16 enero, 2015

PARÍS – A finales del siglo XIX, el Imperio británico aplicó una política de lo que dio en llamar un “espléndido aislamiento”, que reflejaba la determinación de sus líderes de mantenerse alejados de los compromisos internacionales. Con la fuerza de su economía y la superioridad de su Marina, el Reino Unido podía darse el lujo de no involucrarse en los asuntos de los demás.

Hoy, como lo han demostrado los acontecimientos recientes, el aislamiento es –la mayoría de las veces– un error, una condición poco envidiable que es el resultado de políticas fallidas. El surgimiento de Cuba de décadas de aislamiento forzado es una victoria para la Isla, mientras que la condición de paria de Corea del Norte ha llevado al país al borde del colapso. De la misma manera, la diplomacia y las políticas controvertidas de Israel corren el riesgo de dejar solo al Estado judío, como nunca antes. Y es poco probable que las políticas egocéntricas anunciadas en Rusia y Turquía, impulsadas en gran medida por los egos de sus líderes, produzcan otra cosa que no sea daño.

Al empezar a normalizar las relaciones, Cuba y Estados Unidos lograron evitar en el último instante posible una doble derrota: el fracaso del embargo y el fracaso de la economía cubana. El acuerdo sellado en diciembre pasado le permite al presidente cubano, Raúl Castro, declararse victorioso: pudo recomponer los vínculos sin hacer concesiones políticas significativas. Para el presidente de Estados Unidos, Barack Obama, el logro es una posibilidad de cimentar su legado como un presidente transformador, al igual que sus modelos Abraham Lincoln y Franklin D. Roosevelt, inclusive si, al finalizar casi seis décadas de políticas fallidas, se parece más a Richard Nixon, que presidió la apertura a China.

Si bien el papa Francisco, el primer pontífice latinoamericano, fue un “medio” a la hora de facilitar la reanudación de los vínculos diplomáticos, también lo fue el desmoronamiento del precio del petróleo. Un aislamiento continuo habría dejado expuesto de manera peligrosa al régimen cubano, considerando la caída de las fortunas financieras de su principal patrocinador, Venezuela, un país rico en petróleo.

Corea del Norte representa un marcado contraste frente a la exitosa política de compromiso de Cuba. Con su supuesta participación en el reciente ataque cibernético a Sony Pictures, el régimen quedó un poco más replegado en su pequeño rincón. El resultado no puede ser otra cosa que un aislamiento más profundo y, en definitiva, más doloroso. Hasta China, el principal mecenas de Corea del Norte, está perdiendo la paciencia con su Estado cliente.

En un mundo interdependiente, el aislamiento ya no puede ser un motivo de orgullo; por el contrario, es una causa de preocupación. En ningún lugar esto es más evidente que en Israel. Ni las maravillas tecnológicas del país ni su sociedad civil vibrante pueden compensar sus políticas poco atractivas. El resultado ha sido una disminución peligrosamente rápida del tan necesitado respaldo occidental.

Igualmente preocupante es el reciente cambio de rumbo de las expotencias imperiales Rusia y Turquía. Los líderes de ambos países, el presidente ruso, Vladimir Putin, y el presidente turco, Recep Tayyip Erdoðan, colocan su propio poder por encima de los intereses de sus ciudadanos, y ambos están atizando las llamas del nacionalismo engañoso y del chovinismo religioso, rodeados por cortesanos asustados cuya función principal ha sido la de mantener la realidad a raya.

Turquía es más dinámica y energética que Rusia, y a su economía, por cierto, le está yendo mucho mejor, pero ambos regímenes están sobreestimando la fuerza de su posición a la vez que subestiman el costo de su giro autocrático.

Hace apenas cuatro años, Turquía era considerada un modelo a seguir, particularmente para el mundo musulmán. Hoy, el país está a la defensiva, temeroso hasta de sus propios periodistas. Durante las primeras etapas del sitio por parte del Estado Islámico de la ciudad kurda de Kobani, justo del otro lado de la frontera en Siria, Turquía parecía estar replicando la táctica de la Unión Soviética durante el levantamiento de Varsovia en 1944, cuando las tropas alemanas nazis se enfrentaron a los combatientes de la resistencia polaca: dejar que los beligerantes se agoten mutuamente lo más posible antes de intervenir. Una política de estas características puede ser brutalmente efectiva a corto plazo, pero, a largo plazo, será, sin duda, costosa para Turquía.

Mientras tanto, en Rusia, cuanto más se hunde la economía, más desafiante se vuelve Putin. El gran interrogante sin responder es cuánto tiempo podrá Putin apoyarse en la cursilada nacionalista para oprimir el cálculo racional de los rusos de sus intereses.

Lo que sí es una certeza, como lo demuestra cada ejemplo reciente, es que, en un mundo cada vez más transparente e interdependiente, el aislamiento es más un error garrafal que un esplendor.

Dominique Moisi, profesor en el Instituto de Estudios Políticos de París (Sciences Po), es asesor sénior en el Instituto Francés para Asuntos Internacionales y profesor visitante en el King's College London. © Project Syndicate.

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