19 mayo, 2014

Lunes. Día lento, pesado. Sísifo se apresta una vez más a empujar su roca, ladera arriba. Pronto habrá rodado hasta abajo, y menester será reemprender la faena. Cyrulnik nos cuenta la alegoría de un peregrino que se encamina a Chartres. Encuentra a tres hombres picando piedra. El primero le dice: “Soy mal pagado y me duele la espalda”. El segundo: “Es una dura labor, pero siquiera puedo disfrutar del aire de la campiña”. El tercero: “Sí, este es un trabajo agotador, pero me siento feliz: construyo una catedral”. Salvo cuando lesiona al ser humano, no hay labor inherentemente degradante. Las cosas tendrán estrictamente el sentido que les confiramos. A cada uno de nosotros corresponde buscarles su significación… O bien aparejar hacia nuevos litorales. El primer hombre debe renunciar a su trabajo, u organizar una insurrección masiva de picapedreros. El segundo, procurar que algunas reformas laborales hagan su faena menos penosa. El tercero no es un conformista o un iluso: cree en lo que hace. La catedral da sentido a su gestión vital. Si usted, amigo lector, tiene su propia catedral, no es Sísifo, sino un ser pleno de objetivos: jamás sentirá la atroz mordedura del absurdo. ¡Feliz semana, entonces, y que busque el cielo, sus torres y campanarios!