Opinión

La tormenta política de China

Actualizado el 03 de junio de 2012 a las 12:00 am

Es difícilel desarrollo de una política exterior china moderada y estable

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NUEVA DELHI - Asistimos a purgas de líderes de alto nivel y funcionarios provinciales jubilados que llaman en público al retiro de miembros del Politburó: es evidente que China se encuentra en una encrucijada. Su futuro ya no parece estar determinado solamente por el gran éxito de su economía, que ha convertido al país en una potencia mundial en el transcurso de apenas una generación. En lugar de ello, lo que hoy parece marcar su destino son las oscuras maquinaciones del cada vez más fracturado panorama político del país.

Basta con ser testigos de la actual lucha de poder en el período previo a los cambios de dirigentes previstos para este otoño, o de las cifras oficiales que muestran que las protestas rurales se han incrementado al mismo ritmo que el PIB. La repentina caída de Bo Xilai –y el llamado de la Provincia de Yunnan al retiro de los dos miembros del Politburó más cercanos a él– es solo un ejemplo de la lucha interna y sin tapujos que está teniendo lugar en Zhongnanhai, el hermético complejo de gobierno en Pekín. De hecho, se dice que las disputas intestinas son tan encarnizadas que han habido rumores, negados por el régimen, de que podría posponerse el Congreso del Partido Comunista en el que en otoño van a ser ungidos nuevos presidente y primer ministro.

La abrupta inculpación de Bo por parte del Partido después de haber recibido alabanzas por su conducción en Chongqing ha alimentado el cinismo público sobre su bien orquestada caída y puesto al descubierto el delgado núcleo ideológico de los dirigentes. Para que China logre preservar lo que ha ganado en términos de estatura global, debe evitar un duro aterrizaje político. Por el momento, se pueden concebir por lo menos cinco escenarios diferentes.

Reequilibrio: El Partido protege su legitimidad, mantiene la subordinación militar y se las arregla para contener la disidencia popular. En otras palabras, el statu quo prevalece en el futuro previsible. Es el escenario menos probable, debido a la profundización de los desacuerdos internos del Partido y el creciente descontento popular.

Implosión: la probabilidad de que se produzca una desintegración política, un colapso económico y aumente el desorden social puede no ser mayor que la del reequilibrio. La obsesión del Gobierno por el weiven, o mantenimiento de la estabilidad, ha hecho de China el único país importante del mundo con un presupuesto oficial de seguridad interna mayor que el de defensa nacional.

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Esto pone de relieve el grado en que las autoridades tienen que hacer uso la represión interna para perpetuar el régimen de un solo partido y mantener el control sobre los territorios de las inquietas minorías étnicas, que conforman más del 60% de la masa continental de China. Pero también explica por qué una autoinmolación en Túnez fue la chispa que encendió la primavera árabe, mientras que cerca de tres docenas de autoinmolaciones de monjes tibetanos no han logrado un movimiento popular similar contra el Estado chino.

La Unión Soviética se desmembró porque el partido era el Estado, y viceversa. China ha creado una sólida capacidad institucional, una estructura federal de varios niveles, una tradición de rotación de los dirigentes civiles cada 10 años, y un aparato de seguridad sofisticado a la par con los avances tecnológicos. Por lo tanto, el Gobierno de China puede seguir una política de wai song, nei jin: relajados en el exterior, vigilantes en lo interno.

Reforma guiada: comienza un proceso de cambio político gradual, de acuerdo con la advertencia del primer ministro saliente Wen Jiabao, de que sin reformas "urgentes", China corre el riesgo de sufrir agitación social y alteración del crecimiento económico. ¿Puede China emular el ejemplo reciente de la vecina Myanmar (Birmania), que ha puesto en marcha reformas políticas significativas, aunque todavía tenues?

Como herederos políticos de los revolucionarios comunistas del país, los líderes de tercera generación que están tomando las riendas del poder en China pueden tener un fuerte pedigrí, pero también están marcados y limitados por él. Los así llamados príncipes están atrapados en la misma cultura política que llevó a la muerte de millones de chinos y que reprime constantemente a los opositores (reales o imaginarios). No parecen reformadores políticos en lo más mínimo.

Gran salto hacia atrás: estalla una nueva "revolución cultural" cuando la camarilla en el poder reprime implacablemente la disidencia dentro y fuera de la institucionalidad. Como advirtiera hace poco el Dalái Lama, todavía hay muchos "adoradores de la fuerza bruta" en el poder en China. De hecho, en el sistema político chino solo avanzan los más fuertes. Bo, el príncipe caído, ha sido acusado de crueldad y corrupción, rasgos endémicos de la enclaustrada pero fragmentada oligarquía china, que valora el linaje de familia y depende de sus redes de aliados.

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Golpe pretoriano: el Ejército Popular de Liberación gobierna detrás de una máscara civil, convirtiéndose cada vez más en la voz cantante frente a los funcionarios gubernamentales, que le están en deuda. Al tiempo que el liderazgo civil se va volviendo más difuso (desde Mao Tse Tung cada líder chino ha sido más débil que su predecesor), los militares gozan de una mayor autonomía y presupuestos elevados desde 1990. De hecho, el Partido, tras dejar de ser un rígido monolito obediente a un líder único, se ha vuelto cada vez más dependiente de ellos para su legitimidad política y garantizar el orden interno.

El creciente peso político del EPL se ha puesto de manifiesto en la aguda lucha por el poder en el seno del Partido. En las últimas semanas, un número inusual de altos oficiales militares han publicado artículos en periódicos oficiales que piden disciplina y unidad en el Partido, y aluden al papel del ejército en la contención de las luchas internas.

Otra novedad es la creciente tendencia de los generales a hablar por su cuenta de asuntos estratégicos y socavar la estrategia diplomática. La simple verdad es que el Ministerio de Relaciones Exteriores es la rama más débil del Gobierno chino, a menudo desautorizado o simplemente ignorado por las instituciones de seguridad, cada vez más dispuestos a eclipsar incluso al Partido.

Los acontecimientos de la política interna de China influyen en su política exterior. Cuanto más débil se vaya volviendo la dirigencia civil, más inclinada estará China a desoír la máxima de Deng Xiaoping Tao tao guang yang hui (ocultar las ambiciones y esconder las garras). Últimamente el país ha preferido mostrar sus garras que retraerlas.

En cualquiera de los escenarios posibles, parece cada vez más difícil el desarrollo de una política exterior china moderada y estable.

Brahma Chellaney, profesor de Estudios Estratégicos en el Centro de Investigaciones Políticas de Nueva Delhi, es autor, entre otros libros, de Asian juggernaut (El coloso asiático) y Water: Asia's new battlefield (El agua, nuevo campo de batalla de Asia).

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