Por: Jacques Sagot 1 febrero, 2016

Tengo un amigo queridísimo –bien entrado en años– que no cesa de quejarse de la falta de ternura de su esposa. No es una mujer dulce, es excesivamente rígida, disciplinaria, tensa, gruñona, espartana, bla, bla, bla.

Sin embargo, tan pronto mi amigo estornuda, la pobre mujer se prodiga en toda suerte de atenciones, se llena de ansiedad, lo arrastra al médico y llora en secreto.

¡Tiene tantos lenguajes, el amor! Un día se quejó de la “histeria” y “excesivo nerviosismo” de su esposa ante su menor achaque. Le respondí, en un raro momento de iluminación: “¿No te das cuenta de que tal es su manera de decirte cuánto te quiere, de que ese es su código, el idioma que ha elegido para expresarte su amor?”.

Se limitó a decirme que la observación no carecía de mérito, y que lo meditaría seriamente. Pero lo conozco, y sé que en efecto lo hará. Su esposa le está formulando su amor en el único lenguaje que no miente: el de los actos, el de la presencia activa y efectiva.

¿El sexo? Miente. ¿Los ramos de rosas rojas? Mienten. ¿Los sonetos en versos alejandrinos? Mienten. ¿Los anillos, pulseras y piedras preciosas? Mienten. ¿Las serenatas? Mienten. Solo la acción, solo la acción está condenada a decir la verdad.

Mi amigo tiene un tesoro… y sueña con fruslerías de adolescente. Confiemos en su inteligencia y discernimiento. Es un gran ser humano. Solo le falta crecer un poquito… pese a sus setenta y cinco años de edad.

El autor es pianista y escritor.