Opinión

El trauma de los judíos franceses

Actualizado el 03 de agosto de 2014 a las 12:00 am

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El trauma de los judíos franceses

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PARÍS – “¡Muerte a los judíos!”. Resuenan en París y otras ciudades francesas las palabras cargadas de odio. Por primera vez desde el caso Dreyfus, ocurrido a finales del siglo XIX, hubo ataques a sinagogas. En áreas suburbanas cercanas a París, como la ciudad de Sarcelles, famosa por su clima de tolerancia étnica y religiosa, propiedades judías fueron el blanco de desmanes por parte de grupos de jóvenes.

El ascenso espectacular del populismo xenófobo en Francia, al que se suman ahora manifestaciones antisionistas (a menudo expresión de un antisemitismo remozado), provoca en la comunidad judía francesa angustia y desconcierto. Algunos de sus miembros se preguntan en voz baja si hay futuro para ellos en la tierra de los derechos humanos.

Los judíos franceses están redescubriendo el trauma por partida doble que experimentaron durante el siglo XX: las deportaciones a los campos de la muerte durante la Segunda Guerra Mundial y la huida de Argelia después de la independencia, en 1962. Previsiblemente, el recuerdo de estos episodios matiza (y tiende a exacerbar) las emociones del presente.

Los descendientes franceses de judíos de Europa del Este no terminaron de cerrar cuentas con un continente (incluida la Francia de Vichy) al que todavía asocian con el Holocausto, mientras que los judíos del Magreb tienden a lamentar el hecho de seguir rodeados de “árabes”, incluso en Francia. De hecho, una fracción considerable de la comunidad judía del sur de Francia vota por el extremoderechista Frente Nacional, que, bajo el liderazgo de Marine Le Pen, concentró su xenofobia en los musulmanes.

En este tenso contexto, no es sorprendente que los titulares de la prensa internacional se pregunten si es posible un retorno del antisemitismo a Francia tras siete décadas de ausencia. Artículos publicados en medios británicos y estadounidenses trazaron parecidos con la era nazi; algunos, tras los ataques a sinagogas, llegaron a hablar de una Kristallnacht francesa.

Semejante exageración merece el más firme rechazo, ya que ofende la memoria de quienes padecieron la colaboración de la Francia de Vichy con la Alemania nazi. Cuando la Gestapo arrestó a mi padre en Niza, en 1943, fueron gendarmes franceses los que lo escoltaron al campo de tránsito de Drancy, en los suburbios de París, para su deportación a Auschwitz. En el 2014, en cambio, el Estado francés protege las sinagogas y denuncia toda forma de antisemitismo.

Pero, aunque el Estado francés no es antisemita, sí que hay antisemitismo en Francia, y probablemente más ahora que en la posguerra. En esto ha tenido un papel fundamental, sin duda, el agravamiento de la situación en Medio Oriente, especialmente las perturbadoras imágenes procedentes de Gaza. La guerra asimétrica que está librando Israel parece desproporcionada a la mayor parte de la opinión pública internacional, no solo a los árabes y musulmanes.

Es verdad que ningún Estado puede aceptar pasivamente que sus ciudades sean el blanco de ataques con misiles, y también es verdad que Hamás coloca deliberadamente su arsenal militar en zonas densamente pobladas, usando como escudo protector involuntario a civiles inocentes (a quienes los funcionarios israelíes a veces denominan, con recelo apenas disimulado, civiles “no implicados”).

Pero la estrategia de terror de las autoridades israelíes para disuadir de futuros ataques o restaurar una “calma” temporal ha sido costosa, no solo en cuanto a pérdida de vidas palestinas y soldados israelíes muertos, sino también porque contribuyó al deterioro de la seguridad de los judíos en todo el mundo. En Francia también, muchos de ellos hablan (a veces, en voz baja) tanto de su profundo amor por lo que Israel significa cuanto de su profunda preocupación por lo que Israel está haciendo.

Decir que el conflicto de Medio Oriente no debe exportarse a Francia no quita reconocer el impacto inevitable que tienen las imágenes de mujeres y niños palestinos muertos sobre las comunidades francesas que se sienten próximas a Palestina, así como los judíos se sienten próximos a Israel. Si las imágenes de Gaza parecen resonar tanto en Francia, se debe en parte a una mera cuestión numérica: es donde la mayor comunidad musulmana de Europa habita frente a frente con la mayor comunidad judía de Europa.

Pero no es solo cuestión de números. Los jóvenes violentos que atacaron las sinagogas salieron en su mayoría de las filas de los desempleados y frustrados. Ventilan su odio hacia un sistema que no los integra. Incluso, les molesta la conmemoración que hace la República del sufrimiento de los judíos durante la Segunda Guerra Mundial. Para ellos, el horror del pasado es abstracto, solamente el horror del presente puede sentirse.

El cruce de las imágenes actuales de Medio Oriente con el descontento de minorías musulmanas (a veces, influidas por ideologías fundamentalistas radicales) no debe hacernos perder de vista la persistencia en Francia, casi a ras de piel, de un antisemitismo tradicional, blanco y burgués, que ahora, también gracias a Internet, comenzó a ganar visibilidad.

Pero el Estado francés hace lo que tiene que hacer para reprimir y contener el antisemitismo. Las comparaciones con la Europa de tiempos de los nazis no contribuyen a la tranquilidad de una comunidad que, a pesar de todas las diferencias históricas entre entonces y ahora, todavía no logra quitarse la sensación de estar bailando al borde de un volcán.

Dominique Moisi es profesor en el Institut d'Études Politiques de París (Sciences Po) y asesor sénior en el Instituto Francés de Asuntos Internacionales. En la actualidad es también profesor visitante en el King's College de Londres. © Project Syndicate.

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