Opinión

La tumba del escritor

Actualizado el 21 de abril de 2016 a las 12:00 am

Los cuentos del escritor japonés Ueda Akinari son góticos y poéticos, fantásticos y realistas

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A lo largo de los años he visitado las tumbas de algunos de mis escritores preferidos, cuando las circunstancias abren la posibilidad de un viaje. No se trata de necrofilia, sino de cariño y tributo personal, ese cálido sentimiento de un lector hacia su autor admirado.

El mejor sitio para hacerlo es París, pues en un solo lugar puede uno encontrarse con muchos de ellos, sobre todo en el cementerio de Père Lachaise, aunque también en Montparnasse.

Cuando hice mi peregrinación mortuoria al primero, visité las tumbas de Oscar Wilde, Marcel Proust y Gérard de Nerval. En el segundo, las de Baudelaire, Cortázar y Cioran. A este último le dejé una moneda, para que pagara su óbolo a Caronte y pudiera llegar al otro lado.

Ahí también lavé la tumba del dibujante Julio Ruelas, adalid plástico del fin de siglo XIX mexicano. Con él cambio de país, y de Francia nos vamos a México, en cuyo Panteón Jardín lavé la tumba de José Vasconcelos.

Cuando fui a Cuba por pocos días, tenía que elegir solo uno en mi visita por falta de tiempo: elegí a Julián del Casal en el cementerio Colón, el poeta triste que murió de risa.

En Costa Rica, fui hace un tiempo con mi hermana Alma a la tumba de la hoy centenaria Yolanda Oreamuno, que al fin tiene placa y restauración, en el Cementerio General. En cada túmulo: una oración muda y mil gracias por el texto, aparte de ratificar un linaje, no de sangre, sino de tinta.

Ueda Akinari. El año pasado tuve la oportunidad de visitar Japón, tras muchos años de querer hacerlo sin éxito. Y con tantos autores japoneses admirados, volví a plantearme el asunto de a cuál visitaría, y en un cruce entre itinerario, gusto y posibilidad, elegí a Ueda Akinari, escritor del siglo XVIII, enterrado en Osaka, autor de un conjunto de relatos traducidos al español como Cuentos de lluvia y de luna, que me ha acompañado a lo largo de muchos años, desde que los conociera gracias a mi maestra de historia de la cultura en la UCR, Hilda Chen Apuy, y ya en México, por medio del escritor Alfredo Cardona Peña, quien me dio su ejemplar, una primera traducción al español de 1969, a cambio de mi ejemplar de la antología de cuentos japoneses hecha por mi maestra Átsuko Tanabe, en la UNAM, y publicada por esa misma universidad.

En una de mis visitas a su casa de la calle Cocoteros, en el norte del DF, hablamos de literatura e historia, con intercambio de libros al final, y fue así como obtuve mi primer ejemplar de Ueda Akinari.

Sus cuentos son góticos y poéticos, fantásticos y realistas, y siguen vivos en sus lectores a través de los siglos y los países.

En 1953 hubo una adaptación al cine de parte del director Kenji Mizoguchi, Ugetsu monogatari, que fue premiada en Europa con el León de Venecia. Esta película fue vista por Carlos Fuentes cuando escribía Aura, su novela corta de fantasmas largos, con lo que los espectros japoneses se mezclaron con los mexicanos en su cabeza, según reconociera después. Últimamente, los cuentos han vuelto a publicarse en España.

He leído y admiro a otros escritores japoneses: Akutagawa, Mishima, Kawabata, pero mi preferido sigue siendo Ueda, el protegido del dios zorro, Inari, que salvó de niño al escritor de morir de sarampión. Los japoneses de hoy han sustituido al dios zorro por una vacuna.

El cuervo. Su tumba está en Osaka, una de las ciudades incluida en mi ruta. Había estado lloviendo por un ciclón que, aunque lejano, influía en la zona con lluvias moderadas. Con ese clima, la tarde libre invitaba a seguir en el hotel, pero la aventura literaria pudo más, y tras pasar las difíciles pruebas de tomar metro y taxi en una ciudad grande y desconocida de lengua inaccesible, arribamos mi compañero y yo al pequeño templo shintobudista indicado, como una capilla de barrio de las nuestras.

Muy cerca de ahí estaba, según mis indicaciones, el cementerio, pero no lo veíamos. Seguía lloviendo, muy poco, cada vez menos. Había algo de bruma y olor de incienso y llovizna.

Preguntar no era fácil, pues el inglés no era lengua conocida en ese barrio popular, el señor del templo solo entendió de todo lo que dije “Ueda Akinari” y supo de qué se trataba, y nos condujo al lugar de las tumbas, cerca del templo, pero separado por una calle sin gente.

Había luego que introducirse en un callejón, en medio del cual, entre una fábrica y un edificio de apartamentos, en el interior de la cuadra, estaba el mínimo cementerio, y en una esquina el túmulo del ahijado del dios zorro, mi querido Akinari. Sonó un cuervo a manera de saludo en aquella humedad pétrea, silenciosa, y me sentí como dentro de uno de sus cuentos aunque con Japón contemporáneo.

Apelando al viejo criptojudío que algunos Chaves llevamos dentro, recojo una piedra del lugar y la pongo junto a la más grande de Ueda. Tomo otra muy pequeña y la guardo para mí. De nuevo chillan los cuervos con ritmo siniestro. Un avión surca el espacio nuboso. Después siguen el silencio de mi oración y el susurro de mi agradecimiento viajero.

Abandonamos el lugar, tras despedirnos del hombre del templo, caminamos por la calle húmeda y fría en busca de un taxi; observo el cielo posmoderno y miro la incipiente luna después de un atardecer de lluvia. Grazna un cuervo.

El autor es escritor.

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