La inevitable candidatura de Donald Trump subvierte la “lógica” y decencia políticas

Por: Eduardo Ulibarri 8 mayo, 2016

Desaparecidos de escena los dos contrincantes que quedaban, la candidatura presidencial de Donald Trump se ha vuelto inevitable. Es una devastadora catástrofe, en tres círculos expansivos:

Para el Partido Republicano, que ha culminado su trayecto hacia la confusión, la dispersión y el descalabro. La agrupación que en 1860 llevó al poder a Abraham Lincoln ha sido secuestrada por un tránsfuga oportunista.

Para Estados Unidos, porque en el mejor de los casos se hundirá en una campaña polarizante, demagógica y extremista, que estresará aún más su debilitado tejido público. En el peor, tendrá un presidente que, aunque solo mantuviera una pequeña parte de sus declaradas intenciones, propiciará desastres económicos, conflictos internos y desacomodos sociales.

Para el mundo, porque la posibilidad de lo anterior, por muy remota que parezca, genera incertidumbre, debilita alianzas y estimula extremismos. Su materialización podría desarticular gran parte del orden internacional vigente y abrir la puerta a una inestabilidad y desasosiego globales de insospechadas consecuencias.

Cambio de esquemas. ¿Qué factores condujeron a este límite? Son muchos y algunos muy profundos en sus raíces. Pero los más inmediatos refieren a dinámicas emergentes vinculadas con los electores; al menos, con un importante grupo de ellos: los participantes en las primarias o asambleas republicanas. Su conducta dinamitó la “lógica” política tradicional, y obliga a indagar en otros pliegues para buscar explicaciones.

En este proceso, el factor emotivo alcanzó un grado tan acentuado para movilizar lealtades que sepultó el apego a los hechos, el interés por la verdad y el respeto a la dignidad de los adversarios.

Para muchos votantes no contó tanto si lo que Trump planteaba era cierto o digno de los valores que explican a Estados Unidos. Más importante fue que reflejara “lo que todos pensamos”, en palabras de algunos; es decir, licuó en un discurso simplista y pestilente una lista de hondos prejuicios sublimados, frustraciones acumuladas y resentimientos. Los migrantes, el libre comercio, las élites, Wall Street y China fueron sus mayores víctimas propiciatorias. Extraña mezcla.

La ideología y la coherencia programáticas pasaron a tercer plano. Ted Cruz ocupó la franquicia de la derecha evangélica, pero no toda. Trump captó parte de ella –a pesar de sus divorcios seriales y costumbres nada pías–, y la sumó a populistas del llamado Tea Party, trabajadores industriales blancos, pequeños empresarios locales y agricultores apegados a los subsidios, en una coalición que arrasó con las usuales categorías de identidad política.

Terreno abonado. El establishment republicano, hoy espantado por el candidato al que deberá plegarse, abonó el terreno para esta ruptura. Durante años, en particular los siete que lleva Barack Obama, la mayoría de sus dirigentes se empeñaron en un discurso catastrofista y exclusionista, denostaron con intensidad todo lo que oliera a gobierno federal, acudieron a posiciones extremas y rebajaron a ínfimos niveles la discusión política. De manera oportunista e irresponsable estimularon el resentimiento visceral. Pero este se volcó en su contra y potenció la volátil base electoral de Trump.

Los medios de comunicación abonaron a la ecuación, con entusiasmo en unos casos, irresponsabilidad en otros, impotencia en algunos y voracidad en todos. El incesante reality show político activado por Trump rompió códigos, generó sorpresas, violencia verbal, ácidos conflictos, lenguaje soez y hasta burdas amenazas: la mezcla ideal para captar audiencias acostumbradas a la telechatarra. Y hasta los medios más serios, al tratar de “deconstruir” el fenómeno, lo multiplicaron.

Incapaces de competir con tal frenesí, la mayoría de los demás aspirantes republicanos (16 al inicio) se neutralizaron entre sí y se paralizaron ante Trump. Primero lo desdeñaron, luego se autodestruyeron; los más moderados se hundieron y, cuando ya era tarde, la alternativa fue entre un malo energizante (Trump) y un peor temible tras su mueca hiperconservadora (Cruz).

Lecciones ¿aprendidas? Aún es prematuro para extraer enseñanzas generales de hechos y circunstancias particulares. Sin embargo, algunas pueden sugerirse:

Primero, un reiterado discurso de “todo está mal y solo puede estar peor” anula la capacidad de discusión propositiva necesaria en cualquier democracia; segundo, en tiempos y grupos exacerbados emocionalmente, la fuerza destructiva y la vindicta pública suplantan a la esperanza constructiva; tercero, una cobertura mediática sin filtros y centrada en los valores del espectáculo inyecta esteroides al extremismo; cuarta, la fragmentación política dispersa la atención y favorece a quienes proyectan los mensajes más simplistas y emotivos. Y una vez que el genio (maligno) nacido de esta levadura sale de la botella, es casi imposible devolverlo a ella.

En su libro Sobre política y el arte de la actuación, el dramaturgo estadounidense Arthur Miller afirma sobre el expresidente Bill Clinton: “Su amor a la actuación quizá sea su emoción más auténtica, lo más real sobre él y, al igual que con Reagan, no hay una línea divisoria entre su actuación y su ser: él es su actuación”.

Sobre Trump puede decirse lo mismo, pero al cubo, porque su desempeño ha sido patético y los resultados temibles. El último acto de este trágico sainete aún no se ha representado. Espero que la gran protagonista sea Hillary Clinton y que, al final, todos asimilemos las lecciones de tan patética puesta en escena.

El autor es periodista.