20 enero, 2015

Si pudiéramos subir a un satélite y desde allí echar una mirada penetrante a La Tierra, veremos a los ciudadanos de nuestro planeta dedicados a muy diversas tareas: las artes, la industria, el comercio, la agricultura, la economía, la política, la enseñanza, las tareas del hogar, la jardinería… Y todas estas ocupaciones pueden ser muy nobles, enriquecedoras de la dignidad humana, ocasión y medio de contribuir a la armonía social, en la medida en que esas personas las ejerzan con un sentido de comunidad fraternal y social. Poco importa que cada individuo de nuestra sociedad ocupe un lugar muy prestigioso o un lugar muy sencillo, siempre y cuando en su interior haya un deseo de servicio a los demás desde su puesto de trabajo. Todas las profesiones humanas ejercidas con el deseo de servir a los demás adquieren un valor universal y trascendente.

El recto uso de los bienes de la tierra ennoblece a los hombres y facilita el buen desarrollo de la sociedad. No hay ninguna incompatibilidad entre una recta conducta moral y cualquier profesión lícita, intelectual o manual, de esas que la gente califica como muy importantes o de esas que considera humildes. En cierto modo podríamos decir que no hay oficios de poca categoría. Para la buen marcha de la sociedad todos los oficios son de mucha importancia. ¡Qué problemas tan graves se nos han presentado cuando no se puede recoger la basura! Enseñaba Josemaría Escrivá de Balaguer que “es noble el oficio del campesino, que se santifica cultivando la tierra; y el del artesano, que trabaja en el propio hogar familiar; y el del banquero, que hace fructificar los medios económicos en beneficio de la colectividad; y el del político, que ve en su tarea un servicio al bien de todos ; y el del obrero, que ofrece a Dios el esfuerzo de sus manos”.

El trabajo no es un peso. Todos somos portadores como de una embajada –los más encumbrados y los más humildes ciudadanos– que hay que vivir como una misión en la vida de la sociedad. Hemos de esforzarnos por desvelar el sentido valioso de lo que hacemos y armonizar trabajo y servicio, de modo que la actuación vaya acompañada de una reflexión interior optimista. El primer libro de la Biblia contiene una verdad estimulante: dice que el hombre ha sido creado para trabajar, lo cual viene a resaltar la dignidad humana del trabajo.

Es muy importante comprender el error que supondría para la buena marcha de la sociedad ver el trabajo como un peso, un estorbo, cuando en realidad es el modo de contribuir al buen desarrollo de un país, de una familia, y enaltece a cada persona porque contribuye a su maduración personal.

Sin embargo para que el trabajo dignifique y contribuya al desarrollo social y económico tiene que estar revestido de rectitud, de intención, de servir , que es una palabra tal vez poco apreciada en algunos sectores de la sociedad y que, sin embargo, expresa un valor incalculable muy superior a cualquier medida económica y materialista, porque adquiere un valor generoso y trascendente.

Quizá no todos merezcamos la alabanza del buen ciudadano, si nos dejamos envenenar con el signo negativo proclamado con la lucha de clases, que rompe la armonía ciudadana. ¿Cómo se ha frenado el desarrollo económico y cultural de los pueblos con las guerras y luchas fundamentalistas? Por eso es tan inmensamente importante enrumbar el futuro del mundo, con el signo del perdón y encontrar una buena vacuna contra el veneno de los fundamentalismos de izquierdas y de derechas.

Caminemos hacia una sociedad de la armonía ciudadana.

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