11 julio, 2014

En su sentido corriente, un mundo (o, al menos, una oficina) sin papel consiste en un ambiente de trabajo en el cual el uso de papel es fuertemente reducido, e idealmente eliminado. Ello se lograría digitalizando todos los documentos que hoy se conservan en ese medio. Esto –dicen quienes defienden el movimiento– ahorra dinero y espacio, aumenta la productividad (pues, entre otros, permite compartir fácil y rápidamente esa información) y, de paso, evita el tener que cortar muchos árboles. Puesto así, el papel pareciera ser un enemigo de la humanidad.

Una gran creación. Sin embargo, para los entendidos, el papel (inventado por los chinos hace casi 2.000 años) constituye quizá una de las más grandes creaciones del género humano, el cual, cuando se alió a la imprenta de caracteres móviles de Gutenberg, revolucionó la cultura, la política y la religión, entre otras. El papel –que es de poco peso, barato, portátil y que “aguanta lo que se le ponga”– propició la amplia, amplísima, divulgación de las ideas por medio de libros, panfletos y periódicos. El poder de reyes, dictadores y autoridades religiosas se vio fuertemente limitado cuando el papel y la imprenta “democratizaron” el pensamiento y ampliaron la libertad de expresión. El enamorado más cosas podía manifestar a su enamorada. Muchas actas de independencia y constituciones políticas se escribieron en papel. La adopción del billete, que en las transacciones rápidamente sustituyó el uso de medios de pago más caros, como los metales, el cacao y la sal, coadyuvó al desarrollo económico.

Tampoco es el papel enemigo de los bosques, porque los árboles secuestran carbono cuando están en crecimiento y, si por uno que se corte se planta al menos otro, entonces el propósito ecológico se logra con creces.

Defensa del libro físico. Sin papel es difícil imaginar un libro. Y el libro físico es, para muchos, digno de defensa como una religión. En efecto, al menos una religión difícilmente sería lo que es sin la invención del libro. Me refiero al cristianismo, “la religión del libro”. No se conoce ningún dios en las religiones antiguas que fuera representado con un libro en su mano, pero en el cristianismo abundan estas representaciones. Piénsese en el Cristo Pantocrator. El evangelista Juan, que escribió no una biografía de Jesús, sino la vida de Jesús como Dios, creador del universo (“En el principio existía la Palabra, y la Palabra estaba con Dios, y la Palabra era Dios. Todo se hizo por ella y sin ella no se hizo nada de cuanto existe”) es representado casi siempre con un libro en la mano.

Sin embargo, sentimos que, ante el progreso, es poco lo que se puede hacer. Y, si el mundo futuro ha de ser digital (como digital quizá ha de ser también el dinero), entonces habría que pensar en representar a Moisés con un par de tablets. Muchos se niegan a aceptar tal inevitabilidad.

Conforme más se avance en una dirección, más sentido tiene para muchos afianzarse a lo que del pasado aprecian. A las plumas de fuente no las sustituyó el bolígrafo; ni al vino bueno, el malo. Al reloj de cuerda (quienes lo aprecian no lo ven como un artefacto para marcar la hora, sino como algo que les proporciona enorme deleite) tampoco lo ha desplazado el digital. Quienes en mercadeo vieron la oportunidad de sobresalir con productos y tecnologías viejas en un mundo moderno, lo hicieron pensando que muchos de ellos pueden ser vistos como un lujo, para el cual la calidad cuenta más que la cantidad. Por su parte, el vendedor sabe que, en muchos casos, igual ingreso y rentabilidad le puede procurar vender poco de algo, pero a un precio alto, que mucho a un precio bajo.

Atributos valiosos. Dejemos que las oficinas sean todas “sin papel”, pero no los libros. O, al menos, así lo afirma la Folio Society (www.foliosociety.com), una sociedad constituida en Londres en el año 1947, cuyos miembros consideran que los grandes libros no solo valen por su contenido literario o científico, sino también por sus atributos físicos, por lo que acogieron como objetivo de su sociedad el publicar obras que sean placenteras al leerlas, en las cuales la tipografía, las ilustraciones, el papel y el empaste guarden armonía entre sí. Quien quiera hacer un buen regalo a una persona querida, hará bien en visitar el sitio web que acabo de mencionar.

Comparto el propósito de la Folio Society , pero voy más allá: considero que, con el paso del tiempo y con el avance de la digitalización, el valor de los libros físicos –en particular, los bien conservados, elegante y artísticamente producidos y antiguos– aumentará exponencialmente. Por eso, cuando visiten a sus abuelos, no dejen de ojear lo que ellos tienen en sus bibliotecas y prométanles que harán su mejor esfuerzo por conservarlos cuando ellos pasen a mejor vida.

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