Opinión

Lo último que se pierde

Actualizado el 15 de noviembre de 2013 a las 12:00 am

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Lo último que se pierde

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Es raro que nadie se haga la pregunta: ¿por qué estaba la esperanza en la caja de Pandora? Según una de las versiones del mito griego, en esa caja estaban encerrados los males que asuelan a este mundo. Pandora, curiosa y desobediente, abrió la caja y todos los males salieron volando; todos, menos la esperanza, porque Pandora, del susto, cerró la caja lo más rápido que pudo y la esperanza no tuvo tiempo de salir. Será por eso que se dice: “La esperanza es lo último que se pierde”.

¿Qué estaba haciendo la esperanza en una caja junto con todos los males? Bueno, hay distintas versiones. Según algunos estudiosos, la esperanza estaba en esa caja porque, para los griegos antiguos (amigos del filosofar), la esperanza era un mal. Sí, la esperanza era un mal, y muy malo, el más taimado y solapado, el mejor disfrazado y el último en perderse, para peores.

La esperanza sería culpable de paralizar a la gente y de impedirle aceptar su realidad. “Tenga esperanza”, se le dice a alguien a quien no se le puede ofrecer nada mejor. Una enferma terminal decía que ella supo lo grave que era su caso cuando el médico le dijo que no perdiera la esperanza. “Como no podía darme probabilidades, me dio esperanzas”, nos dijo cabreada y risueña. Era muy lista.

Manos atadas. La esperanza deja a la persona con las manos atadas. Usted no puede hacer nada ante el problema que tiene encima, salvo alimentar esperanzas. La esperanza es como el miedo: paraliza. Lo mejor ante una situación indeseable es saber cuanto antes si uno puede, o no, hacer algo para salir del estercolero. Si sí hay algo que hacer, usted no necesita esperanzas, usted necesita conocimientos, herramientas y poner manos a la obra.

Si no se puede hacer nada, mejor metérselo rapidito en la cabeza. Quién no ha escuchado decir, por ejemplo: “Lo malo es que el exnovio sigue dándole falsas esperanzas”. Primera aclaración: todas las esperanzas son falsas. De hecho, el muchacho le da esperanzas justamente porque no quiere darle otras cosas, más palpables. Darle esperanzas a la gente o invitar a la gente a tener esperanza es una forma de dejarla en una espera impotente, pasiva y encima culposa, porque, cuando la gente pierde la esperanza, se siente culpable, como si estuviera renunciando a sí misma. Y es al contrario. Si usted pierde la esperanza, es probable que esté dando el mejor y más definitivo paso hacia la salida del problema. Lo peor es quedarse ahí, esperando, arrodillado o con los dedos cruzados (cada uno espera como puede). La esperanza es lo último que se pierde, pero, cuando la persona pierde la esperanza (¡al fin!), le vuelve la sangre al cerebro y puede pensar.

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La confianza. Cuando se pierde la esperanza, uno puede recuperar la confianza. La confianza no solo no es lo mismo que la esperanza, sino su opuesto. La confianza requiere un fundamento y es ante todo confianza en uno mismo, que es lo que menos le sirve a la esperanza. De esto saben mucho los políticos, que, a falta de ideas, están siempre invocando a la esperanza y haciendo en su nombre las promesas más absurdas, como prometer que las cosas van a cambiar si seguimos votando al mismo partido.

En lugar de un consuelo, aquí va un consejo para las próximas elecciones: no tengan esperanza. Hagan algo.

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