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La tormenta perfecta

Actualizado el 01 de marzo de 2015 a las 12:00 am

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La tormenta perfecta

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Hace años, a comienzos de los 2000, en un hotel de Maracaibo, donde debía presentar mi libro Adiós muchachos , me tocó ver el ir y venir de los participantes a un entusiasta cónclave de partidarios del comandante Hugo Chávez, recién llegado entonces a la presidencia, que se celebraba en una sala vecina. Todos de boinas y camisas rojas, broches en las boinas e insignias en las camisas, y todos con rostros sonrientes y entusiastas, como si acabaran de atrapar el futuro y no estuvieran dispuestos a soltarlo.

Para entonces, yo ya venía de vuelta de mi propia revolución en Nicaragua, y precisamente en aquel libro de memorias contaba mis experiencias. Un libro lleno de nostalgias por lo que pudo haber sido y no lo fue; y para quien quisiera leerlo buscando lecciones, que yo no me proponía dar, también estaba lleno de advertencias acerca de los errores y las equivocaciones que una revolución incuba desde el primer día, a lo mejor sin proponérselo, pero que indefectiblemente conducen a la fatalidad.

Hay diferencias notables entre ambos procesos históricos, una de ellas es que nosotros habíamos derrocado una dictadura familiar de larga data, haciendo tabla rasa del antiguo régimen, y en Venezuela el sistema democrático se había agotado, agobiado por la corrupción, lo que había dado paso a que las esperanzas se fijaran en Chávez, cuya figura había venido creciendo tras un fallido golpe de Estado. Pero la parafernalia revolucionaria que él desplegaba era muy parecida, en el discurso y en los símbolos.

Todo parece posible. Esa vez, mientras escuchaba al otro lado del tabique corear las ardorosas consignas bolivarianas, me invadía un sentimiento confuso en el que se mezclaban mis recuerdos de cuando los diques se rompen, se sueltan las aguas caudalosas y entonces todo parece posible. Una voz por dentro me decía que esa película yo ya la había visto. Aunque, por supuesto, no iba a cometer la arrogancia de meterme al salón donde sostenían su seminario o taller –no sé qué cosa sería– a advertirles que sabía cuál era el final, porque yo lo había vivido. Mi respeto por la devoción con la que aquellos militantes improvisados, de diversas edades, compartían aquel sueño que creían realizable.

Para entonces, ya sabía que lo mejor de una revolución que alza su vuelo mesiánico ocurre el primer día, cuando se ve el mundo desde la altura, tan pequeño que se piensa que la empresa de transformarlo no tendrá mayores obstáculos, y que lo peor empieza el mismo día siguiente, cuando se decide que los sueños necesitan un reglamento. Y los sueños reglamentados, se vuelven siempre pesadillas.

Es cuando el socialismo redentor comienza por acaparar la verdad absoluta, y para entrar en el reino de los justos se necesita el carné, una estrecha vía de acceso exclusiva para quienes piensan de la misma manera o fingen que piensan de la misma manera, que es la manera como piensa el caudillo. Es cuando el romanticismo revolucionario se convierte en un método, y los sueños de cambio entran en un rígido orden burocrático. Cuando toda voz o pensamiento distinto se castiga primero como disidencia y luego como traición. Cuando todos los errores que se cometen por estulticia burocrática o por estrechez de miras se achacan al infaltable imperialismo.

Democracia sin apellidos. Ya había aprendido para entonces en mi propia experiencia algo que una vez escuché decir a Lula da Silva en Managua, cuando nosotros ya habíamos perdido la revolución y él seguía aún intentando ser presidente de Brasil: el gran error de la izquierda, un error estratégico, era pensar que la democracia se dividía en democracia burguesa y democracia proletaria, cuando lo que existía era una sola clase de democracia, sin apellidos.

Aquellas palabras desafiaban el dictum de exclusión que sigue caracterizando a la izquierda populista de América Latina en el siglo veintiuno, y que solo revela un sentimiento primitivo profundo, que es el de sentirse dueño exclusivo de la verdad: el dictum que divide al mundo entre feligreses y traidores. Para pertenecer a la fila de los buenos, hay que ponerse la camisa roja.

Bajo esta concepción simplista, todos los que no rezan el credo que el caudillo y su camarilla dictan están destinados a ser silenciados, o a pasar el resto de sus días en las prisiones políticas que el Estado redentor establece en beneficio de la sanidad ideológica y de la permanencia sin fin de los mismos en el poder ellos, sus esposas o sus hijos.

Cuando alguien se considera dueño exclusivo de la verdad y tiene en el puño las llaves del paraíso, donde los justos con carné deben vivir hacinados, todo lo malo que ocurra dentro de las fronteras cerradas de ese paraíso será culpa de quienes se niegan a ponerse la librea ideológica. Porque para quienes dictan la regla no es posible advertir que esa regla está fundamentalmente equivocada.

Ogro burocrático. Mientras la regla excluya el consenso, mientras el sistema que todo lo quiere monopolizar niegue espacios de convivencia, mientras la democracia siga teniendo apellidos, mientras desde las tribunas oficiales se siga predicando el discurso obsoleto de que el pueblo está formado solo por los partidarios del régimen, y todos los demás, cualquiera que sea su condición económica, aun los más pobres, son la derecha aliada del imperialismo, la tormenta seguirá acumulando nubes oscuras hasta convertirse en la tormenta perfecta.

Y el ogro burocrático, frente a la imposibilidad de lograr que la sociedad funcione con la normalidad pacífica que se necesita para la vida diaria, alimentos, medicinas, servicios básicos, lo único que puede hacer es ponerle más cercos a la libertad; dictar más leyes y más reglamentos de control, más medidas de represión; confiscar más supermercados y farmacias; buscar más culpables, cuando la culpa está en el sistema mismo, que agotó hace tiempos sus sueños, y solo conserva y multiplica sus pesadillas.

Los sueños mesiánicos comienzan siempre con grandes discursos y terminan en grandes colas.

El autor es escritor nicaragüense.

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