¿Qué tipo de políticos queremos llevar al poder?
Opinión

¿Qué tipo de políticos queremos llevar al poder?

Actualizado el 14 de diciembre de 2013 a las 12:00 am

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¿Qué tipo de políticos queremos llevar al poder?

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Existen en el mundo cuatro tipos de políticos, en términos de su impacto en la historia de los países. Primero están los revolucionarios . Tienen un sueño-país. Son los que aspiran al poder –ya sea para presidente o para niveles de menor rango, como diputado– para cambiar la historia, para modificar el curso de los acontecimientos, para destruir viejas estructuras, prácticas y hasta culturas, y para crear nuevas. Este tipo de políticos no escogen la totalidad de su destino; en parte lo hace la historia, pues por lo general surgen en circunstancias difíciles para las naciones debido a guerras, dictaduras, amenazas externas, tragedias naturales, etc.

Estos políticos consideran que la finca solo prospera, si el cafetal es arrancado de a raíz para sembrar nuevos cultivos.

Cuando un político tiene esa agenda radical y la intenta forzar en circunstancias que no hacen evidente su urgencia, es inefectivo y solo causa pérdidas de bienestar a la sociedad. Por el contrario, líderes como Washington, Ho Chi Ming o Mandela construyeron una enorme prosperidad. Indujeron giros sustanciales ante circunstancias que los hacían necesarios. No fueron amedrentados por las dificultades. Las demandas de la historia encontraron en ellos su instrumento y ellos encontraron en las circunstancias la plenitud de su vocación revolucionaria.

En segundo lugar están los políticos optimizadores . También tienen un sueño-país. Son los líderes que aspiran al poder para extraer lo máximo de la corriente de la historia, no para cambiarla. Buscan el poder para multiplicar la contribución al desarrollo de las estructuras, prácticas y culturas existentes, y para eliminar sus consecuencias negativas. Son líderes que, en circunstancias extraordinarias, podrían haber promovido cambios profundos, pero limitan sus aspiraciones a mejorar lo existente, tanto porque no tienen en su ethos una ideología que los impulse a realizar transformaciones radicales, como porque las circunstancias no demandan esos cambios.

Estos políticos consideran que el cafetal tiene futuro siempre y cuando se realice una poda profunda, se arranquen algunas matas en muy mal estado y se proceda a una resiembra con nuevas variedades.

Este tipo de político es analítico, comprende la realidad y es propositivo. En lugar de modificar la institucionalidad, corrige sus errores y le saca el máximo provecho en la materialización de su sueño-país. Tiene el coraje requerido para vivir sus convicciones, moviliza con facilidad la intelligentsia y se le dificulta movilizar las masas o los sectores que derivan privilegios del statu quo.

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En tercer lugar están los políticos irrelevantes. No tienen sueño-país. Son los líderes que aspiran al poder porque les da prestigio o fama. Para ellos, el poder es un producto de consumo que les atrae como un fin en sí mismo, no porque quieran utilizarlo como herramienta para lograr algún objetivo. Se trata de los presidentes, diputados o ministros que hacen una gran fiesta el día que obtienen el puesto. Ese tipo de políticos se parecen a la persona que, cuando estrena casa, compra libros para crear una biblioteca y situarla en la parte más visible de su sala de visitas, pero no para leerlos.

Estos políticos no se preocupan por el cafetal. Su función es contemplarlo, nunca esforzarse por conocerlo a fondo.

Se trata de políticos que simplemente ocupan un espacio en el tiempo de un país, pero no en su historia. Cuando llegan al poder, solo aspiran a que lo existente siga existiendo.

Se les reconoce porque nunca en sus vidas mostraron pasión por ningún tema-país. Ningún problema ni objetivo nacional les indujo a tomar posiciones firmes o a asumir riesgos. Son adictos a la inercia. No tienen vocación para dar pasos largos, saltar obstáculos, ni para forzar eventos. Su caminar anuncia señorío, jamás estrés. Su área de confort está en ser recordados porque “salieron bien del puesto”, “mantuvieron la democracia”, “dejaron al país estable” y “entregaron el poder pacíficamente”. Por lo general, consideran que pasar por un puesto político y terminar como “amigo de todos” es un atributo supremo.

Finalmente, están los políticos corruptos . Tampoco tienen sueño-país. Son los políticos que no se resisten a utilizar el poder para mejorar su patrimonio personal, el de sus compañeros de partido, el de sus parientes y amigos, y el de las personas que les ayudaron a llegar al poder. Dedican grandes esfuerzos a fortalecer su partido, por lo general, con prácticas clientelistas en las ayudas sociales, los nombramientos, las concesiones que hacen a ciertos sindicatos y las obras públicas. Este tipo de políticos dañan las posibilidades de desarrollo de los países, pero hacen muchos amigos en ciertos círculos. No importa si su poder es escaso –ministro, diputado, alcalde o embajador–, siempre encuentran alguna consultoría, dádiva u obra pública con la cual cumplir su lamentable misión.

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A estos políticos no les interesa el estado del cafetal, excepto para encontrar la manera de extraer todas las fanegas que puedan para lograr sus perversos objetivos.

Los miembros de este grupo no estudian la realidad y se conforman con que organismos financieros internacionales les diseñen las políticas económicas. Así se ganan el aprecio y hasta la protección de algunos sectores influyentes, mientras ellos calculan de qué manera sacan provecho personal de esas políticas. Si son diputados, aceptan cualquier instrucción sobre cómo votar en la Asamblea Legislativa, a cambio de contar con luz verde para pagar favores a quienes les financiaron sus distritales o a quienes les regalan viajes al exterior y fines de semana en sus casas de playa.

Este tipo de políticos no se convierten en problema cuando carecen de inteligencia o información, pues son incapaces de materializar todo su potencial para la fechoría. Pero un corrupto informado o inteligente hace daño a un país y, en todo caso, mucho más que un corrupto ignorante.

De hecho, un país en el que los políticos poseídos por la corrupción también lo estuviesen por la ignorancia estaría a salvo de ambas. Por otra parte, y tal como lo afirmó el escritor inglés Samuel Johnson hace más de dos siglos, el político honesto pero ignorante es también una suerte de irrelevancia. Muchos países, incluyendo al nuestro, requieren de transformaciones significativas, por lo que no debería dar espacio a ningún tipo de irrelevancia.

La discusión sobre estas tipologías podría ser útil para que el votante decida. Esperamos que los moderadores de debates y los periodistas investigativos ahonden, de manera objetiva, en los aspirantes a todo puesto y derroten la política superficial de la plaza pública y del spot rico en formas y pobre en contenido. Solo así, el votante podrá escoger con mejor criterio a quién le entrega la administración del cafetal: al revolucionario que lo quiere arrancar, al optimizador que quiere mejorarlo, al irrelevante al que no le interesa o al corrupto que quiere robárselo.

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