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El tonto que quiso tocar la luna

Actualizado el 05 de agosto de 2017 a las 10:00 pm

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El tonto que quiso tocar la luna

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Confieso que no tengo la picardía que representó en su momento Enrique Jardiel Poncela para la sociedad española, pero dado que nací en 1964, soy el resultado de una época patriarcal, cuando a los hombres no se nos permitía acercarnos a la cocina familiar y mucho menos en público sentimientos expresar. Las faltas cometidas se pagaban sumariamente con fajazos y se agravaba la pena con hebilla si me atrevía a lagrimear. De ahí que es lógico que no sepa cocinar y que llorar me cueste más que a mucha gente que llaman normal. He tenido que deconstruirme y volver a armarme pieza por pieza para no ser otra víctima del machismo cotidiano.

Escribo este artículo en clave de divertimento, pero lamentablemente trato de hechos ciertos, y parafraseando al Manco de Lepanto, diré que en un lugar de Centroamérica de cuyo nombre no puedo olvidarme, crecía un niño (yo), que tenía un amigo que con los años llegó a ser un respetado médico, quien se casó con una bella dama y, por ende, tuvo dos hermosas hijas. Desafortunadamente la esposa del galeno murió de cáncer. No contrajo nuevas nupcias, sino que vivió en unión de hecho por aproximadamente 14 años con una colega que de plenitud lo colmó.

Infidelidad. En un reciente viaje al país en cuestión, la siguiente historia me narró: resulta que como profesor a una atractiva rubia, más joven y turgente que su mujer conoció. La ética universitaria jura que –al inicio– fielmente respetó.

Según me dijo, la novedad y la belleza de la joven lo hechizó, al punto que formó una especie de nido paralelo al que ya tenía y su bolsillo se resintió. Como resultado de esa aventura y las maromas de sus propias mentiras mi amigo peligrosamente adelgazó. Esto me lo contó tomando una malta estilizada que a ratos lo mareó.

“Han pasado cuatro años desde que quise tocar la luna, Jaime”, musitó, evidentemente no comprendí y fue entonces cuando me di cuenta de la estupidez de su osadía y de cómo perdió a la mujer que de verdad lo quería.

Resulta que una vecina, al parecer con buen tino, observó el comportamiento del médico, y sembró con inquina la duda en la mujer de mi amigo. Así que al regresar a su vivienda, ella le preguntó dulcemente si él tenía otra dama, le endulzó el oído diciéndole que ella entendería y que incluso podría ser su culpa.

El doctor embelesado y por la culpa atormentado, de propia boca le escupió lo que había pasado, pero no contento con ello, le propuso un plan: le pidió a su mujer si podían vivir juntos los tres en la misma casa.

Mi amigo el doctor me jura que ella le hizo el amor con violencia y se asomó una lágrima en la ventana de su inocencia, mientras le dijo que le diera un día para pensarlo. Entonces él decidió ir donde la amante a contarle la buena nueva, mientras cantaba rampante que era el hombre más feliz de la tierra y que viviría una especie de poligamia en el sagrado recinto de su hogar, tendría bajo su techo a las dos mujeres que –según jura– amaba con devoción sincera.

Reacción. A estas alturas del relato, yo me agarraba la cabeza porque sabía ya en qué terminaba todo el periplo amoroso de mi amigo de infancia. En efecto, al regresar a casa encontró un motete con sus cosas afuera, la cerradura cambiada y una orden de restricción.

La rubia glamorosa también lo abandonó, al parecer no era amor, sino que ella encontró en el profesor una graduación rápida de enfermera sin asistir a clases, ni hacer exámenes. Al final, la torta se destapó y su puesto de docente también dejó.

Quiero aclarar que todo lo contado sucedió como me fue dicho y mi amigo pueril me autorizó para ello. Al despedirnos, él me dijo, perdí el amor por querer tocar la luna, yo no respondí, no me meto con lunas ajenas.

El autor es abogado.

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