Opinión

La tolerancia democrática

Actualizado el 04 de marzo de 2014 a las 12:00 am

Opinión

La tolerancia democrática

Rellene los campos para enviar el contenido por correo electrónico.

A mis amigos que me han criticado porque afirmo que los liberacionistas, en la segunda ronda, deben votar por el Partido Liberación Nacional, les digo: en una democracia son imprescindibles los partidos políticos con una ideología determinada. Históricamente, han existido partidos liberales, conservadores, socialistas y de tendencias religiosas. Los ciudadanos se adhieren a esos partidos según sus preferencias. Después, emergen sus propios dirigentes

Con el transcurso del tiempo, algunos líderes se desvían ideológica o moralmente; entonces, comentaristas superficiales atacan a los partidos imputándoles corrupción. Pero en esto hay un error; los partidos no son sus conductores sino parte del pueblo organizado políticamente, y el pueblo, como tal, no se corrompe. Los vicios y abusos desde el poder son propios de todo sistema político y las democracias no surgen como excepción.

Desde hace más de cien años, sociólogos políticos (Robert Michels, p. ej.) han señalado esa tendencia calificándola como la “oligarquización de los partidos”. Si algunos de sus representantes se aburguesan, comercializan la política, se enriquecen aprovechando el ejercicio del poder, eso no quiere decir que los partidos se han transformado, en su totalidad, en grupos de mafiosos. Una cosa es el pueblo que acepta y defiende un determinado planteamiento político, y otra, (en ocasiones totalmente distinta) sus dirigentes.

En Costa Rica, durante los últimos sesenta años, el espacio político lo han ocupado dos partidos políticos con planteamientos transformadores de gran beneficio para nuestra democracia y que el pueblo distingue con el nombre de sus fundadores: calderonismo y figuerismo. Lo demás son inquietudes, sobre todo de intelectuales, que se alejan de estas dos tendencias históricas pretendiendo formar partidos diferentes.

Hasta el momento el único que lo ha logrado con apoyo popular significativo ha sido Ottón Solís con el PAC, pero no ha formulado una propuesta de contenido ideológico que lo distinga de los partidos históricos. Con buena fortuna, su agrupación ha cazado parte de la disidencia del figuerismo y el calderonismo. Su debilidad está en que no tiene una ideología precisa y clara.

Partido mayoritario. Soy solamente un ciudadano que participó en todo el proceso social –de 1940 a 1950– tanto en lo cívico como en lo revolucionario, integrando, finalmente, el grupo que terminó creando el partido Liberación Nacional con la bandera ideológica de la social democracia.

Esa bandera y ese partido es lo que defiendo: una agrupación popular que subsiste a pesar de todos los pesares. En este momento continúa siendo el partido mayoritario con la elección de 18 diputados, resultado que ningún otro partido ha logrado obtener. Entonces, ¿de cuál muerto es del que algunos están hablando?

No creo en agrupaciones políticas ocasionales formadas, no por impulsos ideológicos, revolucionarios o patrióticos, sino por resentimientos, oportunismos o amarguras. Creo en el pueblo figuerista que aceptó y sigue aceptando la socialdemocracia; admiro al sector calderonista que se levanta nuevamente, eligiendo ocho diputados y prometiendo un renacimiento histórico de la tendencia socialcristiana.

También al partido socialista de inclinación marxista que representó don Manuel Mora durante más de cuarenta años, y que nunca pudo consolidar como partido político (permaneciendo como agrupación de protesta), posiblemente por errores conceptuales contrarios a energías históricas de nuestro país.Sin embargo, pasear de ello, ahora sus herederos logran elegir a 9 diputados.

Incluso, considero valederas las razones morales del PAC, un partido que ha logrado elegir a 14 diputados, a pesar de que no es posible señalar su situación porque no se dirige ni a la izquierda ni a la derecha, pero tampoco permanece en el centro. Algo así como la propensión ligth de nuestra democracia, fenómeno que también hay que respetar.

Todo eso quiere decir que cuando nos declaramos demócratas, estamos aceptando la participación, en igualdad de derechos y libertades, de toda tendencia ideológica. Quien afirma que solo un pensamiento político debe existir, está proponiendo una dictadura. Desde el punto de vista político, democracia es pluralismo, que debemos defender como algo propio y necesario de la estructura democrática, pero también de sus principios y objetivos.

Libertad y democracia. Las diferencias ideológicas han de estar presentes; respetarlas permite que cada cual pueda lucha libremente para tomar el poder y forzar su orientación. Esta participación, así concebida, es la energía vital de la democracia; interrumpida durante los últimos veinticinco años por un mal entendido pensamiento liberal que se impone y quiere desplazar este libre juego de ideologías y partidos.

El radicalismo, de cualquier tendencia que pretenda silenciar todas las demás orientaciones ideológicas, es democráticamente inaceptable. La libertad que defendió desde sus orígenes el liberalismo fue, en un principio, económica para terminar apoyando también a la libertad política, filosófica y religiosa.

La libertad, en definitiva, es la del espíritu. Y dentro de esa amplitud cada cual tiene derecho para aceptar, si de democracia estamos hablando, un determinado planteamiento ideológico, siempre y cuando tengamos el conocimiento para entender y la suficiente tolerancia para admitir, que los que se oponen a nuestra forma de pensar podrían señalar la dirección correcta.

Por mi parte, como queda expuesto, me adhiero al pensamiento socialdemocrático y creo que es lo que acepta el pueblo liberacionista, independientemente de las desviaciones ideológicas y morales de algunos de sus dirigentes. No confundo dirigencia con pueblo, ni líder con partido.

Y extremando la tolerancia, pienso que la aceptación de todas las tendencias es conveniente porque hasta Otto Guevara puede tener algo de razón. De repente, en una próxima elección, este caballero podría probar, electoralmente, que es justo que los ricos no paguen impuestos, por lo que la democracia se confirmaría como el gobierno de los empresarios y para los empresarios.

Esto demostraría algo que ningún filósofo había podido lograr durante los últimos dos mil quinientos años: que Platón no tenía razón cuando afirmó que la democracia era el gobierno de los pobres y para los pobres.

  • Comparta este artículo
Opinión

La tolerancia democrática

Rellene los campos para enviar el contenido por correo electrónico.

Ver comentarios
Regresar a la nota