30 julio, 2014

Sobre las ruinas del mundo bipolar y de la descolonización surgen una nueva arquitectura y una inédita gramática de las relaciones internacionales.

Las transformaciones, desde la caída del imperio soviético, anunciaron un mundo unipolar, sujeto a la hegemonía de los EE. UU., pero las grandes tensiones estratégicas y diplomáticas de los últimos tiempos (mar del sur de la China, enfrentamientos entre Japón y China, intentos rusos por recuperar influencia en su vecindario cercano, dos guerras en Asia y el ascenso de nuevas potencias comerciales) revelan que la irrupción de nuevos actores y nuevas formas de poder convergen hacia un mundo policéntrico.

Los años noventa hicieron pensar en una hegemonía sin desafios de los EE. UU. Sin embargo, el fracaso del unilateralismo en Irak y Afganistán ha llevado a un repliegue geopolítico. Esta retirada no puede caracterizarse como un declive del poderío norteamericano, sino tan solo como un rechazo a involucrarse en nuevas guerras.

La doctrina Obama pretende liderar desde atrás (Libia) sin aspiraciones de rediseñar el mundo. Los EE. UU. siguen siendo potencia económica y tienen el más sofisticado aparato militar de la historia, su influencia sigue estando presente, aunque limitada (Siria).

Nuevo contexto. En este nuevo contexto geoestratégico, el concepto mismo de “potencia” queda en entredicho por el debilitamiento de los principios constitutivos de los poderes dominantes (democracia representativa), la desarticulación de los Estados nacionales, la aparición de nuevos competidores económicos y la insuficiencia del poderío militar para imponer un nuevo orden global.

Las nuevas realidades de un poderío económico complejo (financiero, comercial y tecnológico), así como la aparición de nuevos actores públicos y privados, junto con la guerra asimétrica, que favorece el enfrentamiento de los pequeños con los grandes, llevan a nuevas estrategias y jerarquías en la política internacional.

La comunicación globalizada hace que el poder se ligue con la capacidad de construir o deshacer acontecimientos. El poder se vincula con las narrativas de los actores y con diplomacias del “encanto” (China) y de la “paz” (Brasil) que tratan de modificar la agenda planetaria, creando una nueva realidad, que está en gestación, pero que no estructura todavía un nuevo orden internacional.

La erosión de la vieja institucionalidad (FMI) provoca el surgimiento de nuevas reglas internacionales para regular la interacción entre potencias clásicas y emergentes (G20, OMC).

Esta gramática de las relaciones internacionales se desarrolla simultáneamente con una nueva jerarquía de las potencias que disputan espacios en la vida internacional (China, Brasil, Sudáfrica, India, Turquía). El caso ruso es diferente, pues se trata de la reemergencia de un viejo actor, gracias a los dividendos de los hidrocarburos.

Nuevos jugadores obligan al abandono de una visión monocromática del poder y a la adaptación a un mundo multicolor y diverso. Esta difusión del poder ha llevado a que el pensamiento estratégico haya dejado de lado las narrativas centradas en el poder duro ( hard ) y se apueste por el soft power , y por el poder inteligente ( smart ).

Capacidad de influencia. La capacidad de influencia sustituye a lo militar. Obama opta por estos conceptos y abandona la ruta neoconservadora de su utilización unilateral (Bush) que pretendía rediseñar las arquitecturas de poder a la imagen y semejanza del modelo político e ideológico de los EE. UU.

La desaparición de la brecha Este-Oeste fija las miradas hacia el Sur, donde el ascenso de China marca esta transformación y ha llevado a los EE. UU. a redefinir su estrategia global, centrada ahora en la región de Asia Pacífico (Pívot).

La convergencia de los actores del sur, en torno a la memoria de la opresión colonial y sufrimientos compartidos, los acerca en sus estrategias diplomáticas y comunicativas.

El mundo experimenta una unipolaridad militar, acompañada de una multipolaridad económica y política. Asistimos a la aparición de una nueva lógica del poder (asimetría compleja): el mundo se mueve por mecanismos que van más allá del uso de la coerción.

El peso de la interdependencia es enorme en un mundo globalizado y supera las capacidades hegemónicas de los actores tradicionales, que ya no pueden imponer automáticamente sus deseos.

En estos días se reunieron en Brasil los BRICS y crearon un banco de desarrollo internacional y un fondo de contingencias que se pretenden como alternativas al Banco Mundial y al FMI, a la vez que cuestionaron la hegemonía del dólar para los intercambios internacionales.

Simultáneamente, se presenta la visita de Vladimir Putin a nuestro continente. El zar ruso se pasea por Cuba, Argentina y Brasil, en el corazón mismo del backyard de los EE. UU., en respuesta a la presencia de Washington en su vecindario cercano (Ucrania).

La respuesta rusa ha ido más allá, pues su alianza con China crece y, aparte de la cooperación energética, se comienzan a dar indicios de cooperación más intensa en lo militar, lo cual Pekín promueve con entusiasmo frente al potencial abandono del desarme japonés.

China también busca fortalecer sus alianzas en Asia con la visita de su presidente a Corea del Sur, enemigo tradicional de los japoneses.El fantasma del conflicto se pasea por la sociedad internacional, en etapa de transición hacia un mundo diferente, y con una superpotencia ansiosa por el ascenso de nuevos y viejos rivales.

Costa Rica. En ese contexto es necesario repensar las relaciones políticas internacionales de Costa Rica, situarse frente a esos nuevos fenómenos, particularmente en el momento en el que el país se desempeña como presidente de la Comunidad de Estados de América Latina y el Caribe.

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