener su reproducción.

No ahondaré más en este asunto, ni en los encarcelamientos, ni en los trabajos forzados que todas estas personas fueron condenadas a ejercer para pagar por su único pecado: el de nacer. Pero entonces yo me pregunto, ¿cuántos museos de los gitanos existen?

Otro mundo y otra fecha: los nativos de las Américas. Por supuesto que tienen muchos museos alrededor del mundo, pero la diferencia radica en que estos no intentan sensibilizar acerca de un triste acontecimiento, del holocausto indígena, no.

En sus exposiciones escasean las armas y los aparatos de tortura utilizados por los españoles, u otros medios de aniquilación. Lo que se puede encontrar son la pruebas de sus riquezas minerales y artísticas, en efecto, se puede ir a observar piezas de oro, de jade, de piedra, ¡bellezas a la vista! Pero nada que pueda hacerle sentir al visitante la angustia y la miseria que sufrieron estos pueblos a manos del “progreso” y del humano civilizado.

De vuelta al ya famoso siglo XX, en Camboya murieron cerca de tres millones de personas bajo el régimen de los Jemeres Rojos, y actualmente los pobladores continúan sufriendo las sorpresas generadas por uno de los países (todavía) más minados de la Tierra. Por supuesto que estos tienen su museo del genocidio –en su propia tierra–; pero no fuera de él.

¿Y qué hay del genocidio de Ruanda? ¿Y las películas del armenio? ¿Quién les pone placas a los griegos, a los kurdos? ¿Quién deposita los restos de los pueblos del Cáucaso en vitrinas y quién les da nombre a las mujeres silenciadas de la historia? ¿Dónde están todos aquellos cuyos nombres fueron remplazados por triángulos púrpura durante el mismo Reich que arrebató vidas judías? Y ni siquiera podría hablar de los actuales famosos infames, palestinos, sirios, afganos, pues los medios nos dicen que los árabes son los malos del cuento y son responsables de su propio sufrimiento.

Diferencia sustancial. Como ven, esto no es un tema de museos, esto es, como siempre, un tema de riqueza y pobreza.

En los pasados días se llevó a cabo una tragedia en París, sin justificación alguna claro está, perpetuada presuntamente por radicales islámicos; y los maestros expertos en el “síndrome del comportamiento de masas” jugaron bien sus cartas, en donde casi de manera autómata, miles de personas se pintaron con los colores azul, blanco y rojo.

Al mismo tiempo, y casi por casualidad, me di cuenta de que el Líbano, el día anterior, había sufrido una tragedia similar, pero así como no veo artefactos trágicos de gitanos en el museo, no pude encontrar la bandera del Líbano en Facebook. La página no me dio a escoger, solo me invitó a París.

Espero el día en que se erija el museo de los olvidados, en donde los amordazados y los sepultados en fosas comunes puedan también contar su historia.

El autor es arquitecto.