26 julio, 2014

Mi vecino lleva, en la faltriquera de su conciencia, todo un siglo de dolor. Yves Jacquemin vive al otro lado de la pared de mi apartamento. Nos separan diez centímetros de cemento y treinta y siete años de edad, pero nos une lo esencial humano.

Militante de la Resistencia durante la ocupación alemana de Francia, fue detenido en Béziers, su ciudad natal. Es deportado a Compiègne. En setiembre de 1943, lo hacen abordar el “tren de la muerte”. Salía cada semana, rumbo a Dachau. Aproximadamente, 54.000 personas entregaron el óbolo a Carón, en este viaje sin retorno: resistentes, judíos, gitanos, sindicalistas, perseguidos políticos de todas las etnias y credos imaginables. Yves es un chico de diecisiete años. Ahí va, acurrucado, en un vagón para transportar ganado, donde se estrujan sesenta pasajeros. Saben que van a morir. Con la certeza que nos permite afirmar que un triángulo tiene tres ángulos.

Escape. En mitad de la noche, un grupo de cautivos logra abrir un boquete en el techo del vagón. Escapan solo dos: Yves y otro joven de su edad. Caminan sobre la plataforma que avanza, rauda, hacia el infierno. Se descuelgan en el intersticio entre dos furgones. Bajo sus pies, los maderos del ferrocarril son una vertiginosa procesión: la vida que se escapa, como agua en un cesto de mimbre. Hay que brincar. Hacia cualquiera de los dos lados. Un salto al vacío. Noche sin luna y sin estrellas. Sombras entre las sombras, Yves y su compañero se dejan engullir por la negrura. Justo en ese instante, los oficiales nazis que viajan en el vagón contiguo les descerrajan una ráfaga de metralla. No podían detener el tren: disparan contra todo lo que se mueva, contra cualquier cosa que sugiera vida. Y la vida hace lo que mejor sabe hacer: sobrevivir. Los prisioneros ruedan pendiente abajo. La metralla rasga la noche con un resplandor de daga acerada, de estilete siniestramente luminoso. Ruedan, sí. ¿Cuánto? Jamás lo sabrán. En tales coyunturas, los segundos adquieren el espesor de siglos.

Al despuntar el sol, se esconden en un bosquecillo. Una niña pasa en bicicleta por un camino campestre y los descubre. Intentan huir. Ella los tranquiliza, y los insta a permanecer en el soto. Al llegar la noche, dos hombres vienen a rescatarlos. Un comerciante judío les da abrigo en la cava de su negocio, en Péronne. No estamos bajo la jurisdicción de Vichy, donde los judíos gozan de algún grado de seguridad, sino en la parte del país ocupada por los alemanes. El socorrista arriesga dos veces su vida y la de su familia: en tanto que judío, y en tanto que encubridor de prófugos. Cuatro días escondidos en el sótano. Por el tragaluz, ven desfilar, difiriendo el próximo pálpito de sus corazones, las botas de los oficiales de la Gestapo, que rastrean rabiosamente a los evadidos.

Yves y su amigo salen del escondrijo tan pronto los asediadores se alejan. Jamás se volvieron a ver. Del anfitrión providencial cuyo gesto inmenso les salvara la vida, no volvieron a tener noticia. ¿Habrá muerto con toda su familia, o seguirá residiendo en esta aterradora comarca que llamamos “vida”? Nadie lo sabe. Yves volvió a la carga, y se hizo reclutar en un batallón que llegó hasta Colonia, cuando la armada alemana se batía ya en retirada.

Visita al lugar de suplicio. En el 2013, Yves visitó Compiègne por primera vez desde su deportación. Le tomó setenta años hacer acopio de recursos morales para regresar al lugar de su suplicio. Descubrió un paredón conmemorativo en el que figuraban los nombres de las víctimas del “tren de la muerte”. Y ¡ahí leyó: “Yves Jacquemin, deportado en setiembre de 1943, ejecutado en Dachau”! ¡Estaba descubriendo su propio obituario, su acta de defunción, grabada en mármol! No pidió que borraran su nombre. “En cierto modo, yo morí esa noche. No es del todo incorrecto lo que dice la piedra”. Murió psíquicamente, sí, y renació. Ha renacido mil veces desde entonces. Conoce lo que Cocteau llamaba el “don de la fenixología”: la capacidad para resurgir de sus propias cenizas.

Tiene ochenta y ocho años. Lo veo todos los días de mi vida, y me reúno a cenar con él una vez por semana. Le pedí permiso para narrar su historia, y sonrió. Siempre sonríe. Ni una molécula de amargura. Radiante. La energía del muchacho de diecisiete años que escapó del “tren de la muerte” está aún ahí, estará por siempre ahí. Hay gente que es, simplemente, invencible. Ser su amigo se cuenta entre mis más grandes títulos de gloria.

Luego, pienso en Costa Rica y su cultura de la paz. ¿Sabemos los costarricenses cuán bendecidos hemos sido? Sí: saberlo, lo sabemos. Digamos más bien: ¿tenemos comprensión profunda, entrañable, íntima, de lo que esto significa?

Nuestro último conflicto armado data de 1948. Hay generaciones enteras de costarricenses para los cuales los tanques y metralletas son criaturas míticas, monstruos que solo existen en el espacio virtual y acotado de las películas de Rambo.

Una pregunta. Mi pregunta es: ¿puede una persona que jamás ha sufrido el más insignificante resfrío, que nunca ha estornudado, que ignora lo que es un calambre, una levísima cefalea, el malestar de una espinilla, apreciar, saborear, justipreciar el valor de la salud? Un enfermo que ha arrostrado enfermedades severas –quizás terminales– será un buen degustador de la salud: eso es seguro. Pero alguien que solo conocie se la salud, ¿sería capaz de comprender su precioso e insondable significado?

Todos los días me topo a Yves en el ascensor, en el parqueo o a la entrada de su apartamento. Todos los días me saluda con esa sonrisota que es como un sol bañado en mil amargas noches, y que los años no hacen sino tornar más bella. Y todos los días me embarga la certeza de estar en presencia de un milagro.

Costarricenses: nosotros también somos un milagro. ¿Tenemos plena conciencia de ello?

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